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A siete horas de Açailandia, otra vez el mismo paisaje desolador de eucaliptus, otra vez los autobuses polvorientos, y el recuerdo de Jõao do Vale todavía fresco en la memoria, melancolía y el pesar de una marcha prematura…   La  ilusión de compartir una realidad que no nos pertenece rota con cada despedida.

La historia de Horizonte Azul es una historia de lucha. Las ocupaciones, la resistencia,  la falta de agua, las enfermedades. Todo en nombre de un único sueño común. Es esa lucha la que todas las personas que conocimos allí llevan escrita en el rostro : Eleni, Doña Lucía, Doña Indalina, Victoria…  Con la mirada triste y otras veces dura para desafiar un destino que sólo transpira pobreza. Pienso que es en ese desafío, en esa lucha común y en la soledad inevitable del sufrimiento donde se encuentran toda la dignidad y el sentido que las personas somos capaces de darle a la vida.

Osmar comentó un día que sólo mediante la lucha las personas despertaban a la consciencia. Ese tipo de consciencia que el MST quiere abrir en los campesinos, la consciencia de clase, la consciencia de que mis problemas son fruto de una estructura que me condiciona. Valoraciones políticas a parte, creo que existe una verdad fundamental en esa idea de la relación entre lucha y consciencia. Una verdad que engloba una batalla personal, psicológica, propia del proceso terapéutico, capaz de revelar mis propios condicionantes, y una batalla social que reconoce la pobreza no es sólo como el producto de una condición económica, si no más profundamente como el producto de una condición psicológica y social.

La tierra en Horizonte Azul parece más agreste y más árida,  al atardecer pueden oirse los animales, los monos y los pájaros, gritando en el bosque. Cae la noche, y más que en ningún otro sitio aquí se apodera de mí ese terror vago propio del silencio y la lejanía. El campamento se distribuye a lo largo de aproximadamente 1,5 km, con cabañas de madera bastante separadas entre sí, algo de ese aislamiento se intuye en el carácter de las personas que nos acojen.

Victoria es la mujer de veintitrés años que nos recibe, vive con sus dos hijos en Horizonte Azul. Su pareja que trabaja en una hacienda a 15 km del campamento, puede venir a verla sólo una vez al mes. Ella también es hija de esta lucha y de este lugar. Tímida y amable, con pocas palabras que buscan apagar la soledad y unos ojos enormes que a veces se vuelven sombríos.
Doña Lucía es nuestra vecina. Vive con su marido, y está enferma de una diabetes que no puede tratarse en el campamento. Sueña con tener tierra algún día para no depender más de su marido. Y sueña también con una forma de emancipación más elevada: aprender a leer y escribir. Me emocionó verla escribir en la pizarra de la escuela alumbrada sólo  por la luz de gas durante las aulas de alfabetización. Con cincuenta y cinco años esta es la primera oportunidad de aprender a leer y escribir que le brinda la vida. Doña Lucía quiso lavarme la quemadura que supuraba en mi pierna. Verla lavar mi herida infectada me hizo pensar que con la gratitud no bastaba y que el hecho de estar allí, me hacía responsable de alguna forma.
Doña Indalina es la profesora de alfabetización del campamento, en la entrada de su casa tiene grabadas varias frases, dispuestas alrededor de una rosa. Casi como un decálogo, una forma de no perder de vista el horizonte incluso en los peores momentos. De esas frases, hay una que nos llama la atención a todos “O derrotado nâo e o que perdeu a luta o derrotado e aquele que não tive coragem de lutar”
Eleni es la coordinadora del campamento, es una mujer pequeña y nerviosa, con cada gesto transmite una fuerza que es a la vez alegre y severa.

La historia del campamento es una historia de lucha: ocupaciones y desalojos, la ocupación de la sede del Incra, la ocupación de otras tierras que finalmente tuvieron que abandonar porque no había suficientes lotes para todos. También es una historia de muertes evitables por la falta de condiciones higiénicas y la falta de agua potable. Pero sobretodo es la historia de una esperanza que no se rompe, y la historia de un sueño amenazado.
Camionetas de la compañía Vale rondan por el campamento los días que estamos allí. Parece ser que sospechan que hay bauxita en el subsuelo de las tierras y se acercan individualmente a los campesinos para conseguir que autoricen una extracción a cambio de una miseria. Es difícil que alguién que no tiene nada, se niegue a permitir que extraigan mineral de sus tierras con el dinero por delante. Después de cuatro años de lucha y penurias, Horizonte Azul está a punto de convertirse en un asentamiento pero las tierras aún pertenecen al Incra, no es difícil imaginar que supondría para los campesinos que finalmente terminasen encontrando bauxita en sus tierras.

