Un cuento que no pasará a la historia por ser el más original del mundo pero me gustó que los diálogos me quedaran fluidos.

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– ¿Tienes miedo?

– No tengo miedo.

– ¿Seguro?

¡Plas! Juan golpeó las manos a un centímetro de mi nariz.

– ¡Ja! ¡Mentiroso!

– ¡Has cerrado los ojos! ¡Cagueta!

– ¡Eres un gallina!

– No tengo miedo… – Lo dije muy bajito, como si no quisiera que lo oyeran.

– Házmelo a mi Juan, verás como no tengo miedo.

– ¡Venga ya enano!

– Porfi, hazlo y ya verás…

¡Plas! Dani se quedó mirando al frente con los ojos como platos.

– ¿Ves? ¿Ves? ¡Yo no soy un cagado! – Se reía y me miraba.

– ¿Sabes por qué no tengo miedo Luís?

– No, no lo sé.

– No tengo miedo porque si viene un fantasma yo le haré así, y así… – Golpeaba con los puños cerrados en el aire – ¡Y luego así!

Cuando levantó la pierna para dar el golpe de gracia, Juan le agarró por el tobillo, hizo que perdiera el equilibrio y cayera de culo.

– ¡Ay!

– ¡Tonto! ¡No puedes pegarle a un fantasma!

A Dani se le escapaban las lágrimas, y yo no podía contener la risa.

– ¡Se lo diré al tito!

– ¡Tú no te rías de mi hermano!

– ¡Auh!

Me pegó por detrás con el puño cerrado en el cogote. El golpe retumbó en mi cabeza como si fuera una campana, y las gafas salieron volando hacia delante.

– ¿Se han roto? ¿Las gafas se han roto? ¡Se han roto!

Juan me miró sin responder. Yo me arrodillé a buscar las gafas en el suelo, casi no veía nada. Uno de los cristales se había rajado de arriba abajo y el otro había salido disparado de la montura y se había hecho añicos contra una piedra. Palpé los trozos de cristal en el suelo y me corte. Tenía ganas de llorar, me chupé la sangre que no paraba de salir del dedo, y me quedé en el suelo.

– Mira lo que has hecho…

Juan no me oyó, habían seguido andando y estaban delante de la verja de la casa. Guardé la montura en el bolsillo de la camisa, me manché la solapa con una gotita de sangre que casi parecía una medalla y de repente me entró el pánico, Mamá me matará cuando se entere. Eché a correr.

– ¡Esperadme!

– ¡Vuelve a contarnos la historia! Juan venga… ¡Cuéntala otra vez!

– ¿Para qué enano? ¡Si te la sabes de memoria!

– Porfa.

– ¿Veis la ventana del sótano? La que está a ras del suelo

– Yo no la veo.

No veía bien sin las gafas.

– Yo sí, yo sí.

– Allí es dónde la Dolores les cortó las manos a los niños.

– ¡Ala!, ¿y siguen allí?

– ¿El qué?

– Las manos de los niños.

– No, tonto. ¿Cómo van a seguir ahí?

– ¿Y como sabes que fue allí? – Juan me miró como si fuese a volver a pegarme.

– Pues porqué hay una mancha en la pared que seguro que es sangre. Ya la verás, si no te meas en los pantalones antes.

Se calló un momento y luego miró a su hermano.

– ¿Y sabes que más hay enano?

– ¿Qué?

– El clavo donde se colgó luego. Está doblado por el peso.

– ¡Díselo, Díselo!

– Yo la he visto.

– ¿A la Dolores?

– ¿No te lo crees, eh?

– Sí… – Bajé la vista.

– Pues la he visto, he visto su fantasma, en el espejo del comedor con el delantal manchado de sangre…

De golpe me acordé de mi abuelo, una vez se sacó una zapatilla para pegarme, llevaba unas zapatillas negras con la suela raída que olían a calcetín viejo. Siempre que pensaba en mi abuelo pensaba en las zapatillas. Mi abuelo estaba muerto y yo no podía dejar de imaginar que su espíritu vivía en aquella casa con el fantasma de doña Dolores.

