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Un amigo me mandó este dibujo y como me hizo mucha ilusión quiero enseñároslo.

Os pego también el cuento que escribí para darle las gracias…

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Siempre he querido empezar los cuentos a la manera antigua, “Érase una vez…” Pero no puedo empezar así este cuento, porque no salen princesas, ni brujas malvadas, ni príncipes, ni ranas… Ni ninguna de esas cosas que salen en los cuentos que empiezan por “Érase una vez…” y terminan por “…fueron felices y comieron perdices.” Nada de eso, este es un cuento espacial con final incierto, una historia de alienígenas y viajantes galácticos. Las perdices pueden respirar tranquilas por esta vez.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana (y este tampoco es un principio original, ya lo sé, pero así es como empiezan los cuentos espaciales con final incierto), en el planeta B 612 vivía un joven llamado W. B 612, era el planeta más pequeño de la galaxia (pequeño, pero no un asteroide como os podríais pensar) y el único que albergaba vida inteligente. Los habitantes de B 612 vivían todos en la única ciudad del planeta. B 612 Ciudad Capital era una ciudad gris, con edificios altos de hormigón y autopistas aéreas siempre llenas de coches. Los habitantes de B 612, eran gente seria, trabajadores empedernidos y orgullosos sin demasiado tiempo libre para perderlo con tonterías. Nunca se les ocurrió pensar que las cosas pudieran ser hermosas si eso no iba a servir para nada, por eso en B 612 no había árboles ni flores, ni parques para que jugasen los niños, ni museos, ni teatros. W. siempre se sentía un poco extraño en aquel lugar porque a él sí le gustaban las cosas hermosas. Perdía el tiempo leyendo libros y viendo películas que compraba a los comerciantes extranjeros en el mercado negro. Sus padres, que sí eran gente seria, gente que trabajaba e iba al templo los domingos, gente que hablaba de cosas realmente importantes, el tipo de persona que nunca, nunca jamás perdía el tiempo con tonterías, se miraban a veces con ese aire de preocupación “algo habremos hecho mal”, pensaban.

W. sabía que no era como los demás, pero tampoco le importaba demasiado. Un día, compró una película “El Imperio Contraataca” y se quedó fascinado con el personaje de Hans Solo. Él quería ser como Solo, contrabandista espacial y viajero rebelde. Lo había decidido, ¡quería conocer la galaxia! Empezó a trabajar y por un momento sus padres pensaron que por fin había sentado la cabeza. Pero cuando hubo ahorrado lo suficiente como para comprarse una nave espacial, dejó el trabajo se vistió un traje plateado y se nombró a si mismo Capitán W. primer explorador espacial del planeta B 612. Nadie entendió porqué se quería marchar a ver mundos. “¿Para qué?” decían sus padres estupefactos. Pero al final lo dejaron marchar, un poco aliviados en el fondo, de perder de vista a un hijo que no era como los demás.

W. viajó sólo durante años, y conoció planetas increíbles. Los habitantes del planeta B 216 presumían de ser gente mucho más divertida que los aburridos ciudadanos de B 612. Tenían dos grandes pasiones, la fiesta y el deporte. W. se quedó allí unos días y por un momento pensó que por fin había encontrado su hogar entre aquella gente que hacía fiestas todas las noches, y se emborrachaba hasta el amanecer. El domingo en vez de ir al templo iban al estadio, gritaban y animaban a su equipo hasta quedarse sin voz. Al principio, todo aquello le pareció divertido, pero pronto empezó a cansarse de aquella música y de las luces de las fiestas, de levantarse con resaca y de gritar toda la tarde del domingo por un deporte que ni siquiera le gustaba. Todo empezaba a parecerle ya un poco lúgubre cuando preguntó donde podía encontrar una librería en la ciudad.

– Aquí no leemos libros, la gente aburrida lee libros, pero nosotros nos divertimos siempre.

– ¿Y si yo no me divierto?

– No puede ser, todo el mundo se divierte, tienes que divertirte.