Se convocó una asamblea para discutir este tema mientras estuvimos allí. Todos nosotros, teníamos el corazón encogido de rabia e impotencia ante la perpectiva de que la lucha de esas personas que empezábamos a conocer pudiera ser en bano. Eleni inauguró la asamblea pidiéndonos a todo que nos alzásemos y nos tomáramos de las manos y todo el campamento empezó a rezar.  Son muy pocas las veces en que una oración puede conmoverme de esa manera. Creo que existe una frontera dónde la religión tiene un sentido más profundo del que yo soy capaz de comprender normalmente, es ese punto en el que las personas pierden la ilusión de controlar del todo su vida y se abandonan a algo más grande.
Joan había pedido si podían darnos como recuerdo la bandera vieja que estaban a punto de bajar para izar una nueva. Eleni nos recordó a todos que con esa bandera nos llevábamos también el testigo del último año de lucha, pero a pesar de eso, después de haberlo votado en asamblea, decidieron regalarnos la bandera. De nuevo el peso de esa responsabilidad, agradecimiento, rabia, culpa, indignación justa. Estábamos recibiendo un obsequio que no podríamos corresponder nunca. Volveríamos a casa con un testigo de una lucha que no nos correspondía, nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra vida fácil y el recuerdo de Horizonte Azul quemándonos en la consciencia.

Aquella noche nos despedimos de Horizonte Azul bailando cuadrilla, un baile tradicional para la noche de San Juan que organizaron para nosotros ese día. Con personas que son capaces de mantener el ánimo incluso en las peores circunstancias, la nuestra, sólo podía ser una despedida alegre.

Ha pasado una semana desde que volví de Brasil y me parece que es más. Mi vida aquí, la rutina de todos los días, y esa sensación casi como de volver de otro mundo que se evapora y se convierte en un sueño del que voy despertando poco a poco. Me alegré mucho de leer el artículo de Joan en La Vanguardia sobre las plantaciones de eucaliptus y la siderúrgica Vale.(http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/res/20080828/53528411911.html?urlback=http://www.lavanguardia.es/premium/edicionimpresa/20080828/53528411911.html Felicitats Joan!) Vuelvo poco a poco a la realidad, mientras intento encontrar un lugar para todo lo que he conocido. Escribir un artículo o escribir en este blog es sólo una manera de darle un sentido a la experiencia.

Llegamos a Açailandia de madrugada. Açailandia, la tierra del Açaí, es una ciudad joven en el sur del estado de Maranhao, con unos 100.000 habitantes y apenas 30 años de historia. La estación de autobuses y la ciudad entera ofrecían de madrugada un aspecto lúgubre mientras esperábamos a la persona que nos guiaría a lo largo de nuestro recorrido por los campamentos y asentamientos del MST.  Aquel día conocimos a Osmar, nuestro guía, coordinador de movimiento de masas del MST en Açailandia.  Pienso ahora en ese momento, y estoy segura que sin él, sin su alegría contagiosa, sus bromas, sus canciones, y sus convicciones profundas que disfrazadas de livianidad eran capaces de desafiar la retórica más escéptica, el viaje habría sido muy distinto.

Joao do Vale, es el primer campamento que conocimos. Situado a unas 3 horas de Açailandia, el autobús se abre paso entre caminos polvorientos y campos de eucaliptos hasta donde alcanza la vista. Los eucaliptus y las columnas de humo de las carboneras encaramándose hacia el cielo ofrecen una imagen desoladora de la tierra que cruzamos. Ocasionalmente, la vegetación de los bosques preamazónicos nativos de Maranhao encuentra aún un lugar en la vereda de la carretera. Esa imagen que entonces era sólo una intuición triste, vendría repitiéndose una y otra vez a lo largo del viaje.

Los campos de eucaliptus y las carboneras pertenecen a la multinacional siderúrgica Vale (www.vale.com), que extrae mineral de Maranhao y lo exporta al resto del mundo a través del puerto de São Luis. Su razón de ser es la producción de carbón para la siderúrgica. Las carboneras legales, producen carbón a partir de los eucaliptus para venderlo a la Vale, las ilegales lo hacen desforestando los bosques nativos, para vender el carbón a la misma empresa. El eucaliptus es un árbol que crece muy rápidamente a costa de la degradación del terreno y el agotamiento de los recursos hídricos que mantienen la agricultura local.

La bandera del MST ondeando a un lado de la carretera nos da la bienvenida, llegamos al campamento Joao do Vale el mediodía del 29 de Julio. Después de un año de la ocupación, el campamento agrupa a unas 150 familias que viven en cabañas hechas con troncos y lona negra. Osmar nos distribuyó a todos en distintas cabañas.

Doña Maria, la mujer que me acogió durante la semana que pasamos en Joao do Vale, tiene la misma edad de mi madre, un cuerpo diminuto y la mirada despierta. Me golpeé la cabeza con los troncos de su cabaña nada más entrar, y tuve la misma sensación que Alicia en la madriguera del conejo, también ella acababa de entrar en otro mundo.

