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Esto es un homenaje, está sacado del libro “La soledad en las parejas” de Dorothy Parker, que leí hace unos añitos y luego he vuelto a releer en el curso para ilustrar el tema del flujo de consciencia, y me ha hecho mucha gracia, si lo leeis ya os imaginaréis porque 🙂

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Muchas gracias. Me encantaría.

No quiero bailar. No quiero bailar con nadie. Y aunque quisiera, no seria ni mucho menos con él. Estaría entre los últimos diez de la lista. He visto la manera en que baila; parece lo que se hace la noche de San Walpurgis. Imagínate, no hace ni un cuarto de hora que estaba aquí sentada y sentía mucha pena por la pobre chica que bailaba con él. Y ahora seré yo, la pobre chica. Ay, ay, que pequeño es el mundo.

Y además es un mundo fantástico. Un auténtico paraíso. Lo que pasa es tan fascinadoramente imprevisible… Yo estaba aquí, sin meterme donde no me pedían, sin hacer daño a nadie. Y entonces él entra en mi vida, todo sonrisas y urbanidad, para rogarme que le conceda una mazurca memorable. Caramba, si difícilmente sabe como me llamo, y no hablemos de qué significa mi nombre. Significa desespero, perplejidad, futilidad, degradación y asesinato premeditado, pero él sabe muy pocas cosas. Yo tampoco se como se llama; no tengo ni idea. Sospecho que Jukes, por su mirada. ¿Como está, Señor Jukes? ¿como está su hermano pequeño, el de las dos cabezas?

Ah, ¿Porque tenia que venir a solicitarme cosas bajas? ¿Porque no podía dejar que hiciese mi vida? Pido tan poco… sólo que me dejaran sola en mi rincón silencioso de la mesa, para poder pensar en mis penas como cada noche. Y ha tenido que venir él, con sus reverencias, y sus me-concede-este. Y yo voy y le digo que me encantaría bailar con él. No entiendo por qué no he caído muerta en el acto. sé, caer muerta sería como ir de excursión al lado del esfuerzo de bailar con este chico. Pero, ¿que podía hacer? En la mesa todos se habían levantado para bailar, excepto yo y él. Estaba atrapada. Atrapada como una trampa en una trampa.

¿Qué puedes decir cuando un hombre te pide para bailar? No bailaré de ningún modo contigo, antes nos veremos en el infierno. Gracias, me gustaría muchísimo, pero tengo las contracciones del parto. Oh, si, bailemos, es tan agradable conocer un hombre que no tiene miedo que le contagie el beri-beri. No, no podía hacer nada, a parte de decir que me encantaría. Bien, vale más que empecemos. De acuerdo, bala de cañón, corramos por el campo. Has ganado el sorteo, tú guías.
– Pues me parece que en realidad es un vals, ¿no? Podríamos escuchar un segundo la música, ¿eh? Oh, sí, es un vals. ¿Si me molesta? simplemente me entusiasma. Me encantaría que bailásemos un vals.

Me encantaría que bailásemos un vals. Me encantaría que bailásemos un vals. Me encantaría que me quitaran las amígdalas, me gustaría encontrarme en un incendio a media noche y en alta mar. Bien, ahora es demasiado tarde. Nos ponemos en marcha. Oh. Oh, ostras, ostras, ostras, ostras. Oh, hasta es peor de lo que me pensaba. Supongo que es la única ley que no falla nunca en esta vida: todo es siempre peor de lo que te pensabas. Oh, si hubiera tenido una idea real de como sería este baile habría insistido en no bailarlo.

Probablemente al final será lo mismo. Si continúa así, de aquí a un momento estaremos sentados en el suelo y tendremos que terminar.

Estoy muy contenta de haberle hecho notar que esto que tocan es un vals. Quien sabe que habría pasado si se hubiese pensado que era una cosa rápida; nos habríamos cargado las paredes del edificio. ¿Por qué siempre quiere estar donde no esté? ¿Por qué no nos podemos quedar en un sitio el tiempo suficiente para aclimatarnos? Esta prisa, prisa, prisa constante, la maldición de la vida americana. Es por esto que todos estamos… ¡Ay! por el amor de Dios, no me des una patada, idiota; solamente estamos en el segundo down. Oh, la pierna. Mi pobre, pobre pierna, que tengo desde que era pequeña.