Aquel día W. decidió marcharse de B 216. Puso rumbo a B 126 pero su suerte no mejoró mucho. Los habitantes de B 126 lo recibieron con lanzas nada más aterrizó “matemos al extranjero decían” Y suerte tuvo el pobre W. de poder escapar de allí con vida.

Cuando salió de B 126, estaba ya bastante deprimido “nunca encontraré un lugar” decía, “igual mi destino es vagar sólo por la galaxia” Entonces vio a lo lejos una lucecita azul, “iré allí”, se dijo “nada malo puede salir de un planeta que de lejos se ve tan bonito” También aquí la gente parecía al principio amistosa, pero pronto empezó a descubrir que aquel planeta (Tierra le llamaban sus habitantes ¡Como si fuese el único planeta del universo!) era un poco como todos los lugares que ya conocía, ahí las personas también vivían para trabajar y cuando no trabajaban, divertirse era casi una obligación y ser feliz un deber. Éstos también se hacían la guerra y encima con cosas mucho peores que una lanza. Cuando salió de la Tierra, el pobre W. estaba realmente triste “Vale más que vuelva a casa, no importa lo lejos que vaya porque nunca encontraré un lugar para mí” “Todos tenían razón, no hay ninguna razón para conocer otros mundos, en todas partes es los mismo” Iba pensando en eso cuando no vio venir un pequeño asteroide directo hacia su nave. W. tuvo un momento de pánico perdió el control de los mandos y luego lo recupero, a tiempo sólo para hacer un aterrizaje de emergencia en un planeta que no conocía. Miró su carta estelar y resultó que estaba en Saturno. En principio aquel planeta debería estar deshabitado “Mejor, así nadie vendrá a molestarme” pensó enfadado mientras salía a arreglar su nave.

¡Ves con cuidado!

– ¿Quién ha hablado?

– Aquí, aquí! ¿no me ves?

Justo debajo de la nave apareció un alienígena pequeño. Aquel alienígena no era una criatura al uso, era morado y pequeño, con cuatro brazos, un enorme ojo negro en la frente y dos ojos más sobre las antenas.

¿Has venido a visitarme?

En realidad no, pero…

¡Que bien! ¡Alguien ha venido a visitarme!

¿Te gustan mis anillos?

¿Qué anillos dices?

Los anillos, los famosos anillos de Saturno

Creo que he chocado con eso.

¿Pero no te parecen bonitos?

W. se dio cuenta que estaba tan triste y tan enfadado, que por primera vez en su vida no se había fijado en si algo era o no hermoso.

No lo sé.

¿No lo sabes? ¡Pues los puse yo!

Ya, claro.

No me crees? Los puse yo para que Saturno fuera el planeta más bonito de toda la Vía Láctea, y todos quisieran venir a ver mi casa. Otros planetas sintieron envidia y también se compraron unos anillos, ¡pero los míos son más hermosos y…!

De repente, le cambio la cara y empezó a llorar. Las lágrimas le caían del enorme ojo que tenía sobre la frente agujereando el suelo como los goterones de una tormenta de verano.

Qué? ¿Qué te pasa? – A W. se le encogió el corazón de ver llorar a aquella criatura. Antes nunca había visto llorar a nadie, y sintió deseos de cogerla y hacer algo, no sabía bien el qué, para que dejara de llorar.

¡Qué también son más peligrosos! Todas las naves tienen miedo de chocar contra los anillos. ¡Estoy aquí sola y nadie me viene a visitar!

¿Qué haces aquí todo el día?

¡Soy la reina de Saturno!

A W. aquello empezaba a divertirle, “¡La reina de Saturno nada menos!”. Con una gran reverencia, saludo a la nobleza como se merecía.

¡Saludos majestad! ¿Qué hacéis todo el día en vuestro reino?

Miro como se pone el sol, y por la noche me quedo esperando que alguien venga a verme. Nunca viene nadie, pero yo no dejo de mirar las estrellas por eso.

¿Y de día?

Busco las piedras más bonitas de Saturno para poder mostrar algo hermoso a quién venga a verme.