Los días transucurríeron plácidos en el campamento,  casi sin darnos cuenta. Me sentía aún como adormecida por la vida que dejaba atrás y con un sentimiento de agradecimiento indefenso parecido al que sentía en Irlanda, sólo que esta vez sentía que la persona que me estaba acogiendo me estaba ofreciendo todo lo poco que tenía. Tuve que adaptarme a la falta de espacio íntimo y a una concepción nueva del tiempo, y dejar de lado la espera ansiosa de que algo sucediese, para aprender que hay cosas que suceden sin darnos cuenta.

El canto de los gallos señala el alba en el campamento. Yo me levantaba, siempre algo más pronto que los demás, para charlar un rato con doña Maria y garabatear frenéticamente en mi cuaderno. Pronto empezaban a llegar gente a nuestra casa. Paraban a tomar café y a que Maria ayudase a sus hijos enfermos con una bendición o un remedio. Así era como empezaba un día cualquiera qie continuaba con la hospitalidad de todo el campamento. Las invitaciones. Las conversaciones con la gente. Los niños. La rutina de las reuniones y las asambleas. Las clases de alfabetización. El deseo de aprender de los que nos seguían a la escuela para las clases de español. El gusto sencillo de una cerveza a media tarde. Bailar forró en la escuela los últimos días después de cenar. Y la noche que traía consigo el espectáculo de la cúpula de estrellas iluminando el cielo sin luna  de aquellos días, y el placer, cuando veníamos cubiertos de polvo al caer el día, de bañarnos bajo las estrellas y sentir por un momento que podíamos acariciar con las manos una libertad que no habíamos conocido antes.

Fueron unos días para escuchar las historias de las personas del campamento: La historia de Maria, que perdió su trozo de tierra antes de enviudar, y vivía con su hijo en Joao do Vale a la espera de conseguir de nuevo tierras para plantar y criar gallinas. La de Balmira que  es una mujer de treinta y seis años que con ocho hijos perdió a su marido el año pasado en un accidente de caza. Tras la muerte de su marido, todo el campamento la ayudó a recoger la tierra. La de Erotilde que también está sólo en el campamento, su mujer vivía con él, pero el mes pasado tuvieron que llevarla al hospital y perdió una pierna a causa de una diabetes. Maria del papagayo que perdió a su hijo con veinticuatro años en un accidente de moto y se sorprendió al verme llorar mientras me mostraba su camisa rota en el accidente. La de Joaquin que regenta una carbonera ilegal cerca del campamento. La carbonera desforesta los bosques naturales para producir carbón, pero esa es sólo su forma de vida.

Para compartir con los niños, y dejarme llevar por un sentimiento de alegría y cariño espontáneo que creo que nos conmovió a todos de una forma o de otra. Jonhy Elson, y las hijas de Shariff, Yaisha y Tahuana. El día en que Yaisha, la niña de tres años se golpeó la frente en un juego creo que fuí consciente por primera vez de lo que me estaba pasando en Joao do Vale, de qué significan los lazos espontáneos que se forman algunas veces con las personas, y  con los niños. Fue como si esa consciencia me golpeara a mi también en la frente. Y por primera vez en el viaje, viendo como curaba Esther a la niña con nuestro botiquín pensé en que era hermoso ver caer la máscara social de las personas aunque fuera sólo un momento. Volvería a sentir lo mismo otras veces, como yo misma era capaz de librarme de esa máscara un instante, y también ver a los demás rodeados de luces y de sombras, con una imagen más real que la caricatura con la que salimos al mundo a diario para no hacernos daño.

El día cuatro de agosto, nos marchamos de Jõao do Vale  tristes y alegres a la vez,  colmados de los abrazos y las cartas de todas las personas que habíamos conocido y nos veían irse desde la parada de autobús.

Llegamos a Brasil el 26 de Julio después de un retraso de cuatro horas en Cabo Verde (“Cabo Verde Airlines, Ó prazer de viajar bem”), perdimos la conexión en Fortaleza y pasamos allí nuestro primer día. Fortaleza es la imagen de un Brasil ficticio convertido en un esperpento, creado para satisfacer los sueños de falsos paraísos tropicales aptos sólo para turistas. Llegamos a São Luis el día 27, sobrevolamos en avión los Lençois Maranhenses, 80 km. de extensión de desierto de arena blanca salpicado de lagunas azules a nuestros pies.

Los edificios de arquitectura colonial de São Luis le confieren el aspecto de una ciudad nostálgica de si misma, símbolo del abandono post colonial. Con edificios majestuosos y avejentados, decorados con la tradicional cerámica portuguesa, el centro de la ciudad ofrece el mismo aspecto que, al menos en mi imaginación, debe tener La Habana Vieja. La persona encargada de recibirnos en el MST es Zaira. Es una mujer enjuta y enérgica que nos introduce en la realidad del Movimiento Sin Tierra en Maranhao y de los campamentos y asentamientos que nos recibirán a partir de ahora.