– Oh, no, no, no. Dios mío, no. No me hecho nada de daño. Y de todas maneras ha sido por mi culpa. Y tanto que si. De verdad. Bien, eres muy amable, diciendo eso. Realmente solo ha sido culpa mía.

No se que es mejor que haga: matarlo ahora mismo, con mis propias manos, o esperar y dejar que caiga reventado. Quizás es mejor no hacer una escena. Me parece que intentaré pasar desapercibida y miraré como el ritmo le envía al otro barrio. No puede seguir así indefinidamente, solamente es de carne y huesos. Pero debe morir, y morirá, por lo que me ha hecho. No quiero ser muy susceptible, pero que no me digan que la patada no estaba premeditada. Freud dijo que no había accidentes. Yo no he vivido precisamente enclaustrada. He conocido parejas de baile que me han destrozado las zapatillas y me han roto el vestido, pero cuando se trata de dar patadas, soy Feminidad Ultrajada. Cuando me da una patada en la pierna, sonríe.

Quizás no lo ha hecho con malicia. Quizás es la manera que tiene de demostrarme su entusiasmo. Supongo que debería estar contenta de que uno de los dos se lo pase tan bien. Supongo que me debería considerar afortunada si me devuelve viva. Quizás es ser muy exigente exigir que un hombre que es prácticamente un desconocido te deje las piernas tal y como las ha encontrado. Después de todo, pobre, lo hace tan bien como puede. Es probable que se criara en el campo, y que nunca haya ido a la escuela. Seguro que tenían que sentarlo para atarle los zapatos.

– Si, es fantástico ¿eh? Es simplemente fantástico. Es el vals mas fantástico, ¿no? Oh, yo también creo que es fantástico.

Caramba, verdaderamente cada vez me siento mas atraída por la triple amenaza. Es mi héroe. Tiene un corazón de león, y la fuerza de un búfalo. Míralo: nunca piensa en las consecuencias, nunca le asusta la cara que tiene, se lanza a cualquier pelea, los ojos brillantes, las mejillas encendidas. ¿Y se puede decir que yo me quedo atrás? No y mil veces no. ¿Y a mi qué si he de pasar los próximos dos años enyesada? ¡Venga, forzudo, adelante! ¿Quien quiere vivir eternamente?
Oh, ostras, ostras. Oh, no se ha hecho nada gracias a Dios. Por un momento he pensado que lo habrían de retirar de la pista. Ah, no soportaría que le pasara nada.
Lo amo. Es la persona que más amo del mundo. Mira que espíritu que pone, en un vals aburrido y vulgar; que amanerados que parecen el resto de bailadores a su lado. Es la juventud, el vigor, el coraje, es la fuerza, la alegría, y… ¡Ay! No me pises el pie, ¡idiota! ¿Que te crees que soy? ¿Una plancha? ¡Ay!

– No, claro que no me has hecho daño. Nada de nada. De verdad. Y ha sido culpa mía. Este pasito que haces… bien, es fantástico, pero al principio es un poco complicado de seguir. Oh ¿lo has inventado tú? Si, ¿de verdad? ¡Eres admirable! Me parece que ya lo he cogido. Me parece que es fantástico. Antes, cuando bailaba, miraba como lo hacías. Es terriblemente eficaz cuando lo miras.

Es terriblemente eficaz cuando lo miras. Seguro que soy terriblemente eficaz cuando me miras. Tengo los cabellos que me cuelgan en las mejillas, se me ha enredado la falda, siento el sudor frío en la frente. Debo parecer salida de “La caida de la casa Usher”. Una mujer de mi edad destrozada, bailando así-.

Y él mismo, con su astucia de degenerado, ha perfeccionado el pasito. Y al principio era un poco complicado, pero ahora me parece que ya lo tengo. Dos pasos, resbalar, y carrera de veinte yardas; si, ya lo tengo. También tengo unas cuantas cosas más, incluyendo un hueso roto y el corazón amargo. Detesto esta criatura a la cual estoy encadenada. Lo detesto desde el momento que he visto su cara lasciva y bestial. Y he estado prisionera de su abrazo pernicioso durante los treinta y cinco años que hace que dura este vals. ¿Es que esta orquesta no parará nunca de tocar? ¿O es que esta parodia de baile indecente ha de continuar hasta que el infierno se queme?

