A siete horas de Açailandia, otra vez el mismo paisaje desolador de eucaliptus, otra vez los autobuses polvorientos, y el recuerdo de Jõao do Vale todavía fresco en la memoria, melancolía y el pesar de una marcha prematura…   La  ilusión de compartir una realidad que no nos pertenece rota con cada despedida.

La historia de Horizonte Azul es una historia de lucha. Las ocupaciones, la resistencia,  la falta de agua, las enfermedades. Todo en nombre de un único sueño común. Es esa lucha la que todas las personas que conocimos allí llevan escrita en el rostro : Eleni, Doña Lucía, Doña Indalina, Victoria…  Con la mirada triste y otras veces dura para desafiar un destino que sólo transpira pobreza. Pienso que es en ese desafío, en esa lucha común y en la soledad inevitable del sufrimiento donde se encuentran toda la dignidad y el sentido que las personas somos capaces de darle a la vida.

Osmar comentó un día que sólo mediante la lucha las personas despertaban a la consciencia. Ese tipo de consciencia que el MST quiere abrir en los campesinos, la consciencia de clase, la consciencia de que mis problemas son fruto de una estructura que me condiciona. Valoraciones políticas a parte, creo que existe una verdad fundamental en esa idea de la relación entre lucha y consciencia. Una verdad que engloba una batalla personal, psicológica, propia del proceso terapéutico, capaz de revelar mis propios condicionantes, y una batalla social que reconoce la pobreza no es sólo como el producto de una condición económica, si no más profundamente como el producto de una condición psicológica y social.

La tierra en Horizonte Azul parece más agreste y más árida,  al atardecer pueden oirse los animales, los monos y los pájaros, gritando en el bosque. Cae la noche, y más que en ningún otro sitio aquí se apodera de mí ese terror vago propio del silencio y la lejanía. El campamento se distribuye a lo largo de aproximadamente 1,5 km, con cabañas de madera bastante separadas entre sí, algo de ese aislamiento se intuye en el carácter de las personas que nos acojen.

Victoria es la mujer de veintitrés años que nos recibe, vive con sus dos hijos en Horizonte Azul. Su pareja que trabaja en una hacienda a 15 km del campamento, puede venir a verla sólo una vez al mes. Ella también es hija de esta lucha y de este lugar. Tímida y amable, con pocas palabras que buscan apagar la soledad y unos ojos enormes que a veces se vuelven sombríos.
Doña Lucía es nuestra vecina. Vive con su marido, y está enferma de una diabetes que no puede tratarse en el campamento. Sueña con tener tierra algún día para no depender más de su marido. Y sueña también con una forma de emancipación más elevada: aprender a leer y escribir. Me emocionó verla escribir en la pizarra de la escuela alumbrada sólo  por la luz de gas durante las aulas de alfabetización. Con cincuenta y cinco años esta es la primera oportunidad de aprender a leer y escribir que le brinda la vida. Doña Lucía quiso lavarme la quemadura que supuraba en mi pierna. Verla lavar mi herida infectada me hizo pensar que con la gratitud no bastaba y que el hecho de estar allí, me hacía responsable de alguna forma.
Doña Indalina es la profesora de alfabetización del campamento, en la entrada de su casa tiene grabadas varias frases, dispuestas alrededor de una rosa. Casi como un decálogo, una forma de no perder de vista el horizonte incluso en los peores momentos. De esas frases, hay una que nos llama la atención a todos “O derrotado nâo e o que perdeu a luta o derrotado e aquele que não tive coragem de lutar”
Eleni es la coordinadora del campamento, es una mujer pequeña y nerviosa, con cada gesto transmite una fuerza que es a la vez alegre y severa.

La historia del campamento es una historia de lucha: ocupaciones y desalojos, la ocupación de la sede del Incra, la ocupación de otras tierras que finalmente tuvieron que abandonar porque no había suficientes lotes para todos. También es una historia de muertes evitables por la falta de condiciones higiénicas y la falta de agua potable. Pero sobretodo es la historia de una esperanza que no se rompe, y la historia de un sueño amenazado.
Camionetas de la compañía Vale rondan por el campamento los días que estamos allí. Parece ser que sospechan que hay bauxita en el subsuelo de las tierras y se acercan individualmente a los campesinos para conseguir que autoricen una extracción a cambio de una miseria. Es difícil que alguién que no tiene nada, se niegue a permitir que extraigan mineral de sus tierras con el dinero por delante. Después de cuatro años de lucha y penurias, Horizonte Azul está a punto de convertirse en un asentamiento pero las tierras aún pertenecen al Incra, no es difícil imaginar que supondría para los campesinos que finalmente terminasen encontrando bauxita en sus tierras.

Se convocó una asamblea para discutir este tema mientras estuvimos allí. Todos nosotros, teníamos el corazón encogido de rabia e impotencia ante la perpectiva de que la lucha de esas personas que empezábamos a conocer pudiera ser en bano. Eleni inauguró la asamblea pidiéndonos a todo que nos alzásemos y nos tomáramos de las manos y todo el campamento empezó a rezar.  Son muy pocas las veces en que una oración puede conmoverme de esa manera. Creo que existe una frontera dónde la religión tiene un sentido más profundo del que yo soy capaz de comprender normalmente, es ese punto en el que las personas pierden la ilusión de controlar del todo su vida y se abandonan a algo más grande.
Joan había pedido si podían darnos como recuerdo la bandera vieja que estaban a punto de bajar para izar una nueva. Eleni nos recordó a todos que con esa bandera nos llevábamos también el testigo del último año de lucha, pero a pesar de eso, después de haberlo votado en asamblea, decidieron regalarnos la bandera. De nuevo el peso de esa responsabilidad, agradecimiento, rabia, culpa, indignación justa. Estábamos recibiendo un obsequio que no podríamos corresponder nunca. Volveríamos a casa con un testigo de una lucha que no nos correspondía, nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra vida fácil y el recuerdo de Horizonte Azul quemándonos en la consciencia.

Aquella noche nos despedimos de Horizonte Azul bailando cuadrilla, un baile tradicional para la noche de San Juan que organizaron para nosotros ese día. Con personas que son capaces de mantener el ánimo incluso en las peores circunstancias, la nuestra, sólo podía ser una despedida alegre.

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