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Empecé el grupo de formación en Gestalt en octubre, desde entonces han ocurrido muchas cosas, muchas cosas han cambiado conmigo y con el grupo.  Los otros,  han dejado de ser extraños  y han empezado a ser cercanos, los otros que ahora son esos íntimos desconocidos que me regalan su presencia en cada sesión, los otros son los que me sostienen y a los que sostengo. Estan allí y yo estoy también, es sólo en esa presencia en la que es posible la confianza, la intimidad, una forma de contacto distinta de las redes que me sostienen cada día.

Como si pasase el testigo de mi propio proceso personal de un ámbito a otro, estoy terminando la terapia con David, y casi simultáneamente, ésta es la primera vez en que soy capaz de vincularme completamente con un grupo de Gestalt, la primera vez en que soy capaz de dejarme ir verdaderamente delante del grupo. Los temas se entrelazan y se encarnan, un tema, el tema,  la madre. La madre es mi madre y es mucho más, es ella quién me sostuvo tan firme y tan cerca como para abandonarme sin más, no temer nada y ser, en mí y en ella. También es quién me dejó ir y me dejó para siempre la tristeza, la añoranza del contacto perdido. La madre soy yo sosteniéndome, soy la madre de mi carencia, de mi debilidad y  de mi tristeza, y me cuido. Tengo cuidado de mí, soy mi debilidad y mi fuerza, mujer y niña, continente y contenido, soy mi cuerpo y mi propio sostén. Soy yo ahora,  mujer adulta dejándose sostener por otro adulto, dejándome llevar…

Roser me hizo ese regalo el otro día. Me sostuvo tan cerca que podía oir el latido de su corazón, como si fuera mi madre, como si yo fuera mi propia madre. Después de haber sentido en el deseo de cuidar a Elisabete el deseo de cuidarme, con Roser sentí mi propia carencia y esa dimensión única, el deseo de cuidar, de cuidarse y de ser cuidada, todo es una sola cosa. Querer, quererme y ser querida, en eso puedo sostenerme.

Éste ha sido mi proceso, David me ha acompañado hasta aquí, él me ha cuidado para que pueda cuidarme. El grupo me ha dado una imagen, un vivencia de ese cuidado. Ahora para mí es suficiente, ya no necesito nada más. Desde lo más profundo, gracias.

El sábado me trasladé a casa de Tomeu. La habitación vacía y el comedor casi desmantelado.  Mi vida empaquetada, y la misma soledad desnuda que conocí arrastrando mis maletas por la carretera de Arklow, o en este mismo comedor hace sólo tres años.  Mi vida entonces era una tormenta, una guerra abierta contra todas mis ataduras, contra todos los recuerdos, contra todos los que me acompañaban, contra mis amigos, contra mi familia… Irme de casa, era tomar la distancia necesaria, respirar y ver desde lejos el paisaje en el que nací. Ver que cosas me pertenecían y que cosas no, quién era yo, y quienes eran los demás. Cuando decidimos irnos con Sonia, fue como firmar una tregua, dejar de pelear un momento, y tener fé la una en la otra, creer que todo saldría bien, que íbamos a estar bien juntas, acompañándonos. Acompañarnos es lo que sabíamos hacer mejor, es lo que hemos hecho siempre, y lo que creo que seguiremos haciendo ahora.

Empecé terapia sólo un poco después de empezar a vivir con Sonia. Era la  época en que el llanto me llegaba de golpe en la misma oficina en que resistía casi imperturbable los embites de mi jefe, casi en el mismo momento en que solté por un tiempo la mano de Neus,  y en que la sombra de la soledad se apoderó de mí, llegaron las citas y llegó el sexo sin más, ¡tenía un cuerpo!, pero todo parecía tan vacío… Seguía buscándome, y seguía a oscuras. Las horas de terapia se fundían de puro llanto,  lloraba por los muertos de tantas batallas. Llegó Brasil y intuí por un momento qué era vivir ahora, abrirse al amor que aparece un momento y luego se evapora… Marisa se fue a Madrid, la soledad de nuevo como una sombra. Y luego la enfermedad, la batalla perdida y el alma rendida. No sólo el miedo, sino el amor, estaban allí conmigo, en los rincones más inesperados de aquella habitación de hospital. Estaba en mi padre abrazándome en un pasillo, en el alivio y la ilusión que me hizo ver a Neus, en Esther, en Miriam,  en Meri, en Sonia, en Marisa, en mi madre, en mis hermanas, en todas las llamadas y en todas las visitas.  El amor que recibo y el que pido, presentes.  Luego estar enferma, tener el cuerpo dolido de tanto pelearse, tanto miedo para darme cuenta al final, de que yo no podía sola, que necesitaba dejarme caer.  Y finalmente Tomeu, y la carne ya no fue sólo carne fue algo más. Tomeu me acompañaba, Tomeu me apoyaba, Tomeu me quería. No podría haber pasado de otra forma, sin el miedo, sin la enfermedad, sin la posibilidad del amor.

