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Empecé el grupo de formación en Gestalt en octubre, desde entonces han ocurrido muchas cosas, muchas cosas han cambiado conmigo y con el grupo.  Los otros,  han dejado de ser extraños  y han empezado a ser cercanos, los otros que ahora son esos íntimos desconocidos que me regalan su presencia en cada sesión, los otros son los que me sostienen y a los que sostengo. Estan allí y yo estoy también, es sólo en esa presencia en la que es posible la confianza, la intimidad, una forma de contacto distinta de las redes que me sostienen cada día.

Como si pasase el testigo de mi propio proceso personal de un ámbito a otro, estoy terminando la terapia con David, y casi simultáneamente, ésta es la primera vez en que soy capaz de vincularme completamente con un grupo de Gestalt, la primera vez en que soy capaz de dejarme ir verdaderamente delante del grupo. Los temas se entrelazan y se encarnan, un tema, el tema,  la madre. La madre es mi madre y es mucho más, es ella quién me sostuvo tan firme y tan cerca como para abandonarme sin más, no temer nada y ser, en mí y en ella. También es quién me dejó ir y me dejó para siempre la tristeza, la añoranza del contacto perdido. La madre soy yo sosteniéndome, soy la madre de mi carencia, de mi debilidad y  de mi tristeza, y me cuido. Tengo cuidado de mí, soy mi debilidad y mi fuerza, mujer y niña, continente y contenido, soy mi cuerpo y mi propio sostén. Soy yo ahora,  mujer adulta dejándose sostener por otro adulto, dejándome llevar…

Roser me hizo ese regalo el otro día. Me sostuvo tan cerca que podía oir el latido de su corazón, como si fuera mi madre, como si yo fuera mi propia madre. Después de haber sentido en el deseo de cuidar a Elisabete el deseo de cuidarme, con Roser sentí mi propia carencia y esa dimensión única, el deseo de cuidar, de cuidarse y de ser cuidada, todo es una sola cosa. Querer, quererme y ser querida, en eso puedo sostenerme.

Éste ha sido mi proceso, David me ha acompañado hasta aquí, él me ha cuidado para que pueda cuidarme. El grupo me ha dado una imagen, un vivencia de ese cuidado. Ahora para mí es suficiente, ya no necesito nada más. Desde lo más profundo, gracias.

UN TOQUE DE LOCURA

Muchos de los casos que en psicología y psiquiatría se consideran irreversibles o de muy difícil recuperación total son lesisones cerebrales y esquizofrenias. Por lo genneral, en los tratamientos tradicionales de estos casos, hay un mínimo de recuperación y es casi nulo el levantamiento de la amnesia. Estos diagnósticos desahucian al paciente. Simple: nada que hacer.

Se me enseñó que ante un daño orgánico el paciente no podía hacer nada por él mismo y el terapeuta tampoco. Podía intervenir el psiquiatra, a través de los fármacos y nada más.  Considerando esto como verdad absoluta nada se podía hacer, sólo esperar el deterioro del paciente hasta verlo convertido en un enfermo crónico.

Para estos pacientes la palabra salud carece de contenido. En otras palabras: se acepta la incapacidad de su voluntad.

¿Cuál es la responsabilidad de un psciótico? En dónde le corresponde estar a un enfermo psiquiátrico, ante sí y ante el mundo? ¿Es responsable de su autocuración? ¿Qué puede hacer para curarse, independientemente que haya o no lesión cerebral?

¿Qué postura debe asumir el terapeuta? ¿Qué alternativas brinda la sociedad? ¿Cuál es el papel que juega la familia?.

Considero que sólo podremos hablar de una verdadera psicoterapia, cuando la esencia de nuestra búsqueda sea la verdad del paciente, la que lo llevó directa o indirectamente a alterar su insatisfactoria realidad. Aceptar que estas personas son intratables es sólo en apariencia un posición pasiva, pero en el fondo es violencia negada.

Es más fácil ser o tener enfermos psiquiátricos que aceptar nuestro monstruo interno.