– Oh, tocarán otro bis. ¡Que bien! Es fantástico.

¿Cansada? Creo que no. Me gustaría seguir así por siempre.

No creo que esté cansada. Solamente estoy muerta.
Muerta, ¡y por que causa! Y la música no se parará nunca, y seguiremos así, los dos, Double time Charlie y yo, durante toda la eternidad. Supongo que después de los primeros cien mil años ya no será igual. Supongo que entonces nada no importará, ni el calor, ni el sufrimiento, ni la pena, ni una fatiga cruel y dolorosa. Bien, por mí ya deberíamos estar.

No sé porque no le he dicho que estaba cansada. No sé porque no le he sugerido que volviéramos a la mesa. Habría podido decir escuchemos la música y ya está. Sí, y sería la primera vez que la escucharía en toda la noche. George Jean Nathan dijo que los ritmos fantásticos de los valses se deberían escuchar en calma y sin acompañarlos de extraños movimientos giratorios del cuerpo humano. Creo que fue esto lo que dijo. Creo que lo dijo George Jean Natha. En fin, dijera lo que dijera, fuera lo que fuera, y haga lo que haga ahora, esta mejor que yo. Eso seguro. Todo el mundo que no está bailando un vals con este campesino que tengo aquí, se lo está pasando bien.

De todas maneras, si hubiera vuelto a la mesa probablemente habría tenido que hablarle. Míralo; ¿que se le podría decir a una cosa así? ¿Has ido al circo este año? ¿Cual es el helado que más te gusta? ¿Como se escribe la palabra gato? Me parece que estoy bien aquí. Tan bien como si estuviera dentro de una hormigonera en plena acción.

Ahora y a he dejado de sentir. El único modo de adivinar cuándo me pisa es por el ruido de huesos fracturados. Y ante mis ojos pasan todos los acontecimientos de mi vida. Recuerdo aquella vez que estuve en huracán en las Antillas, y aquel día en que me partí la cabeza cuando chocó el taxi, y aquella noche en que la dama borracha le lanzó un cenicero de bronce a su amor verdadero y en vez de darle a él me dio a mí, y aquel verano en que el barco zozobró. Ah, que tiempos tranquilos y sosegados los míos hasta que fui a toparme con don Veloz. No sabía lo que eran los problemas hasta que me vi arrastrada a esta danse macabre. Creo que empiezo a divagar. Casi tengo la impresión de que la orquesta va a dejar de tocar. Imposible, claro; nunca, nunca sucederá. Sin embargo, en mis oídos hay un silencio como el sonido de voces angelicales…

Oh, han dejado de tocar, los muy perversos. Ya no tocarán más. ¡Qué rabia! Oh, ¿le parece que lo harían? ¿De veras le parece que seguirán si les da veinte dólares? Oh, sería maravilloso. Ah, y pídales que toquen la misma pieza. Sencillamente me encantaría seguir bailando este vals.

Un cuento que no pasará a la historia por ser el más original del mundo pero me gustó que los diálogos me quedaran fluidos.

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– ¿Tienes miedo?

– No tengo miedo.

– ¿Seguro?

¡Plas! Juan golpeó las manos a un centímetro de mi nariz.

– ¡Ja! ¡Mentiroso!

– ¡Has cerrado los ojos! ¡Cagueta!

– ¡Eres un gallina!

– No tengo miedo… – Lo dije muy bajito, como si no quisiera que lo oyeran.

– Házmelo a mi Juan, verás como no tengo miedo.

– ¡Venga ya enano!

– Porfi, hazlo y ya verás…

¡Plas! Dani se quedó mirando al frente con los ojos como platos.

– ¿Ves? ¿Ves? ¡Yo no soy un cagado! – Se reía y me miraba.

– ¿Sabes por qué no tengo miedo Luís?

– No, no lo sé.

