Ha pasado una semana desde que volví de Brasil y me parece que es más. Mi vida aquí, la rutina de todos los días, y esa sensación casi como de volver de otro mundo que se evapora y se convierte en un sueño del que voy despertando poco a poco. Me alegré mucho de leer el artículo de Joan en La Vanguardia sobre las plantaciones de eucaliptus y la siderúrgica Vale.(http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/res/20080828/53528411911.html?urlback=http://www.lavanguardia.es/premium/edicionimpresa/20080828/53528411911.html Felicitats Joan!) Vuelvo poco a poco a la realidad, mientras intento encontrar un lugar para todo lo que he conocido. Escribir un artículo o escribir en este blog es sólo una manera de darle un sentido a la experiencia.

Llegamos a Açailandia de madrugada. Açailandia, la tierra del Açaí, es una ciudad joven en el sur del estado de Maranhao, con unos 100.000 habitantes y apenas 30 años de historia. La estación de autobuses y la ciudad entera ofrecían de madrugada un aspecto lúgubre mientras esperábamos a la persona que nos guiaría a lo largo de nuestro recorrido por los campamentos y asentamientos del MST.  Aquel día conocimos a Osmar, nuestro guía, coordinador de movimiento de masas del MST en Açailandia.  Pienso ahora en ese momento, y estoy segura que sin él, sin su alegría contagiosa, sus bromas, sus canciones, y sus convicciones profundas que disfrazadas de livianidad eran capaces de desafiar la retórica más escéptica, el viaje habría sido muy distinto.

Joao do Vale, es el primer campamento que conocimos. Situado a unas 3 horas de Açailandia, el autobús se abre paso entre caminos polvorientos y campos de eucaliptos hasta donde alcanza la vista. Los eucaliptus y las columnas de humo de las carboneras encaramándose hacia el cielo ofrecen una imagen desoladora de la tierra que cruzamos. Ocasionalmente, la vegetación de los bosques preamazónicos nativos de Maranhao encuentra aún un lugar en la vereda de la carretera. Esa imagen que entonces era sólo una intuición triste, vendría repitiéndose una y otra vez a lo largo del viaje.

Los campos de eucaliptus y las carboneras pertenecen a la multinacional siderúrgica Vale (www.vale.com), que extrae mineral de Maranhao y lo exporta al resto del mundo a través del puerto de São Luis. Su razón de ser es la producción de carbón para la siderúrgica. Las carboneras legales, producen carbón a partir de los eucaliptus para venderlo a la Vale, las ilegales lo hacen desforestando los bosques nativos, para vender el carbón a la misma empresa. El eucaliptus es un árbol que crece muy rápidamente a costa de la degradación del terreno y el agotamiento de los recursos hídricos que mantienen la agricultura local.

La bandera del MST ondeando a un lado de la carretera nos da la bienvenida, llegamos al campamento Joao do Vale el mediodía del 29 de Julio. Después de un año de la ocupación, el campamento agrupa a unas 150 familias que viven en cabañas hechas con troncos y lona negra. Osmar nos distribuyó a todos en distintas cabañas.

Doña Maria, la mujer que me acogió durante la semana que pasamos en Joao do Vale, tiene la misma edad de mi madre, un cuerpo diminuto y la mirada despierta. Me golpeé la cabeza con los troncos de su cabaña nada más entrar, y tuve la misma sensación que Alicia en la madriguera del conejo, también ella acababa de entrar en otro mundo.

Los días transucurríeron plácidos en el campamento,  casi sin darnos cuenta. Me sentía aún como adormecida por la vida que dejaba atrás y con un sentimiento de agradecimiento indefenso parecido al que sentía en Irlanda, sólo que esta vez sentía que la persona que me estaba acogiendo me estaba ofreciendo todo lo poco que tenía. Tuve que adaptarme a la falta de espacio íntimo y a una concepción nueva del tiempo, y dejar de lado la espera ansiosa de que algo sucediese, para aprender que hay cosas que suceden sin darnos cuenta.

El canto de los gallos señala el alba en el campamento. Yo me levantaba, siempre algo más pronto que los demás, para charlar un rato con doña Maria y garabatear frenéticamente en mi cuaderno. Pronto empezaban a llegar gente a nuestra casa. Paraban a tomar café y a que Maria ayudase a sus hijos enfermos con una bendición o un remedio. Así era como empezaba un día cualquiera qie continuaba con la hospitalidad de todo el campamento. Las invitaciones. Las conversaciones con la gente. Los niños. La rutina de las reuniones y las asambleas. Las clases de alfabetización. El deseo de aprender de los que nos seguían a la escuela para las clases de español. El gusto sencillo de una cerveza a media tarde. Bailar forró en la escuela los últimos días después de cenar. Y la noche que traía consigo el espectáculo de la cúpula de estrellas iluminando el cielo sin luna  de aquellos días, y el placer, cuando veníamos cubiertos de polvo al caer el día, de bañarnos bajo las estrellas y sentir por un momento que podíamos acariciar con las manos una libertad que no habíamos conocido antes.

Fueron unos días para escuchar las historias de las personas del campamento: La historia de Maria, que perdió su trozo de tierra antes de enviudar, y vivía con su hijo en Joao do Vale a la espera de conseguir de nuevo tierras para plantar y criar gallinas. La de Balmira que  es una mujer de treinta y seis años que con ocho hijos perdió a su marido el año pasado en un accidente de caza. Tras la muerte de su marido, todo el campamento la ayudó a recoger la tierra. La de Erotilde que también está sólo en el campamento, su mujer vivía con él, pero el mes pasado tuvieron que llevarla al hospital y perdió una pierna a causa de una diabetes. Maria del papagayo que perdió a su hijo con veinticuatro años en un accidente de moto y se sorprendió al verme llorar mientras me mostraba su camisa rota en el accidente. La de Joaquin que regenta una carbonera ilegal cerca del campamento. La carbonera desforesta los bosques naturales para producir carbón, pero esa es sólo su forma de vida.

Para compartir con los niños, y dejarme llevar por un sentimiento de alegría y cariño espontáneo que creo que nos conmovió a todos de una forma o de otra. Jonhy Elson, y las hijas de Shariff, Yaisha y Tahuana. El día en que Yaisha, la niña de tres años se golpeó la frente en un juego creo que fuí consciente por primera vez de lo que me estaba pasando en Joao do Vale, de qué significan los lazos espontáneos que se forman algunas veces con las personas, y  con los niños. Fue como si esa consciencia me golpeara a mi también en la frente. Y por primera vez en el viaje, viendo como curaba Esther a la niña con nuestro botiquín pensé en que era hermoso ver caer la máscara social de las personas aunque fuera sólo un momento. Volvería a sentir lo mismo otras veces, como yo misma era capaz de librarme de esa máscara un instante, y también ver a los demás rodeados de luces y de sombras, con una imagen más real que la caricatura con la que salimos al mundo a diario para no hacernos daño.

El día cuatro de agosto, nos marchamos de Jõao do Vale  tristes y alegres a la vez,  colmados de los abrazos y las cartas de todas las personas que habíamos conocido y nos veían irse desde la parada de autobús.

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