Al defender al enfermo lo que quiero decir es que cuanto más responsabilicemos a la enfermedad más perderemos de vista la salud; ésta es una estrategia en que el victimario se convierte en vícitima. Mientras paciente y terapueta acepten este contrato, ambos tendrán el mismo deseo: darse por vencidos ante la vida. Lo que equivale al retorno, tan deseado por muchos niños, hacia la madre, para que lo cuide y proteja.

He observado que aunque muchos psicóticos manifiestan un gran desapego e independencia, la gran mayoría manifiesta a través de su conducta estados intrauterinos, como si su cotidianidad transluciera su dependencia.

Lo que me preocupa es que hacer con los enfermos psicóticos, cuál es la terapia más efectiva. La clínica me ha demostrado que el mejor método es el no método, a través de las actitudes, porque sólo así el yo se manifiesta completo, lesionado o no. Una actitud sólo está presente cuando uno como terapeuta se puede manifestar con libertad.

Para poder trabajar con psicóticos la esencia de la curación está en saber que son curables. No como queremos los terapeutas, sino como pretenden ellos.

La conducta no determina al ser; diagnosticar conductas es nulificar la curación. Muchos diagnósticos fatalistas nos protegen de nuestra ignorancia, no respecto a conocimientos teóricos, sino acerca de nuestro propio desarrollo personal.

Usualmente lo que aprendemos sobre patología lo convertimos en “ley universal”, así nos protegemos de nuestra inmovilidad interior, y ninguna patología del exterior nos afecta.

Todo terapeuta sólo curará lo que haya sido capaz de contemplar en su interior. Kafka decía que quien no se reconoce como un homicida y un suicida potencial no se puede considererar un hombre moral.

La locura es tratar de ser antes de morir. La locura es la búsqueda de la salud y requiere mucha valentía por parte del sujeto. Recordemos que uno de los terrores más grandes es perder el control.

Los psicóticos nos hacen evidente que nosotros consideramos la libertad como inmoralidad. El terapeuta prejuicioso intentará reprimir a su paciente y tendrá muchas probabilidades de ignorarlo. Toda libertad desquiciará al terapeuta, pues pondrá en evidencia sus núcleos irresueltos.

Hablar de salud, en el caso de un psicótico, dependera de lo que el terapeuta conciba como salud para sí mismo y por sí mismo, sin contar con el apoyo de la psicopatología.

A los pacientes hay que tratarlos sin los prejuicios de la enfermedad. Si los eximimos de sus deseos, conviertiéndonos en paternales, deseo innegable del paciente, los liberamos también de ser personas.

Tengamos presente que la locura es la imposibilidad de digerir el sufrimiento. Si los terapeutas nos convertimos en estómagos del paciente, aniquilamos toda posibilidad de recuperar su sufrimiento.

Nuestra intención es construir un puente entre sentir y pensar, pero nuestra actitud, como terapeutas, debe enseñar sin palabras que se puede sentir el sufrimiento. Ya que si no hay aceptación del dolor no habrá placer, pues este es conciencia corporal. En el psicótico sólo hay placer irracional, impulsivo; el plato favorito del ego. Una gran mayoría de terapeutas llegamos al insight mental creyendo que nuestra problemática está resuelta, cuando lo  único que hemos  logrado es una anestesia interior, una protección frente a la enferemedad similar al conocido robotismo  de todo paciente psiquiátrico.

Es de vital importancia no considerar el daño orgánico como sinónimo de imposibilidad de hacer algo por el paciente. El transfondo debe ser la búsqueda de la salud.

No deben exisitir prejuicios basdados en conocimientos puramente académicos, supuestamente comprobados por otros; sabemos muy poco del ser humano. Es común que muchos pacientes psiquiátricos sean atendidos por profesionales en formación, que van a a hacer sus prácticas universitarias y sus servicios sociales, y cambian cada semestre abandonando así sus pacientes. Los resultados no requieren análisis, los perjudicados son los locos. El trato con personas no se aprende en la universidad y nadie puede considerarse terapueuta si no es persona.

Si nuestra perspectiva no es encajonar, ni etiquetar al paciente, quedaremos librados del prejuicio y nuestra meta se ceñirá al trato contidiano que es donde está la salud.

Tenemos que sacudir a la enfermedad de nuestras distorsiones abriendo un campo de mayor comprensión hacia la salud. Opino que la salud va más allá de la funcionalidad estética. Quién vuelve crónico a un paciente es el mal terapeuta.

