“…en su contacto hay beatitud porque la caricia retiene, porque persiste el lugar que la ternura envuelve, porque sienten la pura duración. Así el abrazo les parece promesa de eternidad”

La cita es de Rilke, la primera vez que la leí me enamoré de la expresión “la caricia retiene”, me imaginé la caricia casi como algo accidental, como un momento de contacto que se esfuma dejando tras de sí una marca invisible, la huella eléctrica del otro, alojada para siempre en algún lugar entre nuestra piel, y nuestro corazón. Imaginé mi propia piel llena de esas marcas, llena de manos, de dedos, de labios…, brillando incandescentes como estrellas. Unas más alejadas y otras tan cerca, tan brillantes, que creeríamos que su luz nos mostraría para siempre el camino hacia el norte, nuestro norte.

Sin estrellas, sólo nos quedaría una noche negra, oscura como un abismo infinito. Siempre que imagino el abismo, me imagino nadando en mitad del océano. Empiezo nadando por la playa, estoy segura y tranquila, sé que puedo parar y dar con los pies en la arena. Pero sigo nadando, y de golpe me doy cuenta que estoy sola, sin puntos de referencia, no hay suelo bajo mis pies y el fondo es oscuro como una sima inmensa. El abismo somos nosotros mismos y son los demás, mejor dicho, el abismo somos nosotros mismos en los demás. En la última frontera del contacto, estoy de pie al borde del precipicio, el abismo, tu abismo, me devuelve una mirada estremecedora. Quiero bucear en la noche  sólo para rozar con los dedos las estrellas que como los abrazos, son la promesa de una eternidad compartida.

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