Todas estas cosas son las que caben en un lugar, Rambla Badal nº100, 4º 2ª. En esta cama le he dicho a Tomeu por primera vez que le quería, he llorado después de discutir con mi padre, he dormido, he hecho el amor, he llorado después de despedir a Marisa, me he discutido con Sonia y he hecho las paces, he reído, he leído,  he escrito mis poemas, he sido feliz muchas veces. En esta silla, he escrito sobre las cosas que me pasaban, he dicho adiós, he conocido a Tomeu, he abierto mis sentimientos. En este sofá, he visto la televisión con Roser y con Sonia, me he sentado a cenar mil veces, he hablado con Sonia, con Roser, y con Marta, he escuchado a Sonia, Sonia me ha escuchado, he visto llorar a Sonia y a Roser, he llorado y siempre he encontrado alguién en quién apoyarme. En esta cocina, sentí por primera vez que ésta era mi casa, he desgranado las horas de soledad tranquila cocinando, he hablado mil veces con Sonia, hemos discutido sobre la limpieza, he cocinado pensando sólo en regalarle un momento hermoso a alguien a quien quiero.

Vivir con Sonia ha sido un regalo, no como los regalos de un cuento de hadas, immaculados y perfectos, sino como los regalos que realmente nos ofrece la vida. Sólo me queda darle las gracias, por haberme permitido conocerla creo que mucho mejor de lo que conozco apenas a nadie más, por haber aprendido a respetar sus tiempos y sus espacios, a predecir sus reacciones, por acompañarme y por permitirme acompañarla cuando me ha necesitado. Es curioso que después de tres años, recuerdo casi con tanto cariño las peleas cómo los momentos en que nos hemos sentido más unidas la una a la otra. Recuerdo tanto las veces en que me he emocionado tanto con cosas que le pasaban a Sonia que he tenido ganas de llorar, como el día en que nos peleamos antes de ir a la Fageda d’en Jordà y al volver hablamos sobre el miedo que teníamos de perdernos la una a la otra. Creo que ese día curamos muchas de las heridas que no habíamos podido cerrar antes, todas las cosas que dejamos por decir para poder vivir juntas.  Siempre que nos hemos peleado yo he aprendido algo, de ella o de mí. Al final, me queda la sensación de que vivir con alguien a quién quieres no es fundirte con esa persona, es acompañarla, es dejarla ser, es sentir alegría por sus alegrías y compasión por el dolor que tu no sientes, es darle sólo lo que tu puedas dar, y esperar a cambio sólo lo que puedan darte.  Y sobretodo es estar agradecida por todo eso, sin esperar nada más, porque lo mejor que puedes esperar de cada persona es un regalo, y es suficiente.

Después del traslado la casa de Tomeu ha empeza a impregnarse de mí, mis cosas, mis libros. Un nuevo cambio, pero esta vez estoy tranquila, la posibilidad del amor, ya es más que eso, es real, el amor ahora es Tomeu, está en Tomeu, porque está en mí. Yo lo llevo dentro y eso hace posible todo lo demás. La vida no es perfecta, simplemente es, cada día. Todo lo que me aguarda, la felicidad, es compartir esa vida con alguién a quién quiero.

“Siento que cada día empuja la rueda de un cambio invisible y que el otoño que empieza ya no será el padre de un invierno aciago… Espero con las manos tendidas hacía el vacío la respuesta a una pregunta infinita. Y por primera vez, esa fe de la que hablaba hace más de un año me corresponde a mí más que a ninguna otra persona. Hoy siento que todo está por hacer.”