Este es el último de un grupo de posts que empiezan con: “Julia Kristeva: Al princio era el amor” del 17.01.09 y siguen luego un orden lógico de lectura.

Podemos recuperar esta idea de la integración terapéutica partiendo de la base de la no integración. La distinción entre yo y autoconcepto: El autoconcepto como aquellas partes de nuestra personalidad con las que nos identificamos, frente a las partes que no queremos reconocer como propias. “Eso soy yo” – “Eso no soy yo” y una parte de lo que somos permanece en la sombra, privándonos de la capacidad de conducirnos de una forma genuina (en el sentido de íntegra, completa) “Su verdadero yo no puede crecer rectamente y además su necesidad de crear medios artificiales y estratégicos para relacionarse con los demás le ha obligado a vencer sus sentimientos, deseos y pensamientos genuinos… añadiendo un elemento de confusión, ya no sabe donde está ni quién es” La cita es de Karen Horney, y la distinción entre yo y autoconcepto está incorporada en la Gestalt a través de la influencia que tuvo en Perls. Pero la integración en terapia gestalt va más allá de la comprensión de la neurosis como un proceso adaptativo, se da por una vía dialéctica, a través de un proceso de síntesis entre opuestos. Personalmente, creo que es uno de los conceptos más complicados de “pillar” verdaderamente, en el sentido en que se entienden realmente las cosas, como una verdad vivida. Hay una cita de Kierkegaard que se acerca bastante a lo que puedo entender ahora del trabajo con polaridades “deseo de lo que se teme, una antipatía simpática, una fuerza extraña que se apodera del individuo, sin que éste pueda ni quiera librarse, pues uno teme y sin embargo desea aquello que teme” La polaridad entre el deseo y el temor como los dos extremos de un eje que se alimentan mutuamente: Es la evitación del miedo lo que sostiene mi deseo, el miedo proviene de una carencia, una nada que me asusta. Esa nada es el vacío estéril, en el momento en que se transciende el vínculo fóbico con esa “nada” (la necesidad de “hacer algo” para evadir darnos cuenta) el vacío fértil explota como una potencialidad, un continuo. Un camino de en medio en el sentido budista, que sintetiza los opuestos y los contiene. Sin miedo, sin carencia, el deseo no existe. No existe la conciencia, ni una integración posible sin la existencia de polaridades. El trabajo en terapia gestalt afina esa polarización, siguiendo el ejemplo, agudiza la distinción entre el temor y el deseo para facilitar la integración. Un ejemplo de síntesis de los opuestos, entre femenino y masculino en este caso, podría ser la mención a Luce Irigaray que hacía unos párrafos más atrás.

Este concepto (vacío fértil, indiferencia creadora, tal como Perls lo tomó de Friedlander) sólo tiene sentido desde la perspectiva fenomenológica, en función de cual sea el campo (la situación), tendrá sentido que la polaridad se resuelva en uno u otro sentido (evitación / contacto) lo que nos devuelve a la idea de la autorregulación organísmica. La lógica formal (una cosa es A o no es A) se rompe en favor de una lógica dialéctica: A es +A y a la vez –A, pero sigue siendo A. Todas las cosas expresan una contradicción, pero la lógica formal dicotomiza, establece distinciones entre los conceptos que sólo son reales en el nivel simbólico del lenguaje, crea estructuras y no procesos, nos habla de qué son las cosas, pero no de cómo son las cosas ni de cómo algo es capaz de convertirse en algo distinto.

La siguiente cita también es de Gregory Bateson, y hace referencia a una determinada manera de usar el lenguaje para incitar en cierta manera ese vacío fértil a través de la paradoja y la contradicción “¿Qué pauta conecta al cangrejo con la langosta?, ¿y a la orquídea con el girasol?, ¿y qué es lo que une a todo aquello entre sí?, ¿y a todos ellos conmigo?, ¿y a Ud. conmigo?, ¿y a todos -nosotros y aquellos- con la ameba por un lado y con el esquizofrénico que encerramos, por el otro?” Formulaba preguntas que a través del desconcierto, invitaban a formular nuevas preguntas en un nivel representacional más elevado, preguntas acerca de las propias preguntas, capaces de ampliar el contexto de representación más allá de los límites que establece la lógica formal. Preguntas que no pretenden dar respuestas sino formular nuevas preguntas, y crear contextos para nuevos modos de reflexión. “El brujo genera contextos” es lo que el mismo Bateson diría, puede establecerse un paralelismo sencillo entre su forma de hacerlo, y los Koan de la tradición Zen, o incluso la hipnosis en la terapia de Milton Erickson.

