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Este poema lo escribí para ser leído a nueve voces en nuestra despedida de Horizonte Azul.

Tudas,
tudas as pessoas ten dereito

A um pedaço de terra
para viver e trabalhar dignamente.

Ninguem,
ninguem pode
ni com a força
ni com o dinheiro
ni com as falsas palavras
Arrebataros esse dereito.

Tudas,
Tudas as pessoas tem dereito
À uma educaçao para ser mais livres
À uma palavra e à liverdade de falar
À ser escutados e tomados en conta.

Ninguem,
ninguem debe
calar per medo
negarse a escutar aos humildes
Calar a aquelos que nao tem voz.

Tudas
Tudas as pessoas tem dereito.

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A siete horas de Açailandia, otra vez el mismo paisaje desolador de eucaliptus, otra vez los autobuses polvorientos, y el recuerdo de Jõao do Vale todavía fresco en la memoria, melancolía y el pesar de una marcha prematura…   La  ilusión de compartir una realidad que no nos pertenece rota con cada despedida.

La historia de Horizonte Azul es una historia de lucha. Las ocupaciones, la resistencia,  la falta de agua, las enfermedades. Todo en nombre de un único sueño común. Es esa lucha la que todas las personas que conocimos allí llevan escrita en el rostro : Eleni, Doña Lucía, Doña Indalina, Victoria…  Con la mirada triste y otras veces dura para desafiar un destino que sólo transpira pobreza. Pienso que es en ese desafío, en esa lucha común y en la soledad inevitable del sufrimiento donde se encuentran toda la dignidad y el sentido que las personas somos capaces de darle a la vida.

Osmar comentó un día que sólo mediante la lucha las personas despertaban a la consciencia. Ese tipo de consciencia que el MST quiere abrir en los campesinos, la consciencia de clase, la consciencia de que mis problemas son fruto de una estructura que me condiciona. Valoraciones políticas a parte, creo que existe una verdad fundamental en esa idea de la relación entre lucha y consciencia. Una verdad que engloba una batalla personal, psicológica, propia del proceso terapéutico, capaz de revelar mis propios condicionantes, y una batalla social que reconoce la pobreza no es sólo como el producto de una condición económica, si no más profundamente como el producto de una condición psicológica y social.

La tierra en Horizonte Azul parece más agreste y más árida,  al atardecer pueden oirse los animales, los monos y los pájaros, gritando en el bosque. Cae la noche, y más que en ningún otro sitio aquí se apodera de mí ese terror vago propio del silencio y la lejanía. El campamento se distribuye a lo largo de aproximadamente 1,5 km, con cabañas de madera bastante separadas entre sí, algo de ese aislamiento se intuye en el carácter de las personas que nos acojen.

Victoria es la mujer de veintitrés años que nos recibe, vive con sus dos hijos en Horizonte Azul. Su pareja que trabaja en una hacienda a 15 km del campamento, puede venir a verla sólo una vez al mes. Ella también es hija de esta lucha y de este lugar. Tímida y amable, con pocas palabras que buscan apagar la soledad y unos ojos enormes que a veces se vuelven sombríos.
Doña Lucía es nuestra vecina. Vive con su marido, y está enferma de una diabetes que no puede tratarse en el campamento. Sueña con tener tierra algún día para no depender más de su marido. Y sueña también con una forma de emancipación más elevada: aprender a leer y escribir. Me emocionó verla escribir en la pizarra de la escuela alumbrada sólo  por la luz de gas durante las aulas de alfabetización. Con cincuenta y cinco años esta es la primera oportunidad de aprender a leer y escribir que le brinda la vida. Doña Lucía quiso lavarme la quemadura que supuraba en mi pierna. Verla lavar mi herida infectada me hizo pensar que con la gratitud no bastaba y que el hecho de estar allí, me hacía responsable de alguna forma.
Doña Indalina es la profesora de alfabetización del campamento, en la entrada de su casa tiene grabadas varias frases, dispuestas alrededor de una rosa. Casi como un decálogo, una forma de no perder de vista el horizonte incluso en los peores momentos. De esas frases, hay una que nos llama la atención a todos “O derrotado nâo e o que perdeu a luta o derrotado e aquele que não tive coragem de lutar”
Eleni es la coordinadora del campamento, es una mujer pequeña y nerviosa, con cada gesto transmite una fuerza que es a la vez alegre y severa.