– No tengo miedo porque si viene un fantasma yo le haré así, y así… – Golpeaba con los puños cerrados en el aire – ¡Y luego así!

Cuando levantó la pierna para dar el golpe de gracia, Juan le agarró por el tobillo, hizo que perdiera el equilibrio y cayera de culo.

– ¡Ay!

– ¡Tonto! ¡No puedes pegarle a un fantasma!

A Dani se le escapaban las lágrimas, y yo no podía contener la risa.

– ¡Se lo diré al tito!

– ¡Tú no te rías de mi hermano!

– ¡Auh!

Me pegó por detrás con el puño cerrado en el cogote. El golpe retumbó en mi cabeza como si fuera una campana, y las gafas salieron volando hacia delante.

– ¿Se han roto? ¿Las gafas se han roto? ¡Se han roto!

Juan me miró sin responder. Yo me arrodillé a buscar las gafas en el suelo, casi no veía nada. Uno de los cristales se había rajado de arriba abajo y el otro había salido disparado de la montura y se había hecho añicos contra una piedra. Palpé los trozos de cristal en el suelo y me corte. Tenía ganas de llorar, me chupé la sangre que no paraba de salir del dedo, y me quedé en el suelo.

– Mira lo que has hecho…

Juan no me oyó, habían seguido andando y estaban delante de la verja de la casa. Guardé la montura en el bolsillo de la camisa, me manché la solapa con una gotita de sangre que casi parecía una medalla y de repente me entró el pánico, Mamá me matará cuando se entere. Eché a correr.

– ¡Esperadme!

– ¡Vuelve a contarnos la historia! Juan venga… ¡Cuéntala otra vez!

– ¿Para qué enano? ¡Si te la sabes de memoria!

– Porfa.

– ¿Veis la ventana del sótano? La que está a ras del suelo

– Yo no la veo.

No veía bien sin las gafas.

– Yo sí, yo sí.

– Allí es dónde la Dolores les cortó las manos a los niños.

– ¡Ala!, ¿y siguen allí?

– ¿El qué?

– Las manos de los niños.

– No, tonto. ¿Cómo van a seguir ahí?

– ¿Y como sabes que fue allí? – Juan me miró como si fuese a volver a pegarme.

– Pues porqué hay una mancha en la pared que seguro que es sangre. Ya la verás, si no te meas en los pantalones antes.

Se calló un momento y luego miró a su hermano.

– ¿Y sabes que más hay enano?

– ¿Qué?

– El clavo donde se colgó luego. Está doblado por el peso.

– ¡Díselo, Díselo!

– Yo la he visto.

– ¿A la Dolores?

– ¿No te lo crees, eh?

– Sí… – Bajé la vista.

– Pues la he visto, he visto su fantasma, en el espejo del comedor con el delantal manchado de sangre…

De golpe me acordé de mi abuelo, una vez se sacó una zapatilla para pegarme, llevaba unas zapatillas negras con la suela raída que olían a calcetín viejo. Siempre que pensaba en mi abuelo pensaba en las zapatillas. Mi abuelo estaba muerto y yo no podía dejar de imaginar que su espíritu vivía en aquella casa con el fantasma de doña Dolores.

– La verja está cerrada

– ¿Y? ¿Que esperabas? Venga Dani, salta tu primero, yo te cojo

Juan subió a Dani sobre sus hombros por encima de la verja. Dani se agarró a los barrotes y luego bajo serpenteando por el otro lado.

– ¡Ahora yo!

Juan me empujó mientras tomaba impulso para saltar.

– ¡Ya estoy! ¿Tu a que esperas?

Intenté saltar la verja como lo había hecho él, agarrarme a los barrotes y luego coger impulso. ¡Algo me coge la pierna! El pie se me había quedado enganchado en la verja, me liberé y me dejé caer hacia el otro lado.

– ¡Estás blanco!

Me dolía el tobillo. Si le digo que me duele, dirá que soy un gallina. Seguimos andando sin decir nada. Tenía hambre y frío, y quería volver a casa. Iba renqueando, un poco por detrás de Dani, los yerbajos se me metían por debajo del pantalón y me hacían cosquillas.

– ¡Au!

