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Cuatro años de formación según las bases de la psicología científica hicieron arraigar en mí una crítica  a la psicología profunda desde esa perspectiva. El psicoanálisis ortodoxo y cualquiera de sus subescuelas así como cualquiera de las vertientes de la psicología profunda no son más que castillos de naipes racionalistas fundamentados en la fe ciega en una teoría, dotada de coherencia interna y capaz de definir la realidad en base a unas premisas no contrastadas. Bajo esta perspectiva, la práctica psicoanalítica sería en realidad como una ficción dentro de otra ficción, no sólo por lo que respecta al marco teórico sino también en referencia al propio método psicoanalítico de la interpretación , que establece como verdaderas las propias interpretaciones del analista como si no fueran fruto de un contexto relacional o de sus propias proyecciones.

A pesar de haberme acercado a la psicología Gestalt y haber sido capaz de comprender el psicoanálisis desde una perspectiva más abierta. Y de reconocer la fuerza de mi propia crítica hacia la psicología profunda (y casi hacia la práctica clínica en general) como una actitud defensiva, nunca hasta hoy, he podido dejar de reconocer la validez implícita de esta crítica. Sin embargo, últimamente he estado leyendo acerca de la mentalidad postmoderna en distintas áreas del pensamiento, a este respecto el discurso  científico ha cruzado la frontera entre la verdad y el dogma a través de la crítica de Thomas Kuhn y el cuestionamiento proveniente de la física cuántica respecto a la separación entre sujeto y objeto. El método científico tradicional es un producto cultural que es necesario sólo en la medida en que es útil para el desarrollo humano.

En el texto, la autora no introduce ninguna referencia directa al pensamiento postmoderno, ni a la psicología científica, pero sostiene un distanciamiento respecto a la perspectiva racionalista de Freud que introdujo al psicoanálisis en la paradoja que aún lo amordaza, y que amordaza en realidad cualquier intento epistemológico en psicología. ¿Por qué continuar buscando el conocimiento de aquello que es verdadero cuando no somos capaces de distinguir lo que la verdad es? ¿Por qué insistir en separar el sujeto del objeto también en terapia si por naturaleza el objeto es incognoscible? El proceso terapéutico es el producto de la relación entre terapeuta y paciente porque en definitiva es la relación la que cura, independientemente del enfoque teórico, e independientemente de terapeuta y paciente como sujetos aislados. La perspectiva dualista  (la pretensión de un modelo  científico basado en la física y fundamentado en la estadística para la psicología cognitivo conductual o la pretensión de un modelo teórico omnipresente y fundamentado en relaciones de causalidad lineal para el psicoanálisis) es el límite epistemológico de la psicología.

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“…la realidad tiende a desplegarse en respuesta al marco simbólico particular y al conjunto de supuestos que emplea cada individuo y cada sociedad. Son tales la complejidad y la diversidad intrínsecas del fondo de datos que la mente humana tiene a su disposicón, que en él pueden apoyarse de modo admisible múltiples concepciones diferentes de la naturaleza última de la realidad. El ser humano, por tanto debe elegir entre una multiplicidad de opciones potencialmente viables, y cualquiera que sea su elección ésta afectará simultánemante a la naturaleza de la realidad y al sujeto que realiza la opción. Desde este punto de vista, aunque hay en el mundo y en la mente muchas estructuras definidioras que se resisten o que fuerzan de diversas maneras el pensamiento y la actividad humanos, existe también un nivel fundamental en el que el mundo tiende a ratificar la visión que a él se dirige y a abrirse de acuerdo a ella. El mundo que el ser humano trata de conocer y de rehacer es, en cierto sentido, producido proyectivamente por el marco de referencia con el que se aborda.