 Ha pasado un año desde que presentí que por primera vez el otoño no anunciaba un invierno aciago.  Ha pasado un año para encontrar un camino, para enamorarme, para caer, para perderme y dejarme llevar. Un año para la pasión que me arrastra y me rompe de golpe, en un exabrupto, en un grito de placer o de furia, la misma que me retiene y me desgarra, que vuelta contra mí me hace pedazos. He aprendido a recogerme poco a poco, con cuidado, y ahora sí, busco que un abrazo me componga, me restañe el llanto y me rehaga. Un año para el miedo: a la pérdida, al deseo, a la felicidad, y sobre todo, un miedo febril, físico, el miedo animal de la enfermedad, más grande y más fuerte que yo. La oscura flaqueza, esa debilidad que se asoma por la puerta de atrás, y me humilla, y me recuerda que sólo soy un suspiro, que dependo tanto, de tan pocas cosas…   Un invierno para la humildad, y una fe sorda, absoluta e incierta. Fe que no es en mí, pues yo no me basto, fe que no pertenece al universo ni mucho menos a Dios, fe en lo que ha de venir, fe en el vacío y en todas las cosas pendientes, fe para seguir adelante. Un año para la felicidad como una forma plácida de entrega, en todas las cosas cotidianas, en el amor  y en el trabajo, felicidad reposada y plena. Un año como un torbellino, de ilusiones, de miedos y de tristezas, vivas, incesantes, presentes en cada momento. Ahora puedo ser espectadora y actriz a un tiempo, ver y dejarme ver. Ahora puedo darle yo sola las respuestas a la  incertidumbre, esperar, y ver surgir nuevas caras, nuevas ilusiones, nuevos sentimientos, continuar esperando, y verlos sumergirse y emerger de nuevo bajo otras formas, más oscuros o más luminosos, pero los mismos.

“…hay en vuestros besos beatitud tan grande

porque la caricia retiene, y el sitio

que vuestra ternura recubre, persiste;

porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.

Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad…”

Se puede leer diez veces un poema de diez maneras distintas. Algunos versos me han gustado  la primera vez que los he leído sólo por una imagen o por una trascendencia que he podido intuir  sólo a medias. Hará unos cinco años que leí este verso de la segunda elegía, lo copié y he sido capaz de recordarlo hasta ahora porque entonces la imagen de la piel que retiene el contacto de una caricia me pareció hermosa. Entendí el verso como la imagen romántica de un contacto que permanece y es la promesa de algo que no debe ser fugaz.

Hoy me he levantado con este verso en la cabeza, y cuando he ido a buscar el poema para releerlo he descubierto que entendía algo completamente distinto. Ahora pienso que Rilke hablaba de la plenitud de un momento que es eterno precisamente porque es fugaz. Usa la figura de los ángeles para contraponerla con la de los hombres,  bajo una forma  religiosa esconde un fondo profundamente secular. Somos reflejos inconstantes de la eternidad, y aquello que nos mantiene unidos con esa eternidad, aquello que nos hace parecernos por un momento a los ángeles es  ese contacto fugaz que retiene una promesa.

El poema me parece ahora incluso más profundo y más hermoso. Últimamente, he sido más consciente de la relación que existe para mí entre el placer y el miedo. El placer es el contacto, un momento de intimidad perecedera. El miedo es para mí a  el temor de que esa promesa de eternidad no pueda cumplirse, y a la vez, el miedo de perderse a uno mismo en el contacto con el otro, en realidad,  son dos formas de decir lo mismo. “Pues, para nosotros sentir es diluirnos. / ¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos. /Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil”

Siento ahora que soy capaz de una plenitud más grande y de un miedo más consciente. Imagino que si debe existir alguna forma de equilibrio en el amor, está en ese lugar intermedio entre el placer y el miedo.

Copio el poema entero para los que lo queráis leer:

Segunda Elegía


Terrible es todo ángel.

No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,

Pájaros mortales casi para el alma.

¡Qué lejos los tiempos de Tobías, cuando

frente a la sencilla puerta de la choza

levantábase uno de los más radiantes

disfrazado apenas para el viaje, a punto de no ser temible.

Joven para el joven:

¡con qué ojos curiosos miraba a lo lejos!

Si ahora, imponente, llegara el arcángel tras de las estrellas

y hacia acá tan sólo descendiera un paso:

latiendo a su encuentro

los golpes del corazón ansioso

nos abatirían.

Primeras criaturas perfectas, mimados del mundo,

líneas en alturas, rojizas crestas matinales

de todo lo creado, polen de la divinidad floreciente,

espacios de la esencia, escudos de gozo,

bravíos tumultos de impetuosos éxtasis

y de pronto, aislados

espejos que en ondas vuelcan la belleza

y la reproducen en su propio rostro.

