“Siento que cada día empuja la rueda de un cambio invisible y que el otoño que empieza ya no será el padre de un invierno aciago… Espero con las manos tendidas hacía el vacío la respuesta a una pregunta infinita. Y por primera vez, esa fe de la que hablaba hace más de un año me corresponde a mí más que a ninguna otra persona. Hoy siento que todo está por hacer.”

 Ha pasado un año desde que presentí que por primera vez el otoño no anunciaba un invierno aciago.  Ha pasado un año para encontrar un camino, para enamorarme, para caer, para perderme y dejarme llevar. Un año para la pasión que me arrastra y me rompe de golpe, en un exabrupto, en un grito de placer o de furia, la misma que me retiene y me desgarra, que vuelta contra mí me hace pedazos. He aprendido a recogerme poco a poco, con cuidado, y ahora sí, busco que un abrazo me componga, me restañe el llanto y me rehaga. Un año para el miedo: a la pérdida, al deseo, a la felicidad, y sobre todo, un miedo febril, físico, el miedo animal de la enfermedad, más grande y más fuerte que yo. La oscura flaqueza, esa debilidad que se asoma por la puerta de atrás, y me humilla, y me recuerda que sólo soy un suspiro, que dependo tanto, de tan pocas cosas…   Un invierno para la humildad, y una fe sorda, absoluta e incierta. Fe que no es en mí, pues yo no me basto, fe que no pertenece al universo ni mucho menos a Dios, fe en lo que ha de venir, fe en el vacío y en todas las cosas pendientes, fe para seguir adelante. Un año para la felicidad como una forma plácida de entrega, en todas las cosas cotidianas, en el amor  y en el trabajo, felicidad reposada y plena. Un año como un torbellino, de ilusiones, de miedos y de tristezas, vivas, incesantes, presentes en cada momento. Ahora puedo ser espectadora y actriz a un tiempo, ver y dejarme ver. Ahora puedo darle yo sola las respuestas a la  incertidumbre, esperar, y ver surgir nuevas caras, nuevas ilusiones, nuevos sentimientos, continuar esperando, y verlos sumergirse y emerger de nuevo bajo otras formas, más oscuros o más luminosos, pero los mismos.

Si la pluja no em mullés,

si no rompessin la terra les arrels,

si esborrés la neu les passes del camí,

si la llum i l’ombra fossin una sola cosa.

No hauria d’estimar-te.

Tinc el cos fet d’ombres…
Camp de batalla.
Terra herma.
Revolució inacabada de l’esperit.

Tinc el cos fet d’ombres…
A les entranyes hi duc la fosca,
la claror a la punta dels dits.

El artículo está sacado del libro Constructivismo en psicoterapia que es un conjunto de artículos compilados por Robert A. Neimeyer y Michael J. Mahoney.

Cito parte del artículo de Oscar Gonçalves “Hermenéutica, Constructivismo y terapias cognitivo-conductuales” dónde el autor pone en evidencia la paradoja del paradigima cognitivo conductual, respecto a la cual la aplicación de una premisa teórica supuestamente relativista conlleva una práctica absolutista, marcada por un dualismo excluyente entre cliente y terapeuta.

Ontología y Epistemología

“El núcleo duro del paradigma conductual se dijo que estaba caracterizado por una ontología y una epistemología absolutistas, que suponían la existencia de la verdad como universal, fija e inamovible así como la existencia de un orden natural que nos es revelado a través de los sentidos. La posición del cognitivismo es bastante compleja a este nivel. El cognitivismo parece alternar  entre la incertidumbre del relativismo y la seguridad del absolutismo. Es decir, los cognitivistas venden a sus clientes una ontología y epistemología relativista mientras que aceptan para sí mismos una ideología absolutista” (…) “El aparente solipsismo del paradigma cognitivo lleva a los cognitivistas a una situación difícil. De manera similar a los adolescentes que alcanzan el pensamiento formal, los cognitivistas se enfrentan a lo que diferentes autores han llamado la pluralidad de soledades (Sartre), el vertigo de la relatividad (Berger y Luckman) o la soledad epistemológica “…El reconocimiento inicial de este principio de incertidumbre no es… necesariamente equivalente a su aceptación incondicional, ni es tan obvio cómo se va a afrontar, simplemente disfrutar, la relatividad final” (Chandler) Para afrontar esta soledad epistemológica, el paradigma cognitivo volvió a la solución regresiva de una ontología y una epistemología absolutistas. Las construcciones de los clientes, etiquetadas como irreales, irracionales y distorsionadas, se convirtieron en el objetivo del cambio de acuerdo con los cánones de la realidad objetiva representados en el escenario terapéutico por la autoridad absoluta del terapeuta. Ya sea a través del énfasis en el pensamiento racional (Ellis), la contrastación empírica (Beck) o la repetición, los terapeutas cognitivos aspiran a encajar mejor las construcciones subjetivas de los clientes y la realidad objetiva.