Cualquier proceso terapéutico profundo busca crear ese mecanismo de vacío fértil, regresando a Julia Kristeva: “Tal vez (en referencia al psicoanálisis) opere esta metamorfosis lúdica que hace que al final de la cura consideremos la palabra como cuerpo, el cuerpo como palabra, donde plenitud demuestra estar inscrita de un “vacío” que es tan sólo el vaciamiento -por la palabra- de un exceso de sentido de violencia o de angustia. La inscripción del “salto del tigre sobre una loma”

“El verbo se hizo carne” (Juan, I, 14) Cierro el artículo con la continuación de la cita de Juan. Es el mismo logos del que habla la cita, el mismo sentido que empuja los caminos de la vida hacia la evolución, el mismo que ordena nuestra manera de pensar el mundo. Sólo podemos comprender el mundo y a nosotros mismos a través de la palabra, pero a través del lenguaje también podemos construir cárceles en la medida en que establecemos distinciones entre cuerpo y mente, entre quienes somos y quienes quisiéramos ser, en la medida en que dicotomizamos con las palabras quedamos atrapados en el sufrimiento que nos generan nuestras contradicciones. Pero el lenguaje es sólo un recipiente para los afectos, para todo aquello que nace del cuerpo, nuestras necesidades, nuestros deseos, que empuja nuestras palabras (aquello que dota de sentido al mero hecho de comprender y comunicar la realidad) y las dota de significado.

En la relación terapéutica, en cualquier relación de hecho, sólo a través del amor en tanto que comprensión y aceptación incondicional de todo aquello que es y no de lo que debería ser, es posible construir nuevos discursos. Es entonces cuando nuestras palabras adquieren la potencialidad creadora del verbo encarnado.

Retomando a Gregory Bateson en referencia a la importancia de entender al sujeto como  proceso y no como estructura, uno de los conceptos más provocativos de la epistemología que defiende Bateson es el postulado de que la estructura de la mente y de la naturaleza son reflejos la una de la otra. Esto es, aprender no es un fenómeno del todo diferente de la evolución. Bateson postula que la “evolución” no es sino el proceso por el cual la naturaleza  “aprende”. Nuestros procesos de endoculturización (aprendizaje de los modos de aprender), no son del todo diferentes a los procesos de la evolución de la vida. En resumen, mente y naturaleza constituyen necesariamente una unidad.

Esta idea me ha hecho recordar otro libro que leí hace años: En búsqueda de Spinoza de Antonio Damasio. “Desde el cuerpo activo a la mente, la maquinaria del sentimiento: El primer dispositivo, la emoción, permitió a los organismos responder de forma efectiva pero no creativamente a una serie de circunstancias favorables o amenazadoras para la vida. El segundo dispositivo, los sentimientos, introdujo una alerta mental para las circunstancias buenas o malas y prolongó el impacto de las emociones al afectar de manera permanente la atención y la memoria. Finalmente en una fructífera combinación con los recuerdos pasados, la imaginación y el razonamiento, los sentimientos condujeron a la aparición de la previsión y a la posibilidad de crear respuestas nuevas, no estereotipadas.” Como neurobiólogo, Damasio efectúa con su trabajo el paso lógico en el ámbito de la superación de la dicotomía mente – cuerpo dentro del ámbito científico. La hipótesis central del libro pone en relación el pensamiento moral con el sustrato neurobiológico de los sentimientos usando como guía la filosofía de Spinoza: “Dios es la Naturaleza, la Naturaleza es un Todo, una sola Substancia”. Las cosas no son sino partes “inmanentes” del Todo. Spinoza propone un universo panteísta donde mente y substancia son dos caras de la misma moneda, donde el orden y la conexión de las ideas es el mismo orden que el orden y conexión de las cosas.