Pues, para nosotros sentir es diluirnos.

¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos.

Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil.

Entonces alguno nos dice:

“Pasas a mi sangre… esta sala y esta primavera

se llenan contigo”.

Pero, ¿de qué vale? No puede él tenernos

y en él y en su torno desapareceremos.

¿Y a ésos que son tan bellos? ¡Oh! ¿Quién los retiene?

A su rostro sube de modo constante la apariencia y váse.

Como de la hierba temprana el rocío,

Trasciende lo nuestro de nosotros, como

de un manjar caliente trasciende el calor.

¿Sonreír? ¿Adónde? Levantar los ojos:

una nueva y cálida onda que del propio

corazón se escapa.

¡Ay de mí! No obstante, somos eso. ¿Acaso

tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano?

¿No toman los ángeles

realmente lo suyo, lo que de ellos mana?

¿O también, a veces, hay al mismo tiempo, como por descuido,

siquiera una parte de la esencia nuestra?

¿Acaso en sus rasgos estamos mezclados

tanto cual lo vago lo está en el semblante de mujer encinta?

¡Cómo lo sabrían!

Los que aman podrían, si lo comprendieran,

decir en la noche palabras extrañas.

Contempla los árboles: son. Y todavía

subsisten las casas en donde vivimos.

Tan sólo nosotros pasamos delante de todas las cosas como aire furtivo.

Y para acallarnos todo se concierta, medio por vergüenza

tal vez y otro tanto como una inefable esperanza.

¡Oh, amantes, vosotros que os bastáis a solas! A vosotros quiero

preguntar qué somos. Os tomáis las manos. ¿Poseéis las pruebas?

Mirad: me acontece que entre sí mis manos

se saben o en ellas mi rostro gastado se halaga.

Y así, soy un tanto conciente de mí.

Mas, ¿quién osaría ser por esto sólo?

Vosotros, en cambio,

que en el éxtasis del otro os agrandáis

hasta que él os ruega, subyugado: ¡Basta!…

los que entre las manos os hacéis más plenos,

cual los años las uvas;

los que muchas veces desaparecéis

sólo porque el otro prevalece en todo,

de nuevo os pregunto: ¿Qué somos?… Lo sé:

hay en vuestros besos beatitud tan grande

porque la caricia retiene, y el sitio

que vuestra ternura recubre, persiste;

porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.

Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad.

Y, no obstante, cuando

os habéis repuesto del susto del primer encuentro

y de la nostalgia junto a la ventana

y de ese paseo,

el único, juntos a través del huerto:

¡Oh, amantes!… Entonces, ¿lo sois todavía?

Cuando el uno al otro os alzáis en brazos

bebiendo en la boca… sorbo contra sorbo…

¡con qué extraña prisa se evade del acto luego el bebedor!

¿No habéis contemplado con asombro sobre las estelas áticas

toda la prudencia del humano gesto?

¿Sobre las espaldas el Amor no estaba

y el Adiós posados, tan ligeros como

hechos e materia distinta a la nuestra?

Recordaos cómo descansan sus manos ingrávidas

por más que en los torsos el vigor perdura.

Dueños de sí mismos, ellos bien lo sabían:

Hasta aquí llegamos… Lo nuestro es rozarnos así.

Con más fuerza en nosotros presionan los dioses.

Pero éste es asunto que concierne a ellos.

Ojalá nosotros también encontráramos

siquiera una escasa, duradera y pura porción de lo humano,

una franja nuestra de tierra fecunda

entre río y roca, Pues, aún el propio

corazón, como ellos, sin cesar se eleva

por sobre nosotros. Y nuestra miradas no pueden seguirlo

hasta en las imágenes que lo tranquilizan,

ni aún en los cuerpos divinos en donde,

más grande, se calma.

“…la realidad tiende a desplegarse en respuesta al marco simbólico particular y al conjunto de supuestos que emplea cada individuo y cada sociedad. Son tales la complejidad y la diversidad intrínsecas del fondo de datos que la mente humana tiene a su disposicón, que en él pueden apoyarse de modo admisible múltiples concepciones diferentes de la naturaleza última de la realidad. El ser humano, por tanto debe elegir entre una multiplicidad de opciones potencialmente viables, y cualquiera que sea su elección ésta afectará simultánemante a la naturaleza de la realidad y al sujeto que realiza la opción. Desde este punto de vista, aunque hay en el mundo y en la mente muchas estructuras definidioras que se resisten o que fuerzan de diversas maneras el pensamiento y la actividad humanos, existe también un nivel fundamental en el que el mundo tiende a ratificar la visión que a él se dirige y a abrirse de acuerdo a ella. El mundo que el ser humano trata de conocer y de rehacer es, en cierto sentido, producido proyectivamente por el marco de referencia con el que se aborda.