El MST (Movimento dos trabalhadores rurais sem terra) es uno de los principales movimientos sociales de toda América Latina. Nacieron en los años 80, teniendo como origen la Comisión Pastoral de la Tierra, con fuerte influencia de los obispos de la teología de la liberación. Su principal objetivo es llevar a cabo una reforma agraria en un país donde el 2 % de los propietarios posee el 56 % de las tierras, como paso previo para una transformación social más amplia. Para ello se amparan en un artículo de la constitución brasileña que dice que las tierras que no cumplan su función social deben ser expropiadas por el estado. La institución gubernamental responsable de la política de reforma agraria en Brasil es el INCRA (Instituto de Colonización y Reforma Agraria) y como podréis imaginar ni el artículo que aparece en la constitución, ni la existencia de un organismo para gestionar la reforma agraria implica que exista una voluntad política real para llevarla acabo. El MST realiza trabajo de base tanto en el campo, como en los suburbios urbanos dónde buscan personas dispuestas a luchar por el sueño de la tierra. Ocupan latifundios que no cumplen el supuesto de función social previsto en la constitución. En el momento de la ocupación se crea un campamento (barracas provisionales donde viven los ocupantes), y empieza un contencioso por la expropiación de la tierra que puede durar años. Cuando el gobierno reconoce la legalidad de la ocupación, se crea un asentamiento y la tierra pasa a ser propiedad de los campesinos en usufructo. Una de las características del movimiento sin tierra, es el énfasis en la alfabetización y la educación de los campesinos.

Maranhao es un estado del norte de Brasil, con un PIB equivalente al del Congo es uno de los estados más pobres del país, con un nivel de analfabetismo muy alto, exporta mano de obra esclava en plantaciones del propio Maranhao, así como en el resto del país y en el extranjero.

Esa misma noche viajamos hacia Açailandia, en el sur del estado para conocer la realidad de dos campamentos y dos asentamientos del MST en la región.

Volver a Barcelona: los amigos, la familia, el trabajo… Es reconfortante sentir que aquí hay cosas que me esperan. Sólo la alegría del reencuentro, me hace ser consciente de las cosas que he añorado sin saberlo. Vuelvo con una sensación ambigua, casi como despertar de un sueño. La cotidianeidad nunca debería caer como una cortina de humo sobre el recuerdo, por eso quiero escribir sobre las cosas que me han pasado.

Me parece casi imposible describir todo el viaje en un solo bloque, hablar sobre el Movimiento Sin Tierra y sobre Maranhao, sobre la deforestación y la depredación económica de Brasil, tener el placer de dar también voz a la historia de las personas que he conocido, mostrar los paisajes: la desoladora tristeza de las plantaciones de eucaliptos y las columnas de humo de las carboneras acariciando el cielo, los caminos polvorientos, los campamentos, la belleza sobrecogedora de algunos paisajes, los paseos por la floresta nativa casi como una bocanada de aire en un desierto verde, las playas, los ríos, los lençois, las noches estrelladas, los atardeceres…

Hay también un viaje más íntimo, uno que acompaña al paisaje y a las personas que me rodean. Una conciencia que aparece y me deslumbra, y luego se pierde de nuevo. La posibilidad de dejarme llevar, sentir plenamente, dejarme caer sólo por un momento antes de buscar de nuevo el caparazón. El afecto y la rabia contenidos, el placer sin condiciones del contacto con los demás y de la intimidad con uno mismo, la soledad escondida detrás de una máscara.

Esta serie de posts están escritos para prevenir el olvido, el primero habla sobre nuestra llegada a Brasil y explica un poco el contexto del MST y del estado de Maranhao, los siguientes explicaran cronológicamente el viaje cifrando sólo las partes que me parezcan más personales.

Esto es oficialmente un experimento. En el curso (Ahora que empiezo a disfrutarlo de verdad termino 😦 ) me pidieron en un mismo texto:

– Narrar un recuerdo traumático, el hecho presente que evoca ese recuerdo traumático, y una proyección en el futuro.

– Practicar el monólogo, el diálogo indirecto, directo y indirecto libre. Combinarlos en la conversación de un personaje que no quiere dar muchos detalles, y otro borracho (he hecho trampas mezclándolos a los dos)

El resultado es el texto de abajo… He descubierto que no me llevo mal con el narrador en segunda, y he intentado combinarlo con mi narradora en primera persona a ver si no queda muy plasta.

– ¿Qué haces aquí?

He venido a verte.

El aire dentro del local era cálido y ondulado, olía a madera podrida, a sudor y a cerveza. Llevaba toda la noche en el Jamies’ buscando a Ciaran entre la gente y cuando lo vi entrar me escurrí del brazo de Lyn como una anguila impaciente. “Ha llegado Ciaran” No miré atrás pero sentía que ella sí tenía los ojos clavados en mí mientras me alejaba.

Me había visto hermosa aquella noche en el espejo. Con mi  piel resplandeciendo en cada centímetro y los ojos brillantes, como si alguién hubiese dejado una luz prendida bajo mis pupilas. Sentía la electricidad chisporroteando en la punta de mis dedos. Cuando estaba delante de él podía sentir esa corriente y una sensación húmeda como de agua vertida en mi vientre. Ya no tenía miedo.