W. sólo sonrió y no dijo nada.

¿Te quedarás a ver la puesta de sol conmigo?- Había dejado de llorar y los ojos se le iluminaban cuando hablaba.

Sí.

Se sentaron muy cerca recostados sobre una piedra y de repente el sol se tiño de ocre, oro y salmón y a W. le pareció que nunca había visto nada tan bonito.

Es por los anillos – Dijo muy bajito la reina de Saturno.

 

 

Un cuento que no pasará a la historia por ser el más original del mundo pero me gustó que los diálogos me quedaran fluidos.

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– ¿Tienes miedo?

– No tengo miedo.

– ¿Seguro?

¡Plas! Juan golpeó las manos a un centímetro de mi nariz.

– ¡Ja! ¡Mentiroso!

– ¡Has cerrado los ojos! ¡Cagueta!

– ¡Eres un gallina!

– No tengo miedo… – Lo dije muy bajito, como si no quisiera que lo oyeran.

– Házmelo a mi Juan, verás como no tengo miedo.

– ¡Venga ya enano!

– Porfi, hazlo y ya verás…

¡Plas! Dani se quedó mirando al frente con los ojos como platos.

– ¿Ves? ¿Ves? ¡Yo no soy un cagado! – Se reía y me miraba.

– ¿Sabes por qué no tengo miedo Luís?

– No, no lo sé.

– No tengo miedo porque si viene un fantasma yo le haré así, y así… – Golpeaba con los puños cerrados en el aire – ¡Y luego así!

Cuando levantó la pierna para dar el golpe de gracia, Juan le agarró por el tobillo, hizo que perdiera el equilibrio y cayera de culo.

– ¡Ay!

– ¡Tonto! ¡No puedes pegarle a un fantasma!

A Dani se le escapaban las lágrimas, y yo no podía contener la risa.

– ¡Se lo diré al tito!

– ¡Tú no te rías de mi hermano!

– ¡Auh!

Me pegó por detrás con el puño cerrado en el cogote. El golpe retumbó en mi cabeza como si fuera una campana, y las gafas salieron volando hacia delante.

– ¿Se han roto? ¿Las gafas se han roto? ¡Se han roto!

Juan me miró sin responder. Yo me arrodillé a buscar las gafas en el suelo, casi no veía nada. Uno de los cristales se había rajado de arriba abajo y el otro había salido disparado de la montura y se había hecho añicos contra una piedra. Palpé los trozos de cristal en el suelo y me corte. Tenía ganas de llorar, me chupé la sangre que no paraba de salir del dedo, y me quedé en el suelo.

– Mira lo que has hecho…

Juan no me oyó, habían seguido andando y estaban delante de la verja de la casa. Guardé la montura en el bolsillo de la camisa, me manché la solapa con una gotita de sangre que casi parecía una medalla y de repente me entró el pánico, Mamá me matará cuando se entere. Eché a correr.

– ¡Esperadme!

– ¡Vuelve a contarnos la historia! Juan venga… ¡Cuéntala otra vez!

– ¿Para qué enano? ¡Si te la sabes de memoria!

– Porfa.

– ¿Veis la ventana del sótano? La que está a ras del suelo

– Yo no la veo.

No veía bien sin las gafas.

– Yo sí, yo sí.

– Allí es dónde la Dolores les cortó las manos a los niños.

– ¡Ala!, ¿y siguen allí?

– ¿El qué?

– Las manos de los niños.

– No, tonto. ¿Cómo van a seguir ahí?

– ¿Y como sabes que fue allí? – Juan me miró como si fuese a volver a pegarme.

– Pues porqué hay una mancha en la pared que seguro que es sangre. Ya la verás, si no te meas en los pantalones antes.

Se calló un momento y luego miró a su hermano.

– ¿Y sabes que más hay enano?

– ¿Qué?

– El clavo donde se colgó luego. Está doblado por el peso.

– ¡Díselo, Díselo!

– Yo la he visto.

– ¿A la Dolores?

– ¿No te lo crees, eh?