Siguiendo este hilo argumental, llegamos fácilmente a la idea de la autopoiesis. Maturana y Varela defienden a los seres vivos como sistemas cerrados en desequilibrio, capaces de modificarse a sí mismos como respuesta a las perturbaciones del medio. Aunque los sistemas autopoiéticos son capaces de modificarse a sí mismos, mantienen la integridad de la estructura que los constituye como sistemas cerrados (las relaciones entre los componentes del sistema) gracias a la energía que extraen del medio. Y por tanto cuando un sistema autopoiético recibe el efecto de un agente externo, el resultado es producto de la estructura del sistema en ese momento determinado. La consciencia, es por un lado el eslabón perdido del pensamiento dualista, y por otro un buen ejemplo de sistema autopoiético.

Existe una resonancia clara entre las ideas de Bateson respecto a la unidad de mente y naturaleza y la filosofía de Spinoza por un lado, así como en la conexión que establece el mismo Damasio entre los procesos de aprendizaje y la evolución. Puede encontrarse una coherencia entre esta idea Spinozista de la naturaleza que Bateson comparte, el concepto de autopoiesis expuesto por Maturana y Varela (en muchos sentidos como una evolución de las ideas de Bateson) y la idea gestáltica de la autorregulación organísmica.

Todos los organismos vivos autorregulan sus procesos fisiológicos, el concepto de la autorregulación toma su significado psicológico cuando necesitamos tomar de nuestro entorno social aquello que nuestro organismo necesita, entonces la necesidad (deseo) organiza nuestra percepción del contexto, nuestro darnos cuenta. El concepto de autorregulación organísmica sólo se entiende desde una perspectiva fenomenológica e integrativa. Fenomenológica en referencia a la comprensión del sujeto como un proceso integrado en un contexto (campo), como un continuo de consciencia (en contraposición a la teoría estructurada de la personalidad que defiende el psicoanálisis) Integrativa, en primer lugar desde la perspectiva en que la neurosis es también producto de un proceso de autorregulación, una forma de manipular el ambiente en determinado contexto, un aprendizaje adaptativo.

El otro post está escrito desde un punto de vista subjetivo, o sea intentando no perderme en referencias teóricas que no valen de nada. Creo que lo he conseguido 🙂

Ahora me apetece citar un texto de Albert Rams que he leído chafardeando en su web http://www.albertrams.com. El texto en general va sobre el concepto de salud y enfermedad, la salud entendida como algo más que la ausencia de enfermedad, etc. No creo que haga falta que comente gran cosa más.

NEUROSIS Y EVITACIÓN DEL DOLOR

“Perls entiende la neurosis, y por extensión la enfermedad psicosomática, como una
estrategia de evitación del dolor psíquico que lo transforma, paradójicamente, en
sufrimiento crónico.
La salud pasa pues por la conciencia de ser, más allá de cómo un@ sea a cada
momento. La enfermedad mental empieza cuando un@ decide “… esto no lo pensaré,
esto no lo sentiré o esto no lo haré… porque produce dolor, desagrado o disforia… y
estoy o así no soy yo…”. Y “… esto sí lo pensaré, esto sí lo sentiré, o esto sí lo haré…
porque produce placer, agrado o euforia… y esto o así soy yo”.

CONTACTO Y RETIRADA

“…El neurótico ha perdido ( o tal vez nunca tuvo) la capacidad de organizar su
comportamiento de acuerdo a una jerarquía indispensable de necesidades.
Literalmente no puede concentrase. En terapia, tiene que aprender a distinguir de
entre las miles de necesidades y cómo atenderlas sucesivamente. Tiene que aprender
a descubrir y a identificarse con sus necesidades. Tiene que aprender cómo
comprometerse totalmente con lo que esta haciendo y en todo momento; cómo
quedarse junto a una situación el tiempo suficiente para completar la gestalt y seguir
adelante con otros asuntos… (…) Por lo tanto no todos los contactos son sanos, ni
todo el retirarse es enfermo. Una de las características del neurótico es que ni puede
establecer un buen contacto ni puede establecer su retiro. Cuando debiera estar en
contacto con su ambiente, su mente está en otra cosa, de modo que no puede
concentrarse… (…)… Su ritmo de contacto está descompuesto. No puede decidir por
sí mismo cuándo participar y cuándo retirarse, porque todos los asuntos inconclusos
de su vida, todas las interrupciones de los procesos en transcurso, han perturbado su
sentido de la orientación y ya no puede distinguir entre aquellos objetos o personas
en el ambiente que tienen una catexis positiva, de aquellos que tienen una catexis
negativa; ya no sabe ni cuándo ni de qué retirarse. Ha perdido su libertad de
elección, no puede escoger medios apropiados para cumplir sus metas, porque ya no
tiene la capacidad de ver las opciones que tiene por delante… ”
(Está en cursiva porque la cita es de Fritz Perls)