¿Sabes? Hoy no es una noche cualquiera

No?

Es San Juan. En Barcelona la gente enciende hogueras en la playa, tiran cohetes y petardos y bailan hasta que se hace de día.

Perdiste la virginidad el segundo año de universidad. Él ni siquiera te gustaba. Por eso no fue así entonces, no fue como ahora, esta sensación como de derramarse por dentro. Cuando te penetró, sentiste una quemazón igual que si te hubiesen cortado con un cuchillo, te sentiste derrotada y vacía, como si te atravesaran por dentro y te doblegaras inerte. Terminó y sólo quisiste apartarle.

Te das cuenta de que Ciaran está borracho y que tú nunca lo habías visto beber. La camisa blanca tiene el mismo color pálido, prácticamente luminoso que su cara. Entre el blanco, sus ojos enormes, grises y temblones, moteados de rojo, te miran con un arrebato que no sabes si es rabia, o tristeza o deseo. Y ahora sí tienes miedo.

¿Estás bien?

Sí, no… Mi padre tiene cáncer.

Y ya no es él, es la sombra del campesino alto y triste, viejo y alcoholizado que os mira desde el otro extremo de la barra. Podría ser su padre, piensas. Eso te lo contó Lyn, que su padre es alcohólico, que tiene otra familia. Con ese tono de compasión “pobre”, decía. Y tu no sabes como, te acordabas de tu padre, del padre de Carlos y era como si todos fueran el mismo, y no te salía sentir pena.

¿Cómo te has enterado?

Mi madre me lo dijo.

Levantas la vista hacia él, alargas las manos hacia su cara, y te quedas así, mirándole.

Lyn debe estar pensando qué hago tanto tiempo contigo.

 

Este no es un mar tranquilo. Las olas golpean contra la costa, meciendo el manto de algas que ha dejado atrás la marea. Sabes que se acerca la tormenta, ya hace días que la televisión anuncia la cola de un ciclón. A pesar de eso querías salir hoy, porque no querías hablar con Lyn.

“Pequeña nariz entrometida” Así es como Ciaran la llamó anoche, y tu te reíste con una mano sobre los labios como una niña que acaba de oír una inconveniencia. Os quedasteis callados los dos, Ciaran te tomó de la mano y te arrastró entre la gente. Podías sentir la mirada de Lyn apuntándote casi como el cañón de un arma en la nuca. Esa misma mirada de reprobación cargada de complicidad simulada, de murmullos falsamente bienintencionados. Con casi treinta años, Lyn seguía siendo una chica de pueblo piadosa y asustada. Pensaste en ella como en uno de esos pájaros negros que se posan en el tendido eléctrico delante de vuestra casa. Cuando descorres las cortinas del comedor puedes sentir como te observan desde el aire. El cielo irlandés, pájaros negros y crucifijos plateados.

Ayer hiciste el amor con Ciaran en el sofá del comedor. El aire cargado de electricidad eriza la piel en tus brazos. Pero la electricidad no proviene sólo del aire. Más abajo, más adentro, en el lugar donde tus entrañas se convierten en abismo, un rayo, como un haz de luz capaz de rasgarte la piel.

“No encorves la espalda” Tu padre te toma de los hombros y hace que endereces el cuello. Siempre has andado encorvada, pero ahora eres capaz de erguirte como no has podido hacerlo nunca. Apuntalada, sostenida por el cuerpo en un embate como el de las olas contra la playa, alzas la cabeza hacia el cielo y bebes del agua que empieza a caer. Dejas que las gotas te cieguen, te resbalen por las mejillas y se escurran en la comisura de tus labios.

Llevas el olor del aire salado impregnado en la piel, las huellas de las burbujas que las olas han dejado en la arena como una caricia capaz de elevarte más allá de la costa, allí donde el océano abandona el color turquesa embarrado, y se vuelve azul y gris, igual que el cielo en una noche sin estrellas. Y caes en mitad del mar, como si el haz de luz que te sostiene se apagara de golpe. El ruido de las olas retumba en tu cabeza, la misma agua que acariciaba antes la orilla, lame ahora gélida tus brazos y tus piernas, y sientes que podrías dejarte caer como una roca hacia el fondo. Su fuerza te arrastra, te hunde, voltea tu cuerpo una y otra vez, y te vuelves diminuta. Tienes siete años. Has llegado tan lejos con la colchoneta, tanto que creías que podrías volver así a casa. Te levantas para ver la playa, y una ola te lanza sobre el agua. Por un momento crees estar volando, pero luego sientes el golpe del agua sobre el pecho, y una segunda ola que te arranca el bañador. El bañador con el pececito dorado era tu favorito. Das vueltas en el agua, te acuerdas de cuando los niños juegan a las ahogadillas en la piscina del pueblo. Quieres salir, pero no puedes, pataleas con todas tus fuerzas y crees que te acercas a la superficie. De repente un brazo te saca del agua, “Papá”. No es tu padre, un pescador joven te sostiene por la cintura, te mira con un rostro que se ha vuelto familiar en el recuerdo. Y piensas en Ciaran, él es quien te sostiene y te alza por encima del agua. Vomitas agua turbia, y lloras, y te aferras al cuerpo del pescador.