Por lo tanto, igual que los adolescentes, los terapuetas cognitivos han quedado atrapados en la trampa epistemológica del pensamiento formal. El reconocimiento de la primacía de un si mismo pensante e individual implica necesariamente la naturaleza relativista y subjetiva de la existencia y el conocimiento. Las crisis epistemológicas de la soledad de una actitud potencialmente solipsista provocan una tendencia a buscar una mejor estructura equilibradora. En el cognitivismo este equilibrio se mantienen a través de un movimiento regresivo a las tierras del absolutismo, donde la figura de autoridad del terapeuta corrige las visiones subjetivas del cliente, desde un punto de vista más ventajoso, mediante una disputa racional, repetición interna o contrastación emírica. Las palabras de Chandler (1975) respecto a los peligros potenciales relacionados con los movimientos regresivos de maniobras antirelativistas son instructivas:

“La dificultad.. las respuestas familiares al vértigo y al aislamiento del relativismo es que todas ellas representan intentos de tratar la multiplicidad de perspectivas negando su legitimidad sin más. Ya sea mediante el esclusivismo y el estereotipo, mediante la intolerancia religiosa o científica o simplemente adoptando dimensiones de diferencia, todas estas soluciones parciales parecen esencialmente regresivas e interfieren con un mayor crecimiento y desarrollo”

Ets..

El meu desig captiu
i una porta oberta.

Totes les paraules d’un amic.
Carrers i abraçades.
Pluja suau.

Passets de formiga en el ventre
mans que dibuixen

Camins de plata
Rius de lava

A les artèries
i als centímetres de pell
guanyats per l’amor
a cops de baioneta i tambor.

La meva guerra
i la meva pau.
La por i la glòria.

El sol de matinada,
la batalla perduda
i l’ànima vençuda
Pel repòs.

UN TOQUE DE LOCURA

Muchos de los casos que en psicología y psiquiatría se consideran irreversibles o de muy difícil recuperación total son lesisones cerebrales y esquizofrenias. Por lo genneral, en los tratamientos tradicionales de estos casos, hay un mínimo de recuperación y es casi nulo el levantamiento de la amnesia. Estos diagnósticos desahucian al paciente. Simple: nada que hacer.

Se me enseñó que ante un daño orgánico el paciente no podía hacer nada por él mismo y el terapeuta tampoco. Podía intervenir el psiquiatra, a través de los fármacos y nada más.  Considerando esto como verdad absoluta nada se podía hacer, sólo esperar el deterioro del paciente hasta verlo convertido en un enfermo crónico.

Para estos pacientes la palabra salud carece de contenido. En otras palabras: se acepta la incapacidad de su voluntad.

¿Cuál es la responsabilidad de un psciótico? En dónde le corresponde estar a un enfermo psiquiátrico, ante sí y ante el mundo? ¿Es responsable de su autocuración? ¿Qué puede hacer para curarse, independientemente que haya o no lesión cerebral?

¿Qué postura debe asumir el terapeuta? ¿Qué alternativas brinda la sociedad? ¿Cuál es el papel que juega la familia?.

Considero que sólo podremos hablar de una verdadera psicoterapia, cuando la esencia de nuestra búsqueda sea la verdad del paciente, la que lo llevó directa o indirectamente a alterar su insatisfactoria realidad. Aceptar que estas personas son intratables es sólo en apariencia un posición pasiva, pero en el fondo es violencia negada.

Es más fácil ser o tener enfermos psiquiátricos que aceptar nuestro monstruo interno.

Al defender al enfermo lo que quiero decir es que cuanto más responsabilicemos a la enfermedad más perderemos de vista la salud; ésta es una estrategia en que el victimario se convierte en vícitima. Mientras paciente y terapueta acepten este contrato, ambos tendrán el mismo deseo: darse por vencidos ante la vida. Lo que equivale al retorno, tan deseado por muchos niños, hacia la madre, para que lo cuide y proteja.

He observado que aunque muchos psicóticos manifiestan un gran desapego e independencia, la gran mayoría manifiesta a través de su conducta estados intrauterinos, como si su cotidianidad transluciera su dependencia.

Lo que me preocupa es que hacer con los enfermos psicóticos, cuál es la terapia más efectiva. La clínica me ha demostrado que el mejor método es el no método, a través de las actitudes, porque sólo así el yo se manifiesta completo, lesionado o no. Una actitud sólo está presente cuando uno como terapeuta se puede manifestar con libertad.

Para poder trabajar con psicóticos la esencia de la curación está en saber que son curables. No como queremos los terapeutas, sino como pretenden ellos.