Esta posición pone el acento en la inmensa responsabilidad inherente a la situación humana, y también a su inmensa potencialidad. Puesto que la evidencia puede aducirse e interpretarse como corroboración de una serie prácticamente ilimitada de cosmovisiones, el reto al que el hombre debe responder radica en adoptar la cosmovisión o conjunto de perspectivas que produzca las consecuencias más valiosas, las que más ayuden a mejorar la calidad de vida . La “crisis humana” se ve aquí como  la aventura humana: el desafío de ser, in potentia, un ente radicalmente autodefinido, […] en un universo auténticamente abierto.  […] Cuanto más complejamente conscientes y extentos de compulsión ideológica sean el individuo y la sociedad, tanto más libre será la elección de mundos y más profunda su participación en la realidad creadora

Richard Tarnas, La pasión de la mente occidental

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La cita está sacada del último capítulo del libro que me estoy leyendo ahora. La pasión de la mente occidental hace un recorrido por la evolución del pensamiento desde los filósofos presocráticos hasta el siglo XX.  El libro está narrado con una gran claridad, tanto en las ideas que se han desarrollado  a lo largo de la evolución del pensamiento occidental como en la visión panorámica que las va entrelazando.  Hace énfasis en la progresiva ‘emancipación’ de la conciencia, siempre según la perspectiva occidental, a lo largo de los siglos.

El trozo que elegido para comentar, me parece un buen ejemplo de esta visión emancipadora del recorrido del pensamiento. La modernidad ha traído consigo tanto la cima de la cosmovisión occidental como su propia aniquilación, de la misma manera como  sucedió con el pensamiento medieval teísta en el paso de la edad media al renacimiento. La muerte de Dios que Nietzsche anunciaba a finales del siglo XIX llevaba siglos fragúandose, el libro recorre a la metáfora de una “revolución copérnicana” que tendría como máximos exponentes al propio Copérnico, a Darwin y a Freud. El hombre como criatura insignificante desalojada del centro de cosmos y de la creación, en un universo indiferente y una naturaleza hostil. Desalojado en última instancia del dominio de su propia razón y de la consciencia. Esta concepción moderna heredaba y ahondaba aún más en la concepción dualista del mundo propias del cristianismo y de la filosofía platónica. En la medida en que la ciencia contradecía cada vez con más fuerza los postulados de la fé, el sujeto ahondaba cada vez más en su propia consciencia como individuo aíslado del mundo y de la realidad que le rodeaba. La distinción que inició Descartes con el planteamiento del “cogito” frente a la naturaleza externa a su pensamiento fue concluída por Kant postulando la imposibilidad del hombre de conocer la realidad directamente sin estar ésta mediatizada por las propias estructuras de su mente. Finalmente, el propio pensamiento científico debía reconocer a través de Kuhn la evidencia de su subjetivismo, el conocimiento científico podía ser útil a la humanidad pero nunca podría ser absolumente verdadero pues siempre estaría conformado por el medio cultural en el que se desarrollaba y muy significativamente por la presión de los paradigmas dominantes en la concepción científica de cada momento.

Así pues, el límite de la visión dualista moderna llevaba a su propia extinción. Cualquier distinción entre sujeto y objeto, entre mente y materia, es una ficción en la medida en que el objeto no puede conformarse sin el sujeto y a la inversa (Como la concepción gestáltica de figura y fondo) Cualquier cosmovisión construída en base a esa concepción sería pues ficticia y totalitaria. El paso hacía el relativismo propio de la postmodernidad estaba abierto, el existencialismo, el nihilismo, y el desamparo metafísico propio de la carencia de referentes  han caracterizado el pensamiento del siglo XX.