HETERO APOYO Y AUTO APOYO

“Sólo una persona autoapoyada puede en realidad dar limpiamente. Aunque el
fantasma del egotismo puede abortar el proceso en el punto auto, en el yo-mi-meconmigo,
generando pléyades de egos inflados y auto – torturados en sus meandros,
por no haber entendido la segunda parte: que yo sólo existo verdaderamente si
existes tú, si existimos nosotros.
Ahora bien, la persona hetero – apoyada no se arriesga a todos estos peligros. Su dar
es un recibir camuflado e inconsciente; lo recibido cae en un pozo sin fondo porque
no tiene nada que provoque el sonido del eco, y no lo sabe. Vive engañada en una
nube, en un negocio ruinoso que cada vez solicita mayor inversión para en realidad
acabar devorándola. Con el resultado de sentirse siempre vacía e insatisfecha.”

Escribiendo el último post me dí cuenta de lo extraño que era no haber posteado acerca de algo que se ha convertido en importante para mí en los últimos meses. Creo que si no lo hice antes, es porque no estaba muy segura de poder escribir acerca de nada sin racionalizarlo, sin convertir el proceso en una foto estática, y luego pararme a analizar esa foto con lupa, sin querer darme cuenta que la realidad que analizo ya es otra distinta…

Me han pasado muchas cosas estos meses, cosas que siento y que cuesta explicar. Creo que lo más importante, lo que ha dado pie a todo lo demás, es haberme vuelto permeable al proceso de terapia. Permeable quiere decir eso, permeable, flexible… Experimentar, dejar que algunas cosas entren… Hay algo de fe en eso, es la frontera dónde creer, sentir y conocer se juntan. Pero no se trata de conocer con la mente: saber que puedo (puedo, no sé el qué, pero puedo, soy responsable), creer que puedo, sentir que puedo. Todo es lo mismo.

Pero sólo puedo dejar entrar algunas cosas, no puedo sacarme a mí misma de enmedio, las resistencias están allí y no puedo ignorarlas, ni tampoco derrotarlas. Ellas están allí por alguna razón, y en la medida que las acepto y las reconozco soy un poco más libre. O me gustaría poder aceptarlas y ser más libre. Sé que esa es la manera, reconocer un deseo, algo que como todas las cosas que son de verdad me sale directamente de las entrañas, y buscar la manera de realizarlo, y reconocer también esa especie de angustia que permanece conmigo como algo propio. Pero a veces es demasiado complicado, y esa angustia, esa resistencia que me impide tomar lo que necesito, que hace que me defienda del proceso de terapia y de la vida misma, es demasiado fuerte y me da demasiado miedo. Entonces me quedo temblando y lamentándome en un rincón. Esos son los días malos, y sólo puedo dejarlos pasar.

El otro día le decía a David que me sentía como si tuviese un extraño viviendo en casa. Me refería a ese ir viendo las voces que llevo dentro: eres un desastre, no puedes, lo puedes todo, eres idiota, demuéstrale que no eres idiota, dile que le quieres, no se lo digas, acércate, aléjate… Las oigo hablar entre ellas y me sorprende verme a mi misma diciendo esta soy yo, esta no soy yo. Hay voces a las que creo a pies juntillas, sin cuestionarlas, sin cuestionarme. Luego cierro los ojos, y pretendo que la realidad no sea esa, que la realidad sea sólo lo que espero que los demás vean en mí.