– Sí… – Bajé la vista.

– Pues la he visto, he visto su fantasma, en el espejo del comedor con el delantal manchado de sangre…

De golpe me acordé de mi abuelo, una vez se sacó una zapatilla para pegarme, llevaba unas zapatillas negras con la suela raída que olían a calcetín viejo. Siempre que pensaba en mi abuelo pensaba en las zapatillas. Mi abuelo estaba muerto y yo no podía dejar de imaginar que su espíritu vivía en aquella casa con el fantasma de doña Dolores.

– La verja está cerrada

– ¿Y? ¿Que esperabas? Venga Dani, salta tu primero, yo te cojo

Juan subió a Dani sobre sus hombros por encima de la verja. Dani se agarró a los barrotes y luego bajo serpenteando por el otro lado.

– ¡Ahora yo!

Juan me empujó mientras tomaba impulso para saltar.

– ¡Ya estoy! ¿Tu a que esperas?

Intenté saltar la verja como lo había hecho él, agarrarme a los barrotes y luego coger impulso. ¡Algo me coge la pierna! El pie se me había quedado enganchado en la verja, me liberé y me dejé caer hacia el otro lado.

– ¡Estás blanco!

Me dolía el tobillo. Si le digo que me duele, dirá que soy un gallina. Seguimos andando sin decir nada. Tenía hambre y frío, y quería volver a casa. Iba renqueando, un poco por detrás de Dani, los yerbajos se me metían por debajo del pantalón y me hacían cosquillas.

– ¡Au!

Me di con el pie bueno en un escalón de piedra que salía de la nada. Ellos lo habían saltado sin más, pero yo no lo había visto.

– No veo nada.

– ¡Cállate!

– ¡Ya hemos llegado!

¡Pam! Juan le pegó una patada a la puerta de madera que se abrió como si explotase en una nube de polvo. Dani me agarró fuerte del pantalón, y me soltó de golpe cuando la puerta dejó de retumbar.

– ¡Vamos!

Me picaban los ojos por el polvo. La puerta había quedado medio abierta, dentro todo estaba oscuro y daba miedo. Los cristales estaban ennegrecidos y sólo entraba luz por la puerta y por el cristal roto de una ventana, justo en frente, al final del pasillo. Una corriente de aire frío me dio en la cara

¡Pum! La puerta se cerró sola.

– ¡El fantasma!

Dani estaba frenético.

– ¡Que va a ser el fantasma esto!

¿El yayo es un fantasma ahora? ¿Como Casper? Los fantasmas no existen, el yayo está en el cielo.

– Los fantasmas no existen

– ¿Quién lo dice que no?

No me acostumbraba a estar sin luz, oía como goteaba un chorrillo de agua justo al lado mío, Juan también se dio cuenta.

– ¿Dani te has hecho pis?

– No…

– No mientas. ¡Venga vamos al sótano!

Los tablones del suelo crujían cuando los pisábamos, pasamos por delante del comedor. Un escalofrío me erizó el pelo de los brazos. Miré el espejo de reojo, como si lo vigilara. Los fantasmas no existen…

Bajamos por la escalera, todo estaba oscuro y en silencio, oía crepitar los escalones y la respiración fuerte de Dani un poco más abajo. Tampoco veía los escalones, algo me empujó, caí y di con la espalda en el suelo, me dolía muchísimo. Me quedé paralizado, muerto de miedo y llorando flojito para que no me oyeran.

– ¿Luís? ¿Luís? – Dani me llamaba y su voz sonaba como si estuviese muy lejos.

– ¡Déjalo!

Luego pasó un rato, no sé cuanto… Me quedé tumbado en el rellano sin moverme, el suelo estaba húmedo y pringoso, tenía frío pero no podía moverme. Cloc-cloc-cloc-cloc, el agua caía muy cerca, las maderas crujían, y el viento estaba por todas partes era como si toda la casa estuviese llorando. De golpe se oyó un ruido horrible, como el ruido que hace el cerdo el día de matanza, y luego un estruendo más fuerte. La escalera se sacudía como si fuese a derrumbarse, me agarré con fuerza a la barandilla.

