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Impúdica soledad

que silencias por la noche

un clamor estridente.

De gritos que agonizan enredados entre las sábanas

y mueren sofocados en tu vientre.

Con la mirada triste de mí deseo,

vendrá el alba a desvelar un rostro extraño.

Yermo y yaciente,

un cuerpo de desecho.

Cuerpo temeroso,

cuerpo que implora:

– Déjame entrar.

Cuerpo que llora:

– Déjame entrar.

Acurrucada en el lecho,

encorvada en tu pecho.

Déjame entrar.

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