Me di con el pie bueno en un escalón de piedra que salía de la nada. Ellos lo habían saltado sin más, pero yo no lo había visto.

– No veo nada.

– ¡Cállate!

– ¡Ya hemos llegado!

¡Pam! Juan le pegó una patada a la puerta de madera que se abrió como si explotase en una nube de polvo. Dani me agarró fuerte del pantalón, y me soltó de golpe cuando la puerta dejó de retumbar.

– ¡Vamos!

Me picaban los ojos por el polvo. La puerta había quedado medio abierta, dentro todo estaba oscuro y daba miedo. Los cristales estaban ennegrecidos y sólo entraba luz por la puerta y por el cristal roto de una ventana, justo en frente, al final del pasillo. Una corriente de aire frío me dio en la cara

¡Pum! La puerta se cerró sola.

– ¡El fantasma!

Dani estaba frenético.

– ¡Que va a ser el fantasma esto!

¿El yayo es un fantasma ahora? ¿Como Casper? Los fantasmas no existen, el yayo está en el cielo.

– Los fantasmas no existen

– ¿Quién lo dice que no?

No me acostumbraba a estar sin luz, oía como goteaba un chorrillo de agua justo al lado mío, Juan también se dio cuenta.

– ¿Dani te has hecho pis?

– No…

– No mientas. ¡Venga vamos al sótano!

Los tablones del suelo crujían cuando los pisábamos, pasamos por delante del comedor. Un escalofrío me erizó el pelo de los brazos. Miré el espejo de reojo, como si lo vigilara. Los fantasmas no existen…

Bajamos por la escalera, todo estaba oscuro y en silencio, oía crepitar los escalones y la respiración fuerte de Dani un poco más abajo. Tampoco veía los escalones, algo me empujó, caí y di con la espalda en el suelo, me dolía muchísimo. Me quedé paralizado, muerto de miedo y llorando flojito para que no me oyeran.

– ¿Luís? ¿Luís? – Dani me llamaba y su voz sonaba como si estuviese muy lejos.

– ¡Déjalo!

Luego pasó un rato, no sé cuanto… Me quedé tumbado en el rellano sin moverme, el suelo estaba húmedo y pringoso, tenía frío pero no podía moverme. Cloc-cloc-cloc-cloc, el agua caía muy cerca, las maderas crujían, y el viento estaba por todas partes era como si toda la casa estuviese llorando. De golpe se oyó un ruido horrible, como el ruido que hace el cerdo el día de matanza, y luego un estruendo más fuerte. La escalera se sacudía como si fuese a derrumbarse, me agarré con fuerza a la barandilla.

– ¡Dani!

Algo se precipitaba corriendo hacia mí, saltaba las escaleras como si fuese a abalanzarse encima de mí cerré los ojos con fuerza y luego los abrí de golpe.

– ¿Juan?

No contestó. Volví el cuello y vi como desaparecía corriendo. La Dolores ha matado a Dani, cuando vea que estoy en la escalera vendrá y me matará a mí. Dios te salve Maria… El cura dice que hay que rezar para que la virgen nos proteja.

Pom, pom, pom… Se oían pasos. Pasos y el ruido de algo que se arrastra, cada vez más cerca, casi encima de mí. Dos zapatillas negras se pararon en el último escalón antes del rellano.

– ¿Yayo?

Ésto es el prólogo. De las veinte páginas que debo haber escrito de momento, las tres primeras son las únicas que han terminado el proceso de corregir, y corregir y luego volver a corregir por el que paso cuando escribo. Espero poder colgarlas todas entre la semana que viene y la siguiente. Si algo os suena vagamente autobiográfico (sobretodo al principio), es que lo es.