– ¡Dani!

Algo se precipitaba corriendo hacia mí, saltaba las escaleras como si fuese a abalanzarse encima de mí cerré los ojos con fuerza y luego los abrí de golpe.

– ¿Juan?

No contestó. Volví el cuello y vi como desaparecía corriendo. La Dolores ha matado a Dani, cuando vea que estoy en la escalera vendrá y me matará a mí. Dios te salve Maria… El cura dice que hay que rezar para que la virgen nos proteja.

Pom, pom, pom… Se oían pasos. Pasos y el ruido de algo que se arrastra, cada vez más cerca, casi encima de mí. Dos zapatillas negras se pararon en el último escalón antes del rellano.

– ¿Yayo?

Confianza es un bello planeta verde y azul. Forma parte de un sistema solar doble, regido por dos soles gemelos Amor y Amor Propio. Confianza es un jardín natural donde sus habitantes, los ositos confiados, viven en una abundancia despreocupada. Casi siempre hace sol, y el planeta entero es una alfombra verde llena de flores y frutas de todo tipo. Los ositos confiados son criaturas hermosas, tienen mucho pelo, son suaves, y siempre parece que te miran con ojos tiernos. El osito más sabio y más respetado del planeta es el Gran oso gris. Grande es sólo una forma de hablar, en realidad es un apodo que el mismo se puso, porque el Gran oso gris, a pesar de ser el osito más sabio y respetado del lugar, es un poquito vanidoso, tiene el pelo gris y brillante, una cicatriz en la cara que él cree que le hace interesante pero la verdad es que lo afea un poco, y una mirada entre altiva y soñadora en su carita de oso bueno.Los ositos confiados son criaturas peculiares. Tienen una gran capacidad para el amor, o sea que se quieren mucho y cuando son jóvenes se pasan el día paseando por el planeta cogidos de la mano con otros ositos (ositos con ositos, ositas con ositos, ositas con ositas, ositos que en realidad querrían ser ositas…) Son mayormente liberales y usan el sexo para fortalecer vínculos sociales (un poco como los bonobos pero con menos cara de chimpancé) Cuando los ositos confiados se hacen grandes, entonces se juntan en parejas y tienen oseznos confiados que juegan felices por los prados, y llenan el planeta con sus risas estridentes y molestas.Como su propio nombre indica, los ositos confiados son confiados, cuando sus oseznos se hacen mayores y quieren andar por ahí con chicas y fumarse porros, los papas ositos simplemente se cogen de la mano, suspiran, y confían en que los años de educación en los rectos valores osunos surjan efecto, y al final el joven osito elija el buen camino.  Cuando las ositas o los ositos emparejados quieren irse por ahí con los amigos de fiesta, sus parejas se quedan esperando a que vuelvan, (¡o se van de fiesta ellos también, que coño!!) confiando en que su osito/a favorito vuelva a la guarida feliz…. Así visto uno podría pensar que todo es felicidad en el planeta de los ositos confiados, ¡pero no!!!!! Las cosas también salen mal a veces en Confianza. A veces los mejores oseznos eligen mal y se vuelven perezosos y drogadictos ante la mirada triste de sus papas osos, y a veces las parejas más felices (o las que no lo eran tanto) se rompen, cosas que pasan… ¡Al mismo Gran oso gris le pasó eso una vez!! Cuando él era joven, su osita lo dejó por otro, y él que no lo entendía (¡porque todo el mundo sabe que él era el osito con el pelambre más lustroso de Confianza, y el más sabio de todos!!) se puso muy triste. Se puso tan triste que le dio por viajar por querer descubrir otros mundos, “Mundos mejores” decía el ingenuo. Cogió su nave, la cargó de provisiones y se fue a recorrer el espacio sideral… Primero pasó por el planeta vecino de Confianza, Teletubilandia, pero sólo por una cuestión de diplomacia. Las relaciones de los habitantes de Confianza con Teletubilandia eran correctas, ni buenas ni malas, pero en el fondo nadie