Es el mismo ruido del mar que te ha perseguido siempre. De pequeña soñabas que el colchón se volvía líquido y tú te ahogabas en un mar oscuro, no podías respirar, y el ruido de las olas estaba por todas partes. Casi siempre habías mojado la cama cuando te despertabas debatiéndote contra el colchón. Ese mismo ruido que volvería a desvelarte años más tarde. Velando a tu madre en el sillón del hospital, te despertaste y volviste a sentir otra vez las olas, el mar que iba y venía de su cuerpo en una cadencia de respiración dormida.

Como unos fuegos de artificio que explotan y se difuminan en el aire. Que rasguñan el cielo en un estallido que impregna de color la retina dejando atrás sólo el ruido que reverbera aún en la atmósfera y el olor de la pólvora como los rastros de una luz que se apaga y se pierde. El ruido del mar aparece siempre como una añoranza prematura, temerosa del silencio después de la luz y el estruendo.

Un cuento que no pasará a la historia por ser el más original del mundo pero me gustó que los diálogos me quedaran fluidos.

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– ¿Tienes miedo?

– No tengo miedo.

– ¿Seguro?

¡Plas! Juan golpeó las manos a un centímetro de mi nariz.

– ¡Ja! ¡Mentiroso!

– ¡Has cerrado los ojos! ¡Cagueta!

– ¡Eres un gallina!

– No tengo miedo… – Lo dije muy bajito, como si no quisiera que lo oyeran.

– Házmelo a mi Juan, verás como no tengo miedo.

– ¡Venga ya enano!

– Porfi, hazlo y ya verás…

¡Plas! Dani se quedó mirando al frente con los ojos como platos.

– ¿Ves? ¿Ves? ¡Yo no soy un cagado! – Se reía y me miraba.

– ¿Sabes por qué no tengo miedo Luís?

– No, no lo sé.

– No tengo miedo porque si viene un fantasma yo le haré así, y así… – Golpeaba con los puños cerrados en el aire – ¡Y luego así!

Cuando levantó la pierna para dar el golpe de gracia, Juan le agarró por el tobillo, hizo que perdiera el equilibrio y cayera de culo.

– ¡Ay!

– ¡Tonto! ¡No puedes pegarle a un fantasma!

A Dani se le escapaban las lágrimas, y yo no podía contener la risa.

– ¡Se lo diré al tito!

– ¡Tú no te rías de mi hermano!

– ¡Auh!

Me pegó por detrás con el puño cerrado en el cogote. El golpe retumbó en mi cabeza como si fuera una campana, y las gafas salieron volando hacia delante.

– ¿Se han roto? ¿Las gafas se han roto? ¡Se han roto!

Juan me miró sin responder. Yo me arrodillé a buscar las gafas en el suelo, casi no veía nada. Uno de los cristales se había rajado de arriba abajo y el otro había salido disparado de la montura y se había hecho añicos contra una piedra. Palpé los trozos de cristal en el suelo y me corte. Tenía ganas de llorar, me chupé la sangre que no paraba de salir del dedo, y me quedé en el suelo.

– Mira lo que has hecho…

Juan no me oyó, habían seguido andando y estaban delante de la verja de la casa. Guardé la montura en el bolsillo de la camisa, me manché la solapa con una gotita de sangre que casi parecía una medalla y de repente me entró el pánico, Mamá me matará cuando se entere. Eché a correr.

– ¡Esperadme!

– ¡Vuelve a contarnos la historia! Juan venga… ¡Cuéntala otra vez!

– ¿Para qué enano? ¡Si te la sabes de memoria!

– Porfa.

– ¿Veis la ventana del sótano? La que está a ras del suelo

– Yo no la veo.

No veía bien sin las gafas.

– Yo sí, yo sí.

– Allí es dónde la Dolores les cortó las manos a los niños.

– ¡Ala!, ¿y siguen allí?

– ¿El qué?

– Las manos de los niños.

– No, tonto. ¿Cómo van a seguir ahí?

– ¿Y como sabes que fue allí? – Juan me miró como si fuese a volver a pegarme.

– Pues porqué hay una mancha en la pared que seguro que es sangre. Ya la verás, si no te meas en los pantalones antes.

Se calló un momento y luego miró a su hermano.

– ¿Y sabes que más hay enano?

– ¿Qué?

– El clavo donde se colgó luego. Está doblado por el peso.

– ¡Díselo, Díselo!

– Yo la he visto.

– ¿A la Dolores?

