“…hay en vuestros besos beatitud tan grande

porque la caricia retiene, y el sitio

que vuestra ternura recubre, persiste;

porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.

Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad…”

Se puede leer diez veces un poema de diez maneras distintas. Algunos versos me han gustado  la primera vez que los he leído sólo por una imagen o por una trascendencia que he podido intuir  sólo a medias. Hará unos cinco años que leí este verso de la segunda elegía, lo copié y he sido capaz de recordarlo hasta ahora porque entonces la imagen de la piel que retiene el contacto de una caricia me pareció hermosa. Entendí el verso como la imagen romántica de un contacto que permanece y es la promesa de algo que no debe ser fugaz.

Hoy me he levantado con este verso en la cabeza, y cuando he ido a buscar el poema para releerlo he descubierto que entendía algo completamente distinto. Ahora pienso que Rilke hablaba de la plenitud de un momento que es eterno precisamente porque es fugaz. Usa la figura de los ángeles para contraponerla con la de los hombres,  bajo una forma  religiosa esconde un fondo profundamente secular. Somos reflejos inconstantes de la eternidad, y aquello que nos mantiene unidos con esa eternidad, aquello que nos hace parecernos por un momento a los ángeles es  ese contacto fugaz que retiene una promesa.

El poema me parece ahora incluso más profundo y más hermoso. Últimamente, he sido más consciente de la relación que existe para mí entre el placer y el miedo. El placer es el contacto, un momento de intimidad perecedera. El miedo es para mí a  el temor de que esa promesa de eternidad no pueda cumplirse, y a la vez, el miedo de perderse a uno mismo en el contacto con el otro, en realidad,  son dos formas de decir lo mismo. “Pues, para nosotros sentir es diluirnos. / ¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos. /Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil”

Siento ahora que soy capaz de una plenitud más grande y de un miedo más consciente. Imagino que si debe existir alguna forma de equilibrio en el amor, está en ese lugar intermedio entre el placer y el miedo.

Copio el poema entero para los que lo queráis leer:

Segunda Elegía


Terrible es todo ángel.

No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,

Pájaros mortales casi para el alma.

¡Qué lejos los tiempos de Tobías, cuando

frente a la sencilla puerta de la choza

levantábase uno de los más radiantes

disfrazado apenas para el viaje, a punto de no ser temible.

Joven para el joven:

¡con qué ojos curiosos miraba a lo lejos!

Si ahora, imponente, llegara el arcángel tras de las estrellas

y hacia acá tan sólo descendiera un paso:

latiendo a su encuentro

los golpes del corazón ansioso

nos abatirían.

Primeras criaturas perfectas, mimados del mundo,

líneas en alturas, rojizas crestas matinales

de todo lo creado, polen de la divinidad floreciente,

espacios de la esencia, escudos de gozo,

bravíos tumultos de impetuosos éxtasis

y de pronto, aislados

espejos que en ondas vuelcan la belleza

y la reproducen en su propio rostro.

Pues, para nosotros sentir es diluirnos.

¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos.

Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil.

Entonces alguno nos dice:

“Pasas a mi sangre… esta sala y esta primavera

se llenan contigo”.

Pero, ¿de qué vale? No puede él tenernos

y en él y en su torno desapareceremos.

¿Y a ésos que son tan bellos? ¡Oh! ¿Quién los retiene?

A su rostro sube de modo constante la apariencia y váse.

Como de la hierba temprana el rocío,

Trasciende lo nuestro de nosotros, como

de un manjar caliente trasciende el calor.

¿Sonreír? ¿Adónde? Levantar los ojos:

una nueva y cálida onda que del propio

corazón se escapa.

¡Ay de mí! No obstante, somos eso. ¿Acaso

tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano?

¿No toman los ángeles

realmente lo suyo, lo que de ellos mana?

¿O también, a veces, hay al mismo tiempo, como por descuido,

siquiera una parte de la esencia nuestra?

¿Acaso en sus rasgos estamos mezclados

tanto cual lo vago lo está en el semblante de mujer encinta?

¡Cómo lo sabrían!

Los que aman podrían, si lo comprendieran,

decir en la noche palabras extrañas.

Contempla los árboles: son. Y todavía

subsisten las casas en donde vivimos.

Tan sólo nosotros pasamos delante de todas las cosas como aire furtivo.

Y para acallarnos todo se concierta, medio por vergüenza

tal vez y otro tanto como una inefable esperanza.

¡Oh, amantes, vosotros que os bastáis a solas! A vosotros quiero

preguntar qué somos. Os tomáis las manos. ¿Poseéis las pruebas?

Mirad: me acontece que entre sí mis manos

se saben o en ellas mi rostro gastado se halaga.

Y así, soy un tanto conciente de mí.

Mas, ¿quién osaría ser por esto sólo?

Vosotros, en cambio,

que en el éxtasis del otro os agrandáis

hasta que él os ruega, subyugado: ¡Basta!…

los que entre las manos os hacéis más plenos,

cual los años las uvas;

los que muchas veces desaparecéis

sólo porque el otro prevalece en todo,

de nuevo os pregunto: ¿Qué somos?… Lo sé:

hay en vuestros besos beatitud tan grande

porque la caricia retiene, y el sitio

que vuestra ternura recubre, persiste;

porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.

Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad.

Y, no obstante, cuando

os habéis repuesto del susto del primer encuentro

y de la nostalgia junto a la ventana

y de ese paseo,

el único, juntos a través del huerto:

¡Oh, amantes!… Entonces, ¿lo sois todavía?

Cuando el uno al otro os alzáis en brazos

bebiendo en la boca… sorbo contra sorbo…

¡con qué extraña prisa se evade del acto luego el bebedor!

¿No habéis contemplado con asombro sobre las estelas áticas

toda la prudencia del humano gesto?

¿Sobre las espaldas el Amor no estaba

y el Adiós posados, tan ligeros como

hechos e materia distinta a la nuestra?

Recordaos cómo descansan sus manos ingrávidas

por más que en los torsos el vigor perdura.

Dueños de sí mismos, ellos bien lo sabían:

Hasta aquí llegamos… Lo nuestro es rozarnos así.

Con más fuerza en nosotros presionan los dioses.

Pero éste es asunto que concierne a ellos.

Ojalá nosotros también encontráramos

siquiera una escasa, duradera y pura porción de lo humano,

una franja nuestra de tierra fecunda

entre río y roca, Pues, aún el propio

corazón, como ellos, sin cesar se eleva

por sobre nosotros. Y nuestra miradas no pueden seguirlo

hasta en las imágenes que lo tranquilizan,

ni aún en los cuerpos divinos en donde,

más grande, se calma.

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