La historia del campamento es una historia de lucha: ocupaciones y desalojos, la ocupación de la sede del Incra, la ocupación de otras tierras que finalmente tuvieron que abandonar porque no había suficientes lotes para todos. También es una historia de muertes evitables por la falta de condiciones higiénicas y la falta de agua potable. Pero sobretodo es la historia de una esperanza que no se rompe, y la historia de un sueño amenazado.
Camionetas de la compañía Vale rondan por el campamento los días que estamos allí. Parece ser que sospechan que hay bauxita en el subsuelo de las tierras y se acercan individualmente a los campesinos para conseguir que autoricen una extracción a cambio de una miseria. Es difícil que alguién que no tiene nada, se niegue a permitir que extraigan mineral de sus tierras con el dinero por delante. Después de cuatro años de lucha y penurias, Horizonte Azul está a punto de convertirse en un asentamiento pero las tierras aún pertenecen al Incra, no es difícil imaginar que supondría para los campesinos que finalmente terminasen encontrando bauxita en sus tierras.

Se convocó una asamblea para discutir este tema mientras estuvimos allí. Todos nosotros, teníamos el corazón encogido de rabia e impotencia ante la perpectiva de que la lucha de esas personas que empezábamos a conocer pudiera ser en bano. Eleni inauguró la asamblea pidiéndonos a todo que nos alzásemos y nos tomáramos de las manos y todo el campamento empezó a rezar.  Son muy pocas las veces en que una oración puede conmoverme de esa manera. Creo que existe una frontera dónde la religión tiene un sentido más profundo del que yo soy capaz de comprender normalmente, es ese punto en el que las personas pierden la ilusión de controlar del todo su vida y se abandonan a algo más grande.
Joan había pedido si podían darnos como recuerdo la bandera vieja que estaban a punto de bajar para izar una nueva. Eleni nos recordó a todos que con esa bandera nos llevábamos también el testigo del último año de lucha, pero a pesar de eso, después de haberlo votado en asamblea, decidieron regalarnos la bandera. De nuevo el peso de esa responsabilidad, agradecimiento, rabia, culpa, indignación justa. Estábamos recibiendo un obsequio que no podríamos corresponder nunca. Volveríamos a casa con un testigo de una lucha que no nos correspondía, nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra vida fácil y el recuerdo de Horizonte Azul quemándonos en la consciencia.

Aquella noche nos despedimos de Horizonte Azul bailando cuadrilla, un baile tradicional para la noche de San Juan que organizaron para nosotros ese día. Con personas que son capaces de mantener el ánimo incluso en las peores circunstancias, la nuestra, sólo podía ser una despedida alegre.

Ha pasado una semana desde que volví de Brasil y me parece que es más. Mi vida aquí, la rutina de todos los días, y esa sensación casi como de volver de otro mundo que se evapora y se convierte en un sueño del que voy despertando poco a poco. Me alegré mucho de leer el artículo de Joan en La Vanguardia sobre las plantaciones de eucaliptus y la siderúrgica Vale.(http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/res/20080828/53528411911.html?urlback=http://www.lavanguardia.es/premium/edicionimpresa/20080828/53528411911.html Felicitats Joan!) Vuelvo poco a poco a la realidad, mientras intento encontrar un lugar para todo lo que he conocido. Escribir un artículo o escribir en este blog es sólo una manera de darle un sentido a la experiencia.

Llegamos a Açailandia de madrugada. Açailandia, la tierra del Açaí, es una ciudad joven en el sur del estado de Maranhao, con unos 100.000 habitantes y apenas 30 años de historia. La estación de autobuses y la ciudad entera ofrecían de madrugada un aspecto lúgubre mientras esperábamos a la persona que nos guiaría a lo largo de nuestro recorrido por los campamentos y asentamientos del MST.  Aquel día conocimos a Osmar, nuestro guía, coordinador de movimiento de masas del MST en Açailandia.  Pienso ahora en ese momento, y estoy segura que sin él, sin su alegría contagiosa, sus bromas, sus canciones, y sus convicciones profundas que disfrazadas de livianidad eran capaces de desafiar la retórica más escéptica, el viaje habría sido muy distinto.

Joao do Vale, es el primer campamento que conocimos. Situado a unas 3 horas de Açailandia, el autobús se abre paso entre caminos polvorientos y campos de eucaliptos hasta donde alcanza la vista. Los eucaliptus y las columnas de humo de las carboneras encaramándose hacia el cielo ofrecen una imagen desoladora de la tierra que cruzamos. Ocasionalmente, la vegetación de los bosques preamazónicos nativos de Maranhao encuentra aún un lugar en la vereda de la carretera. Esa imagen que entonces era sólo una intuición triste, vendría repitiéndose una y otra vez a lo largo del viaje.

Los campos de eucaliptus y las carboneras pertenecen a la multinacional siderúrgica Vale (www.vale.com), que extrae mineral de Maranhao y lo exporta al resto del mundo a través del puerto de São Luis. Su razón de ser es la producción de carbón para la siderúrgica. Las carboneras legales, producen carbón a partir de los eucaliptus para venderlo a la Vale, las ilegales lo hacen desforestando los bosques nativos, para vender el carbón a la misma empresa. El eucaliptus es un árbol que crece muy rápidamente a costa de la degradación del terreno y el agotamiento de los recursos hídricos que mantienen la agricultura local.