– ¿No te lo crees, eh?

– Sí… – Bajé la vista.

– Pues la he visto, he visto su fantasma, en el espejo del comedor con el delantal manchado de sangre…

De golpe me acordé de mi abuelo, una vez se sacó una zapatilla para pegarme, llevaba unas zapatillas negras con la suela raída que olían a calcetín viejo. Siempre que pensaba en mi abuelo pensaba en las zapatillas. Mi abuelo estaba muerto y yo no podía dejar de imaginar que su espíritu vivía en aquella casa con el fantasma de doña Dolores.

– La verja está cerrada

– ¿Y? ¿Que esperabas? Venga Dani, salta tu primero, yo te cojo

Juan subió a Dani sobre sus hombros por encima de la verja. Dani se agarró a los barrotes y luego bajo serpenteando por el otro lado.

– ¡Ahora yo!

Juan me empujó mientras tomaba impulso para saltar.

– ¡Ya estoy! ¿Tu a que esperas?

Intenté saltar la verja como lo había hecho él, agarrarme a los barrotes y luego coger impulso. ¡Algo me coge la pierna! El pie se me había quedado enganchado en la verja, me liberé y me dejé caer hacia el otro lado.

– ¡Estás blanco!

Me dolía el tobillo. Si le digo que me duele, dirá que soy un gallina. Seguimos andando sin decir nada. Tenía hambre y frío, y quería volver a casa. Iba renqueando, un poco por detrás de Dani, los yerbajos se me metían por debajo del pantalón y me hacían cosquillas.

– ¡Au!

Me di con el pie bueno en un escalón de piedra que salía de la nada. Ellos lo habían saltado sin más, pero yo no lo había visto.

– No veo nada.

– ¡Cállate!

– ¡Ya hemos llegado!

¡Pam! Juan le pegó una patada a la puerta de madera que se abrió como si explotase en una nube de polvo. Dani me agarró fuerte del pantalón, y me soltó de golpe cuando la puerta dejó de retumbar.

– ¡Vamos!

Me picaban los ojos por el polvo. La puerta había quedado medio abierta, dentro todo estaba oscuro y daba miedo. Los cristales estaban ennegrecidos y sólo entraba luz por la puerta y por el cristal roto de una ventana, justo en frente, al final del pasillo. Una corriente de aire frío me dio en la cara

¡Pum! La puerta se cerró sola.

– ¡El fantasma!

Dani estaba frenético.

– ¡Que va a ser el fantasma esto!

¿El yayo es un fantasma ahora? ¿Como Casper? Los fantasmas no existen, el yayo está en el cielo.

– Los fantasmas no existen

– ¿Quién lo dice que no?

No me acostumbraba a estar sin luz, oía como goteaba un chorrillo de agua justo al lado mío, Juan también se dio cuenta.

– ¿Dani te has hecho pis?

– No…

– No mientas. ¡Venga vamos al sótano!

Los tablones del suelo crujían cuando los pisábamos, pasamos por delante del comedor. Un escalofrío me erizó el pelo de los brazos. Miré el espejo de reojo, como si lo vigilara. Los fantasmas no existen…

Bajamos por la escalera, todo estaba oscuro y en silencio, oía crepitar los escalones y la respiración fuerte de Dani un poco más abajo. Tampoco veía los escalones, algo me empujó, caí y di con la espalda en el suelo, me dolía muchísimo. Me quedé paralizado, muerto de miedo y llorando flojito para que no me oyeran.

– ¿Luís? ¿Luís? – Dani me llamaba y su voz sonaba como si estuviese muy lejos.

– ¡Déjalo!

Luego pasó un rato, no sé cuanto… Me quedé tumbado en el rellano sin moverme, el suelo estaba húmedo y pringoso, tenía frío pero no podía moverme. Cloc-cloc-cloc-cloc, el agua caía muy cerca, las maderas crujían, y el viento estaba por todas partes era como si toda la casa estuviese llorando. De golpe se oyó un ruido horrible, como el ruido que hace el cerdo el día de matanza, y luego un estruendo más fuerte. La escalera se sacudía como si fuese a derrumbarse, me agarré con fuerza a la barandilla.

– ¡Dani!

Algo se precipitaba corriendo hacia mí, saltaba las escaleras como si fuese a abalanzarse encima de mí cerré los ojos con fuerza y luego los abrí de golpe.

– ¿Juan?

No contestó. Volví el cuello y vi como desaparecía corriendo. La Dolores ha matado a Dani, cuando vea que estoy en la escalera vendrá y me matará a mí. Dios te salve Maria… El cura dice que hay que rezar para que la virgen nos proteja.

Pom, pom, pom… Se oían pasos. Pasos y el ruido de algo que se arrastra, cada vez más cerca, casi encima de mí. Dos zapatillas negras se pararon en el último escalón antes del rellano.

– ¿Yayo?

