Esto es oficialmente un experimento. En el curso (Ahora que empiezo a disfrutarlo de verdad termino 😦 ) me pidieron en un mismo texto:

– Narrar un recuerdo traumático, el hecho presente que evoca ese recuerdo traumático, y una proyección en el futuro.

– Practicar el monólogo, el diálogo indirecto, directo y indirecto libre. Combinarlos en la conversación de un personaje que no quiere dar muchos detalles, y otro borracho (he hecho trampas mezclándolos a los dos)

El resultado es el texto de abajo… He descubierto que no me llevo mal con el narrador en segunda, y he intentado combinarlo con mi narradora en primera persona a ver si no queda muy plasta.

– ¿Qué haces aquí?

He venido a verte.

El aire dentro del local era cálido y ondulado, olía a madera podrida, a sudor y a cerveza. Llevaba toda la noche en el Jamies’ buscando a Ciaran entre la gente y cuando lo vi entrar me escurrí del brazo de Lyn como una anguila impaciente. “Ha llegado Ciaran” No miré atrás pero sentía que ella sí tenía los ojos clavados en mí mientras me alejaba.

Me había visto hermosa aquella noche en el espejo. Con mi  piel resplandeciendo en cada centímetro y los ojos brillantes, como si alguién hubiese dejado una luz prendida bajo mis pupilas. Sentía la electricidad chisporroteando en la punta de mis dedos. Cuando estaba delante de él podía sentir esa corriente y una sensación húmeda como de agua vertida en mi vientre. Ya no tenía miedo.

¿Sabes? Hoy no es una noche cualquiera

No?

Es San Juan. En Barcelona la gente enciende hogueras en la playa, tiran cohetes y petardos y bailan hasta que se hace de día.

Perdiste la virginidad el segundo año de universidad. Él ni siquiera te gustaba. Por eso no fue así entonces, no fue como ahora, esta sensación como de derramarse por dentro. Cuando te penetró, sentiste una quemazón igual que si te hubiesen cortado con un cuchillo, te sentiste derrotada y vacía, como si te atravesaran por dentro y te doblegaras inerte. Terminó y sólo quisiste apartarle.

Te das cuenta de que Ciaran está borracho y que tú nunca lo habías visto beber. La camisa blanca tiene el mismo color pálido, prácticamente luminoso que su cara. Entre el blanco, sus ojos enormes, grises y temblones, moteados de rojo, te miran con un arrebato que no sabes si es rabia, o tristeza o deseo. Y ahora sí tienes miedo.

¿Estás bien?

Sí, no… Mi padre tiene cáncer.

Y ya no es él, es la sombra del campesino alto y triste, viejo y alcoholizado que os mira desde el otro extremo de la barra. Podría ser su padre, piensas. Eso te lo contó Lyn, que su padre es alcohólico, que tiene otra familia. Con ese tono de compasión “pobre”, decía. Y tu no sabes como, te acordabas de tu padre, del padre de Carlos y era como si todos fueran el mismo, y no te salía sentir pena.

¿Cómo te has enterado?

Mi madre me lo dijo.

Levantas la vista hacia él, alargas las manos hacia su cara, y te quedas así, mirándole.

Lyn debe estar pensando qué hago tanto tiempo contigo.

 

Este no es un mar tranquilo. Las olas golpean contra la costa, meciendo el manto de algas que ha dejado atrás la marea. Sabes que se acerca la tormenta, ya hace días que la televisión anuncia la cola de un ciclón. A pesar de eso querías salir hoy, porque no querías hablar con Lyn.

“Pequeña nariz entrometida” Así es como Ciaran la llamó anoche, y tu te reíste con una mano sobre los labios como una niña que acaba de oír una inconveniencia. Os quedasteis callados los dos, Ciaran te tomó de la mano y te arrastró entre la gente. Podías sentir la mirada de Lyn apuntándote casi como el cañón de un arma en la nuca. Esa misma mirada de reprobación cargada de complicidad simulada, de murmullos falsamente bienintencionados. Con casi treinta años, Lyn seguía siendo una chica de pueblo piadosa y asustada. Pensaste en ella como en uno de esos pájaros negros que se posan en el tendido eléctrico delante de vuestra casa. Cuando descorres las cortinas del comedor puedes sentir como te observan desde el aire. El cielo irlandés, pájaros negros y crucifijos plateados.

Ayer hiciste el amor con Ciaran en el sofá del comedor. El aire cargado de electricidad eriza la piel en tus brazos. Pero la electricidad no proviene sólo del aire. Más abajo, más adentro, en el lugar donde tus entrañas se convierten en abismo, un rayo, como un haz de luz capaz de rasgarte la piel.

“No encorves la espalda” Tu padre te toma de los hombros y hace que endereces el cuello. Siempre has andado encorvada, pero ahora eres capaz de erguirte como no has podido hacerlo nunca. Apuntalada, sostenida por el cuerpo en un embate como el de las olas contra la playa, alzas la cabeza hacia el cielo y bebes del agua que empieza a caer. Dejas que las gotas te cieguen, te resbalen por las mejillas y se escurran en la comisura de tus labios.

Llevas el olor del aire salado impregnado en la piel, las huellas de las burbujas que las olas han dejado en la arena como una caricia capaz de elevarte más allá de la costa, allí donde el océano abandona el color turquesa embarrado, y se vuelve azul y gris, igual que el cielo en una noche sin estrellas. Y caes en mitad del mar, como si el haz de luz que te sostiene se apagara de golpe. El ruido de las olas retumba en tu cabeza, la misma agua que acariciaba antes la orilla, lame ahora gélida tus brazos y tus piernas, y sientes que podrías dejarte caer como una roca hacia el fondo. Su fuerza te arrastra, te hunde, voltea tu cuerpo una y otra vez, y te vuelves diminuta. Tienes siete años. Has llegado tan lejos con la colchoneta, tanto que creías que podrías volver así a casa. Te levantas para ver la playa, y una ola te lanza sobre el agua. Por un momento crees estar volando, pero luego sientes el golpe del agua sobre el pecho, y una segunda ola que te arranca el bañador. El bañador con el pececito dorado era tu favorito. Das vueltas en el agua, te acuerdas de cuando los niños juegan a las ahogadillas en la piscina del pueblo. Quieres salir, pero no puedes, pataleas con todas tus fuerzas y crees que te acercas a la superficie. De repente un brazo te saca del agua, “Papá”. No es tu padre, un pescador joven te sostiene por la cintura, te mira con un rostro que se ha vuelto familiar en el recuerdo. Y piensas en Ciaran, él es quien te sostiene y te alza por encima del agua. Vomitas agua turbia, y lloras, y te aferras al cuerpo del pescador.

Es el mismo ruido del mar que te ha perseguido siempre. De pequeña soñabas que el colchón se volvía líquido y tú te ahogabas en un mar oscuro, no podías respirar, y el ruido de las olas estaba por todas partes. Casi siempre habías mojado la cama cuando te despertabas debatiéndote contra el colchón. Ese mismo ruido que volvería a desvelarte años más tarde. Velando a tu madre en el sillón del hospital, te despertaste y volviste a sentir otra vez las olas, el mar que iba y venía de su cuerpo en una cadencia de respiración dormida.

Como unos fuegos de artificio que explotan y se difuminan en el aire. Que rasguñan el cielo en un estallido que impregna de color la retina dejando atrás sólo el ruido que reverbera aún en la atmósfera y el olor de la pólvora como los rastros de una luz que se apaga y se pierde. El ruido del mar aparece siempre como una añoranza prematura, temerosa del silencio después de la luz y el estruendo.

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