La bandera del MST ondeando a un lado de la carretera nos da la bienvenida, llegamos al campamento Joao do Vale el mediodía del 29 de Julio. Después de un año de la ocupación, el campamento agrupa a unas 150 familias que viven en cabañas hechas con troncos y lona negra. Osmar nos distribuyó a todos en distintas cabañas.

Doña Maria, la mujer que me acogió durante la semana que pasamos en Joao do Vale, tiene la misma edad de mi madre, un cuerpo diminuto y la mirada despierta. Me golpeé la cabeza con los troncos de su cabaña nada más entrar, y tuve la misma sensación que Alicia en la madriguera del conejo, también ella acababa de entrar en otro mundo.

Los días transucurríeron plácidos en el campamento,  casi sin darnos cuenta. Me sentía aún como adormecida por la vida que dejaba atrás y con un sentimiento de agradecimiento indefenso parecido al que sentía en Irlanda, sólo que esta vez sentía que la persona que me estaba acogiendo me estaba ofreciendo todo lo poco que tenía. Tuve que adaptarme a la falta de espacio íntimo y a una concepción nueva del tiempo, y dejar de lado la espera ansiosa de que algo sucediese, para aprender que hay cosas que suceden sin darnos cuenta.

El canto de los gallos señala el alba en el campamento. Yo me levantaba, siempre algo más pronto que los demás, para charlar un rato con doña Maria y garabatear frenéticamente en mi cuaderno. Pronto empezaban a llegar gente a nuestra casa. Paraban a tomar café y a que Maria ayudase a sus hijos enfermos con una bendición o un remedio. Así era como empezaba un día cualquiera qie continuaba con la hospitalidad de todo el campamento. Las invitaciones. Las conversaciones con la gente. Los niños. La rutina de las reuniones y las asambleas. Las clases de alfabetización. El deseo de aprender de los que nos seguían a la escuela para las clases de español. El gusto sencillo de una cerveza a media tarde. Bailar forró en la escuela los últimos días después de cenar. Y la noche que traía consigo el espectáculo de la cúpula de estrellas iluminando el cielo sin luna  de aquellos días, y el placer, cuando veníamos cubiertos de polvo al caer el día, de bañarnos bajo las estrellas y sentir por un momento que podíamos acariciar con las manos una libertad que no habíamos conocido antes.

Fueron unos días para escuchar las historias de las personas del campamento: La historia de Maria, que perdió su trozo de tierra antes de enviudar, y vivía con su hijo en Joao do Vale a la espera de conseguir de nuevo tierras para plantar y criar gallinas. La de Balmira que  es una mujer de treinta y seis años que con ocho hijos perdió a su marido el año pasado en un accidente de caza. Tras la muerte de su marido, todo el campamento la ayudó a recoger la tierra. La de Erotilde que también está sólo en el campamento, su mujer vivía con él, pero el mes pasado tuvieron que llevarla al hospital y perdió una pierna a causa de una diabetes. Maria del papagayo que perdió a su hijo con veinticuatro años en un accidente de moto y se sorprendió al verme llorar mientras me mostraba su camisa rota en el accidente. La de Joaquin que regenta una carbonera ilegal cerca del campamento. La carbonera desforesta los bosques naturales para producir carbón, pero esa es sólo su forma de vida.

Para compartir con los niños, y dejarme llevar por un sentimiento de alegría y cariño espontáneo que creo que nos conmovió a todos de una forma o de otra. Jonhy Elson, y las hijas de Shariff, Yaisha y Tahuana. El día en que Yaisha, la niña de tres años se golpeó la frente en un juego creo que fuí consciente por primera vez de lo que me estaba pasando en Joao do Vale, de qué significan los lazos espontáneos que se forman algunas veces con las personas, y  con los niños. Fue como si esa consciencia me golpeara a mi también en la frente. Y por primera vez en el viaje, viendo como curaba Esther a la niña con nuestro botiquín pensé en que era hermoso ver caer la máscara social de las personas aunque fuera sólo un momento. Volvería a sentir lo mismo otras veces, como yo misma era capaz de librarme de esa máscara un instante, y también ver a los demás rodeados de luces y de sombras, con una imagen más real que la caricatura con la que salimos al mundo a diario para no hacernos daño.

El día cuatro de agosto, nos marchamos de Jõao do Vale  tristes y alegres a la vez,  colmados de los abrazos y las cartas de todas las personas que habíamos conocido y nos veían irse desde la parada de autobús.