Ésto es el prólogo. De las veinte páginas que debo haber escrito de momento, las tres primeras son las únicas que han terminado el proceso de corregir, y corregir y luego volver a corregir por el que paso cuando escribo. Espero poder colgarlas todas entre la semana que viene y la siguiente. Si algo os suena vagamente autobiográfico (sobretodo al principio), es que lo es.

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Me he pasado el día andando por la casa, sin hacer nada concreto, sólo dejándome llevar por la sorpresa de encontrarla vacía. Sin ruido, sin música, sin nuestras conversaciones durante el desayuno. Mi hija pequeña se ha ido esta mañana, y yo he dedicado el día a echarla de menos. He abierto la puerta de su cuarto en un impulso mecánico y me he quedado mirando la cama, me he sentado sobre la colcha y viendo los libros que han quedado sobre la estantería he pensado que quedaba algo de ella en el cuarto. He abierto el armario y ha sido como si las perchas vacías me golpearan en el rostro. Me dijo que se marchaba a Italia en el mismo comedor en que yo se lo había dicho a mi madre, en la casa donde viví con mis padres. Una vez leí que el tiempo que recorremos con la mente a lo largo de la vida termina por formar un círculo perfecto, nos pasamos la primera mitad de nuestra vida pensando en el futuro, para terminar al final en el principio, pensando en el pasado. El día en que Helena me dijo que se iba, yo estaba sentada de espaldas a ella, se acercó por detrás y me acarició el hombro para que me girara, algo en aquel gesto dio el pistoletazo de salida para mis recuerdos. El tiempo que he vivido en presente y en futuro, he empezado a vivirlo en pasado, los recuerdos de Helena y de sus hermanos, los recuerdos de su padre, se derraman por mi mente sin ser amargos, son dulces de una forma que no he conocido hasta ahora. Cuando en un cajón he encontrado hoy uno de mis viejos cuadernos, he empezado a pensar en mi propio viaje. Aquel fue el primer cuaderno que compré en una tienda del aeropuerto de Dublín el día en que volvía definitivamente a Barcelona. Llevaba mucho tiempo sin escribir, pero aquel cuaderno lo llené entero y luego vinieron más, como si al final del viaje hubiese decidido empezar otro, un viaje inmóvil para llevarme aún más lejos. Así fue como comencé a escribir. He abierto el cuaderno, y he empezado a leer la primera página.

Dublín de día está cubierta por una capa gris plúmbea y eterna, que puede sentirse en el pulso de la ciudad como una tristeza escondida. Es una ciudad de maneras delicadas y temerosas, ansiosa por liberarse de su propia melancolía, del cielo cubierto y la cadencia del río. Cuando se abre el cielo y sólo por un momento a la hora del almuerzo, la luz inunda St. Stephen’s Green la ciudad se transforma en un destello. La hierba brilla bajo los pies de los que vinieron a ver como la ciudad mudaba de rostro. Sólo entonces las puertas coloreadas de los edificios georgianos se muestran verdaderamente luminosas y pasan por ser algo más que un intento vano de esconder su mirada cetrina. La misma ciudad de noche se vuelve revoltosa, como si tuviese el alma dividida, Dublín camina fatigada de si misma durante el día, y al anochecer estalla.

De madrugada parece una ciudad distinta, como si las nubes se hubiesen acercado para acariciar las calles. Mientras andamos en silencio, mis pies sienten la memoria de los mismos pasos que siguieron hace dos años. Resuenan las maletas repiqueteando contra los adoquines, la calle desierta parece casi irreal, están aún las luces encendidas pero todo a nuestro alrededor tiene una consistencia brumosa y distante. A lo lejos el Spire se levanta en el cruce con la calle O’Donnell, como una aguja majestuosa, rasga en su extremo el cielo de Dublín sobre el río, las nubes se entreabren justo en el lugar que señala el monumento, y dejan entrever la negritud del cielo que es casi como un abismo entre las nubes. Hay algo terrible en esa oscuridad, una fuerza capaz de llevarse a la ciudad consigo, capaz de arrastrarme a mí. Me dejo caer y Dublín se apaga a mí alrededor en un estruendo triste. Vuelvo a casa.

Las palabras suenan en mi cabeza como si aún estuviesen siendo escritas. Como si una parte de mi se hubiese quedado escribiendo aún en un banco del aeropuerto de Dublín, escuchando las llamadas de los vuelos sin querer creer aún que el viaje había terminado y que el lugar del que me había ido ya no existía. Empiezo a escribir pensando en Helena, como si mi viaje y el suyo fuesen el mismo, para renacer en el recuerdo y recuperar todas las cosas que viví y dejaron de existir. Volver a este mismo lugar, treinta años antes, para cruzar con mi hija la misma puerta, como si el tiempo pudiese replicarse, como dos fotos inmóviles tomadas casi en el mismo instante. Volver atrás para ser a la vez su determinación por seguir adelante en un camino que ya no me pertenece, y ser también esa realidad que se desvanece detrás del umbral y se difumina para siempre en el recuerdo.

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