Esta posición pone el acento en la inmensa responsabilidad inherente a la situación humana, y también a su inmensa potencialidad. Puesto que la evidencia puede aducirse e interpretarse como corroboración de una serie prácticamente ilimitada de cosmovisiones, el reto al que el hombre debe responder radica en adoptar la cosmovisión o conjunto de perspectivas que produzca las consecuencias más valiosas, las que más ayuden a mejorar la calidad de vida . La “crisis humana” se ve aquí como  la aventura humana: el desafío de ser, in potentia, un ente radicalmente autodefinido, […] en un universo auténticamente abierto.  […] Cuanto más complejamente conscientes y extentos de compulsión ideológica sean el individuo y la sociedad, tanto más libre será la elección de mundos y más profunda su participación en la realidad creadora

Richard Tarnas, La pasión de la mente occidental

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La cita está sacada del último capítulo del libro que me estoy leyendo ahora. La pasión de la mente occidental hace un recorrido por la evolución del pensamiento desde los filósofos presocráticos hasta el siglo XX.  El libro está narrado con una gran claridad, tanto en las ideas que se han desarrollado  a lo largo de la evolución del pensamiento occidental como en la visión panorámica que las va entrelazando.  Hace énfasis en la progresiva ‘emancipación’ de la conciencia, siempre según la perspectiva occidental, a lo largo de los siglos.

El trozo que elegido para comentar, me parece un buen ejemplo de esta visión emancipadora del recorrido del pensamiento. La modernidad ha traído consigo tanto la cima de la cosmovisión occidental como su propia aniquilación, de la misma manera como  sucedió con el pensamiento medieval teísta en el paso de la edad media al renacimiento. La muerte de Dios que Nietzsche anunciaba a finales del siglo XIX llevaba siglos fragúandose, el libro recorre a la metáfora de una “revolución copérnicana” que tendría como máximos exponentes al propio Copérnico, a Darwin y a Freud. El hombre como criatura insignificante desalojada del centro de cosmos y de la creación, en un universo indiferente y una naturaleza hostil. Desalojado en última instancia del dominio de su propia razón y de la consciencia. Esta concepción moderna heredaba y ahondaba aún más en la concepción dualista del mundo propias del cristianismo y de la filosofía platónica. En la medida en que la ciencia contradecía cada vez con más fuerza los postulados de la fé, el sujeto ahondaba cada vez más en su propia consciencia como individuo aíslado del mundo y de la realidad que le rodeaba. La distinción que inició Descartes con el planteamiento del “cogito” frente a la naturaleza externa a su pensamiento fue concluída por Kant postulando la imposibilidad del hombre de conocer la realidad directamente sin estar ésta mediatizada por las propias estructuras de su mente. Finalmente, el propio pensamiento científico debía reconocer a través de Kuhn la evidencia de su subjetivismo, el conocimiento científico podía ser útil a la humanidad pero nunca podría ser absolumente verdadero pues siempre estaría conformado por el medio cultural en el que se desarrollaba y muy significativamente por la presión de los paradigmas dominantes en la concepción científica de cada momento.

Así pues, el límite de la visión dualista moderna llevaba a su propia extinción. Cualquier distinción entre sujeto y objeto, entre mente y materia, es una ficción en la medida en que el objeto no puede conformarse sin el sujeto y a la inversa (Como la concepción gestáltica de figura y fondo) Cualquier cosmovisión construída en base a esa concepción sería pues ficticia y totalitaria. El paso hacía el relativismo propio de la postmodernidad estaba abierto, el existencialismo, el nihilismo, y el desamparo metafísico propio de la carencia de referentes  han caracterizado el pensamiento del siglo XX.

He elegido este texto porque entre líneas hace incapié en la idea del “vacío fertil”, la libertad y la responsabilidad que conlleva la pérdida de los condicionantes y las estructuras predefinidas. Ese camino hacia la emancipación de la consciencia, se da de una forma muy parecida en la consciencia individual, en la consciencia social y en la historia del pensamiento. El derrumbe de los modelos definidos a priori, trae consigo la angustia y el desasosiego, (a este respecto el autor usa como metáfora, un tanto forzada, la idea del doble vínculo definida por Bateson aplicándola a la relación del hombre con la naturaleza), pero también la gestación de una nueva síntesis más completa. La consciencia humana avanza en todos sus niveles a través de una generación dialéctica capaz de disolver viejos paradigmas para construir formas más amplias de entender el mundo.  Siguiendo con las referencias cruzadas con la psicología profunda,  existe un cierto paralelismo entre las ideas descritas en el último capítulo y la superación de arquetipos definidos por Jung como la sombra y el anima. A este respecto, cómo síntesis final de este camino de emancipación al que hace referencia el autor, la integración de los opuestos  hace referencia en este último capítulo a la necesidad de la integración de la femineidad reprimida en la consciencia de la humanidad.