en Confianza soportaba la estúpida manía que tenían en Teletubilandia de cerrar los tratos comerciales con “Una abraçaaaaaaaaaaaada!”,  y menos que nadie el Gran oso gris, que como todo el mundo sabe era muy macho, y escuchaba metal y vestía de negro… Asqueado se despidió con una sonrisa educada y salió por patas de ahí. Cogió su nave (era un poco retro la nave, pero a él le gustaba) y la puso en hipervelocidad para salir del sistema solar de Amor y Amor propio.Después de mucho vagar por el universo, encontró otro planeta azul y verde (un poco más marrón que verde) que se parecía a Confianza. “Parece un sitio agradable para quedarse” pensó. Era un planeta al que sus habitantes en un arranque de originalidad habían bautizado como tierra. El Gran oso gris aterrizo en una ciudad, aparcó su nave en la plaza 7 G del aparcamiento de un hipermercado y se fue a explorar la tierra. Lo primero que le llamó la atención era lo antiestéticas que eran las criaturas que poblaban la tierra tan grandes y tan feas, pobrecitas sólo tienen pelo en la cabeza, en Confianza el pelo es un símbolo de poder y hombría y la calvicie la peor desgracia que le puede pasar a un oso. Quiso saber como vivían esas criaturas y lo primero que la llamó la atención era todas las cosas que sabían hacer y toda la tecnología que tenían, ¡el Gran oso gris tenía espíritu de científico! Se puso a hablar con las criaturas terrestres feas, y al principio se armó un gran revuelo, todo un circo mediático, chicas feas y peladas salían por la tele diciendo que se habían acostado con el Gran oso gris, y que bueno no había para tanto (eso le dolió especialmente) Pero luego la cosa se calmó, se aburrieron un poco (daban cosas mejores en la tele) y él pudo seguir estudiando a los bichos feos y pelados tranquilamente. El Gran oso gris empezaba a ver cosas que no le gustaban. Hembras de bicho feo y pelado muertas por una cosa que los terrestres llamaban celos, el no entendía que era eso. Países que fabricaban bombas atómicas por si acaso el país de al lado ya había fabricado una, y así si el país de al lado destruía la Tierra, !ellos podrían volver a destruirla!!!!!! El Gran oso gris se propuso un objetivo, enseñarles a los bichos feos y pelados lo que era la confianza. Organizó ciclos de conferencias por todo el planeta, tratando de convocar a toda la gente que pudiese… Al principio parecía que la cosa iba bien, o que al menos no iba mal. Pero pronto todo se empezó a torcer, se oyeron voces que decían que lo que el Gran oso gris en realidad quería era hacer que se confiasen para luego conquistar el planeta con su estirpe de osos malvados, y que de toda la vida el hombre había cazado al oso y que así debería ser porque era la costumbre, que los bichos feos y pelados debían exterminar a todos los osos del universo para así evitar riesgos mayores, que la raza humana estaba en peligro, y un montón de sandeces más. Hasta llegó a decir que debían despellejarlo y usar su pelo para alfombrar la Casa Blanca (ahí es donde vive el mandamás de los bichos feos y pelados) Pusieron precio a su cabeza. Al primer intento de homicidio osuno (de ahí la cicatriz) El Gran oso gris decidió que ya bastaba que a él nadie le tocaba su hermoso pelo, “¡Vamos!!!!! faltaría más, ¡el pelo si que no!!!!” Cogió su nave retro, y salió pitando del planeta de los bichos feos y pelados, mientras se iba pensaba “¡Qué lástima! Si parecen simpáticos, sólo con que fuesen un poco más confiados…” Volvió a Confianza más mayor y más sabio después de su experiencia, ¡ahora valoraba de verdad lo que tenía! Y allí lo hicieron rey (bueno, Presidente de la República, pero lo votaban siempre) y conoció a una osita, y tuvieron oseznos guapos, sabios, libres y confiados, y fueron felices y se comieron a ricitos de oro para celebrarlo… THE END