– La verja está cerrada

– ¿Y? ¿Que esperabas? Venga Dani, salta tu primero, yo te cojo

Juan subió a Dani sobre sus hombros por encima de la verja. Dani se agarró a los barrotes y luego bajo serpenteando por el otro lado.

– ¡Ahora yo!

Juan me empujó mientras tomaba impulso para saltar.

– ¡Ya estoy! ¿Tu a que esperas?

Intenté saltar la verja como lo había hecho él, agarrarme a los barrotes y luego coger impulso. ¡Algo me coge la pierna! El pie se me había quedado enganchado en la verja, me liberé y me dejé caer hacia el otro lado.

– ¡Estás blanco!

Me dolía el tobillo. Si le digo que me duele, dirá que soy un gallina. Seguimos andando sin decir nada. Tenía hambre y frío, y quería volver a casa. Iba renqueando, un poco por detrás de Dani, los yerbajos se me metían por debajo del pantalón y me hacían cosquillas.

– ¡Au!

Me di con el pie bueno en un escalón de piedra que salía de la nada. Ellos lo habían saltado sin más, pero yo no lo había visto.

– No veo nada.

– ¡Cállate!

– ¡Ya hemos llegado!

¡Pam! Juan le pegó una patada a la puerta de madera que se abrió como si explotase en una nube de polvo. Dani me agarró fuerte del pantalón, y me soltó de golpe cuando la puerta dejó de retumbar.

– ¡Vamos!

Me picaban los ojos por el polvo. La puerta había quedado medio abierta, dentro todo estaba oscuro y daba miedo. Los cristales estaban ennegrecidos y sólo entraba luz por la puerta y por el cristal roto de una ventana, justo en frente, al final del pasillo. Una corriente de aire frío me dio en la cara

¡Pum! La puerta se cerró sola.

– ¡El fantasma!

Dani estaba frenético.

– ¡Que va a ser el fantasma esto!

¿El yayo es un fantasma ahora? ¿Como Casper? Los fantasmas no existen, el yayo está en el cielo.

– Los fantasmas no existen

– ¿Quién lo dice que no?

No me acostumbraba a estar sin luz, oía como goteaba un chorrillo de agua justo al lado mío, Juan también se dio cuenta.

– ¿Dani te has hecho pis?

– No…

– No mientas. ¡Venga vamos al sótano!

Los tablones del suelo crujían cuando los pisábamos, pasamos por delante del comedor. Un escalofrío me erizó el pelo de los brazos. Miré el espejo de reojo, como si lo vigilara. Los fantasmas no existen…

Bajamos por la escalera, todo estaba oscuro y en silencio, oía crepitar los escalones y la respiración fuerte de Dani un poco más abajo. Tampoco veía los escalones, algo me empujó, caí y di con la espalda en el suelo, me dolía muchísimo. Me quedé paralizado, muerto de miedo y llorando flojito para que no me oyeran.

– ¿Luís? ¿Luís? – Dani me llamaba y su voz sonaba como si estuviese muy lejos.

– ¡Déjalo!

Luego pasó un rato, no sé cuanto… Me quedé tumbado en el rellano sin moverme, el suelo estaba húmedo y pringoso, tenía frío pero no podía moverme. Cloc-cloc-cloc-cloc, el agua caía muy cerca, las maderas crujían, y el viento estaba por todas partes era como si toda la casa estuviese llorando. De golpe se oyó un ruido horrible, como el ruido que hace el cerdo el día de matanza, y luego un estruendo más fuerte. La escalera se sacudía como si fuese a derrumbarse, me agarré con fuerza a la barandilla.

– ¡Dani!

Algo se precipitaba corriendo hacia mí, saltaba las escaleras como si fuese a abalanzarse encima de mí cerré los ojos con fuerza y luego los abrí de golpe.

– ¿Juan?

No contestó. Volví el cuello y vi como desaparecía corriendo. La Dolores ha matado a Dani, cuando vea que estoy en la escalera vendrá y me matará a mí. Dios te salve Maria… El cura dice que hay que rezar para que la virgen nos proteja.

Pom, pom, pom… Se oían pasos. Pasos y el ruido de algo que se arrastra, cada vez más cerca, casi encima de mí. Dos zapatillas negras se pararon en el último escalón antes del rellano.

– ¿Yayo?

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