Ésto es el prólogo. De las veinte páginas que debo haber escrito de momento, las tres primeras son las únicas que han terminado el proceso de corregir, y corregir y luego volver a corregir por el que paso cuando escribo. Espero poder colgarlas todas entre la semana que viene y la siguiente. Si algo os suena vagamente autobiográfico (sobretodo al principio), es que lo es.

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Me he pasado el día andando por la casa, sin hacer nada concreto, sólo dejándome llevar por la sorpresa de encontrarla vacía. Sin ruido, sin música, sin nuestras conversaciones durante el desayuno. Mi hija pequeña se ha ido esta mañana, y yo he dedicado el día a echarla de menos. He abierto la puerta de su cuarto en un impulso mecánico y me he quedado mirando la cama, me he sentado sobre la colcha y viendo los libros que han quedado sobre la estantería he pensado que quedaba algo de ella en el cuarto. He abierto el armario y ha sido como si las perchas vacías me golpearan en el rostro. Me dijo que se marchaba a Italia en el mismo comedor en que yo se lo había dicho a mi madre, en la casa donde viví con mis padres. Una vez leí que el tiempo que recorremos con la mente a lo largo de la vida termina por formar un círculo perfecto, nos pasamos la primera mitad de nuestra vida pensando en el futuro, para terminar al final en el principio, pensando en el pasado. El día en que Helena me dijo que se iba, yo estaba sentada de espaldas a ella, se acercó por detrás y me acarició el hombro para que me girara, algo en aquel gesto dio el pistoletazo de salida para mis recuerdos. El tiempo que he vivido en presente y en futuro, he empezado a vivirlo en pasado, los recuerdos de Helena y de sus hermanos, los recuerdos de su padre, se derraman por mi mente sin ser amargos, son dulces de una forma que no he conocido hasta ahora. Cuando en un cajón he encontrado hoy uno de mis viejos cuadernos, he empezado a pensar en mi propio viaje. Aquel fue el primer cuaderno que compré en una tienda del aeropuerto de Dublín el día en que volvía definitivamente a Barcelona. Llevaba mucho tiempo sin escribir, pero aquel cuaderno lo llené entero y luego vinieron más, como si al final del viaje hubiese decidido empezar otro, un viaje inmóvil para llevarme aún más lejos. Así fue como comencé a escribir. He abierto el cuaderno, y he empezado a leer la primera página.

Dublín de día está cubierta por una capa gris plúmbea y eterna, que puede sentirse en el pulso de la ciudad como una tristeza escondida. Es una ciudad de maneras delicadas y temerosas, ansiosa por liberarse de su propia melancolía, del cielo cubierto y la cadencia del río. Cuando se abre el cielo y sólo por un momento a la hora del almuerzo, la luz inunda St. Stephen’s Green la ciudad se transforma en un destello. La hierba brilla bajo los pies de los que vinieron a ver como la ciudad mudaba de rostro. Sólo entonces las puertas coloreadas de los edificios georgianos se muestran verdaderamente luminosas y pasan por ser algo más que un intento vano de esconder su mirada cetrina. La misma ciudad de noche se vuelve revoltosa, como si tuviese el alma dividida, Dublín camina fatigada de si misma durante el día, y al anochecer estalla.

De madrugada parece una ciudad distinta, como si las nubes se hubiesen acercado para acariciar las calles. Mientras andamos en silencio, mis pies sienten la memoria de los mismos pasos que siguieron hace dos años. Resuenan las maletas repiqueteando contra los adoquines, la calle desierta parece casi irreal, están aún las luces encendidas pero todo a nuestro alrededor tiene una consistencia brumosa y distante. A lo lejos el Spire se levanta en el cruce con la calle O’Donnell, como una aguja majestuosa, rasga en su extremo el cielo de Dublín sobre el río, las nubes se entreabren justo en el lugar que señala el monumento, y dejan entrever la negritud del cielo que es casi como un abismo entre las nubes. Hay algo terrible en esa oscuridad, una fuerza capaz de llevarse a la ciudad consigo, capaz de arrastrarme a mí. Me dejo caer y Dublín se apaga a mí alrededor en un estruendo triste. Vuelvo a casa.

Las palabras suenan en mi cabeza como si aún estuviesen siendo escritas. Como si una parte de mi se hubiese quedado escribiendo aún en un banco del aeropuerto de Dublín, escuchando las llamadas de los vuelos sin querer creer aún que el viaje había terminado y que el lugar del que me había ido ya no existía. Empiezo a escribir pensando en Helena, como si mi viaje y el suyo fuesen el mismo, para renacer en el recuerdo y recuperar todas las cosas que viví y dejaron de existir. Volver a este mismo lugar, treinta años antes, para cruzar con mi hija la misma puerta, como si el tiempo pudiese replicarse, como dos fotos inmóviles tomadas casi en el mismo instante. Volver atrás para ser a la vez su determinación por seguir adelante en un camino que ya no me pertenece, y ser también esa realidad que se desvanece detrás del umbral y se difumina para siempre en el recuerdo.