He elegido este texto porque entre líneas hace incapié en la idea del “vacío fertil”, la libertad y la responsabilidad que conlleva la pérdida de los condicionantes y las estructuras predefinidas. Ese camino hacia la emancipación de la consciencia, se da de una forma muy parecida en la consciencia individual, en la consciencia social y en la historia del pensamiento. El derrumbe de los modelos definidos a priori, trae consigo la angustia y el desasosiego, (a este respecto el autor usa como metáfora, un tanto forzada, la idea del doble vínculo definida por Bateson aplicándola a la relación del hombre con la naturaleza), pero también la gestación de una nueva síntesis más completa. La consciencia humana avanza en todos sus niveles a través de una generación dialéctica capaz de disolver viejos paradigmas para construir formas más amplias de entender el mundo.  Siguiendo con las referencias cruzadas con la psicología profunda,  existe un cierto paralelismo entre las ideas descritas en el último capítulo y la superación de arquetipos definidos por Jung como la sombra y el anima. A este respecto, cómo síntesis final de este camino de emancipación al que hace referencia el autor, la integración de los opuestos  hace referencia en este último capítulo a la necesidad de la integración de la femineidad reprimida en la consciencia de la humanidad.


“Nuestro sentido común sólo sabe distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre la luz y las sombras, aquí está el camino y esto es el bosque. Pero las decisiones que hacen de la vida algo que merece la pena, son las decisiones que tomamos con el corazón y con las entrañas, con los ojos cerrados y en un salto de fé” Cuando Hamon me enseñó este texto, le pregunté de quién era y me dijo que era mío. Es el texto con el que empecé el blog y ni siquiera recordaba haberlo escrito.

Ha pasado más de un año, ha llegado octubre y el verano se esconde ya detrás de los velos de la memoria. Dentro mío hay un lugar para el amor y un lugar para la nostalgia. Un lugar para el miedo y  para una esperanza que busco a tientas. Siento que cada día empuja la rueda de un cambio invisible y que el otoño que empieza ya no será el padre de un invierno aciago… Espero con las manos tendidas hacía el vacío la respuesta a una pregunta infinita. Y por primera vez, esa fé de la que hablaba hace más de un año me corresponde a mí más que a ninguna otra persona. Hoy siento que todo está por hacer.

“…en su contacto hay beatitud porque la caricia retiene, porque persiste el lugar que la ternura envuelve, porque sienten la pura duración. Así el abrazo les parece promesa de eternidad”

La cita es de Rilke, la primera vez que la leí me enamoré de la expresión “la caricia retiene”, me imaginé la caricia casi como algo accidental, como un momento de contacto que se esfuma dejando tras de sí una marca invisible, la huella eléctrica del otro, alojada para siempre en algún lugar entre nuestra piel, y nuestro corazón. Imaginé mi propia piel llena de esas marcas, llena de manos, de dedos, de labios…, brillando incandescentes como estrellas. Unas más alejadas y otras tan cerca, tan brillantes, que creeríamos que su luz nos mostraría para siempre el camino hacia el norte, nuestro norte.

Sin estrellas, sólo nos quedaría una noche negra, oscura como un abismo infinito. Siempre que imagino el abismo, me imagino nadando en mitad del océano. Empiezo nadando por la playa, estoy segura y tranquila, sé que puedo parar y dar con los pies en la arena. Pero sigo nadando, y de golpe me doy cuenta que estoy sola, sin puntos de referencia, no hay suelo bajo mis pies y el fondo es oscuro como una sima inmensa. El abismo somos nosotros mismos y son los demás, mejor dicho, el abismo somos nosotros mismos en los demás. En la última frontera del contacto, estoy de pie al borde del precipicio, el abismo, tu abismo, me devuelve una mirada estremecedora. Quiero bucear en la noche  sólo para rozar con los dedos las estrellas que como los abrazos, son la promesa de una eternidad compartida.

Esto es un comienzo, el comienzo de algo que como todas las cosas hermosas nació de una casualidad, de un estado de ánimo una noche cualquiera, de una corazonada tan profunda que sólo podía ser cierta. Nos pasamos la vida tomando decisiones, una detrás de otra en una cadena interminable que al final termina hablando de quienes somos. ¿Qué somos? somos lo que hemos elegido, nada más. Necesitamos creer que existe un camino, una senda trazada, por donde podemos andar sin perdernos. Nuestro sentido común sólo sabe distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre la luz y las sombras, aquí está el camino y esto es el bosque. Pero las decisiones que hacen de la vida algo que merece la pena, son las decisiones que tomamos con el corazón y con las entrañas, con los ojos cerrados y en un salto de fé. Cógeme porque tengo miedo de caer si tú no estás.