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Me he pasado el día andando por la casa, sin hacer nada concreto, sólo dejándome llevar por la sorpresa de encontrarla vacía. Sin ruido, sin música, sin nuestras conversaciones durante el desayuno. Mi hija pequeña se ha ido esta mañana, y yo he dedicado el día a echarla de menos. He abierto la puerta de su cuarto en un impulso mecánico y me he quedado mirando la cama, me he sentado sobre la colcha y viendo los libros que han quedado sobre la estantería he pensado que quedaba algo de ella en el cuarto. He abierto el armario y ha sido como si las perchas vacías me golpearan en el rostro. Me dijo que se marchaba a Italia en el mismo comedor en que yo se lo había dicho a mi madre, en la casa donde viví con mis padres. Una vez leí que el tiempo que recorremos con la mente a lo largo de la vida termina por formar un círculo perfecto, nos pasamos la primera mitad de nuestra vida pensando en el futuro, para terminar al final en el principio, pensando en el pasado. El día en que Helena me dijo que se iba, yo estaba sentada de espaldas a ella, se acercó por detrás y me acarició el hombro para que me girara, algo en aquel gesto dio el pistoletazo de salida para mis recuerdos. El tiempo que he vivido en presente y en futuro, he empezado a vivirlo en pasado, los recuerdos de Helena y de sus hermanos, los recuerdos de su padre, se derraman por mi mente sin ser amargos, son dulces de una forma que no he conocido hasta ahora. Cuando en un cajón he encontrado hoy uno de mis viejos cuadernos, he empezado a pensar en mi propio viaje. Aquel fue el primer cuaderno que compré en una tienda del aeropuerto de Dublín el día en que volvía definitivamente a Barcelona. Llevaba mucho tiempo sin escribir, pero aquel cuaderno lo llené entero y luego vinieron más, como si al final del viaje hubiese decidido empezar otro, un viaje inmóvil para llevarme aún más lejos. Así fue como comencé a escribir. He abierto el cuaderno, y he empezado a leer la primera página.

Dublín de día está cubierta por una capa gris plúmbea y eterna, que puede sentirse en el pulso de la ciudad como una tristeza escondida. Es una ciudad de maneras delicadas y temerosas, ansiosa por liberarse de su propia melancolía, del cielo cubierto y la cadencia del río. Cuando se abre el cielo y sólo por un momento a la hora del almuerzo, la luz inunda St. Stephen’s Green la ciudad se transforma en un destello. La hierba brilla bajo los pies de los que vinieron a ver como la ciudad mudaba de rostro. Sólo entonces las puertas coloreadas de los edificios georgianos se muestran verdaderamente luminosas y pasan por ser algo más que un intento vano de esconder su mirada cetrina. La misma ciudad de noche se vuelve revoltosa, como si tuviese el alma dividida, Dublín camina fatigada de si misma durante el día, y al anochecer estalla.

De madrugada parece una ciudad distinta, como si las nubes se hubiesen acercado para acariciar las calles. Mientras andamos en silencio, mis pies sienten la memoria de los mismos pasos que siguieron hace dos años. Resuenan las maletas repiqueteando contra los adoquines, la calle desierta parece casi irreal, están aún las luces encendidas pero todo a nuestro alrededor tiene una consistencia brumosa y distante. A lo lejos el Spire se levanta en el cruce con la calle O’Donnell, como una aguja majestuosa, rasga en su extremo el cielo de Dublín sobre el río, las nubes se entreabren justo en el lugar que señala el monumento, y dejan entrever la negritud del cielo que es casi como un abismo entre las nubes. Hay algo terrible en esa oscuridad, una fuerza capaz de llevarse a la ciudad consigo, capaz de arrastrarme a mí. Me dejo caer y Dublín se apaga a mí alrededor en un estruendo triste. Vuelvo a casa.

Las palabras suenan en mi cabeza como si aún estuviesen siendo escritas. Como si una parte de mi se hubiese quedado escribiendo aún en un banco del aeropuerto de Dublín, escuchando las llamadas de los vuelos sin querer creer aún que el viaje había terminado y que el lugar del que me había ido ya no existía. Empiezo a escribir pensando en Helena, como si mi viaje y el suyo fuesen el mismo, para renacer en el recuerdo y recuperar todas las cosas que viví y dejaron de existir. Volver a este mismo lugar, treinta años antes, para cruzar con mi hija la misma puerta, como si el tiempo pudiese replicarse, como dos fotos inmóviles tomadas casi en el mismo instante. Volver atrás para ser a la vez su determinación por seguir adelante en un camino que ya no me pertenece, y ser también esa realidad que se desvanece detrás del umbral y se difumina para siempre en el recuerdo.