La conducta no determina al ser; diagnosticar conductas es nulificar la curación. Muchos diagnósticos fatalistas nos protegen de nuestra ignorancia, no respecto a conocimientos teóricos, sino acerca de nuestro propio desarrollo personal.

Usualmente lo que aprendemos sobre patología lo convertimos en “ley universal”, así nos protegemos de nuestra inmovilidad interior, y ninguna patología del exterior nos afecta.

Todo terapeuta sólo curará lo que haya sido capaz de contemplar en su interior. Kafka decía que quien no se reconoce como un homicida y un suicida potencial no se puede considererar un hombre moral.

La locura es tratar de ser antes de morir. La locura es la búsqueda de la salud y requiere mucha valentía por parte del sujeto. Recordemos que uno de los terrores más grandes es perder el control.

Los psicóticos nos hacen evidente que nosotros consideramos la libertad como inmoralidad. El terapeuta prejuicioso intentará reprimir a su paciente y tendrá muchas probabilidades de ignorarlo. Toda libertad desquiciará al terapeuta, pues pondrá en evidencia sus núcleos irresueltos.

Hablar de salud, en el caso de un psicótico, dependera de lo que el terapeuta conciba como salud para sí mismo y por sí mismo, sin contar con el apoyo de la psicopatología.

A los pacientes hay que tratarlos sin los prejuicios de la enfermedad. Si los eximimos de sus deseos, conviertiéndonos en paternales, deseo innegable del paciente, los liberamos también de ser personas.

Tengamos presente que la locura es la imposibilidad de digerir el sufrimiento. Si los terapeutas nos convertimos en estómagos del paciente, aniquilamos toda posibilidad de recuperar su sufrimiento.

Nuestra intención es construir un puente entre sentir y pensar, pero nuestra actitud, como terapeutas, debe enseñar sin palabras que se puede sentir el sufrimiento. Ya que si no hay aceptación del dolor no habrá placer, pues este es conciencia corporal. En el psicótico sólo hay placer irracional, impulsivo; el plato favorito del ego. Una gran mayoría de terapeutas llegamos al insight mental creyendo que nuestra problemática está resuelta, cuando lo  único que hemos  logrado es una anestesia interior, una protección frente a la enferemedad similar al conocido robotismo  de todo paciente psiquiátrico.

Es de vital importancia no considerar el daño orgánico como sinónimo de imposibilidad de hacer algo por el paciente. El transfondo debe ser la búsqueda de la salud.

No deben exisitir prejuicios basdados en conocimientos puramente académicos, supuestamente comprobados por otros; sabemos muy poco del ser humano. Es común que muchos pacientes psiquiátricos sean atendidos por profesionales en formación, que van a a hacer sus prácticas universitarias y sus servicios sociales, y cambian cada semestre abandonando así sus pacientes. Los resultados no requieren análisis, los perjudicados son los locos. El trato con personas no se aprende en la universidad y nadie puede considerarse terapueuta si no es persona.

Si nuestra perspectiva no es encajonar, ni etiquetar al paciente, quedaremos librados del prejuicio y nuestra meta se ceñirá al trato contidiano que es donde está la salud.

Tenemos que sacudir a la enfermedad de nuestras distorsiones abriendo un campo de mayor comprensión hacia la salud. Opino que la salud va más allá de la funcionalidad estética. Quién vuelve crónico a un paciente es el mal terapeuta.

Pocas veces unos versos son tan certeros. Tanto que al leerlos he deseado apropiármelos para describir con las palabras de otro mis sentimientos.

ARENA Y AIRE

¿En dónde sino en el aire mis castillos?
¿De qué sino de arena mis murallas?
Pues el hierro ya es orín,
de la piedra sólo hay polvo,
el mármol se hizo añicos.

Mas a oscuras y en silencio,
de arena y en el aire,
temblando,
mis torres prevalecen.

BUSCO

Busco lo que busco yo,
lo que el alba me propuso.

Busco y clamo, pido y quiero
la llama, la ventura,
el sauce y el aromo.

Gacelas de amor, casidas,
una mar en cada mar,
una estrella cada noche…

Historias del corazón,
una ventana encendida.

¡Las espadas como labios
y ese rayo que no cesa!

ÍCARO

¿Y qué, si ciega la luz y quema?
¿Si la cera se derrite?

Este es el último de un grupo de posts que empiezan con: “Julia Kristeva: Al princio era el amor” del 17.01.09 y siguen luego un orden lógico de lectura.

Podemos recuperar esta idea de la integración terapéutica partiendo de la base de la no integración. La distinción entre yo y autoconcepto: El autoconcepto como aquellas partes de nuestra personalidad con las que nos identificamos, frente a las partes que no queremos reconocer como propias. “Eso soy yo” – “Eso no soy yo” y una parte de lo que somos permanece en la sombra, privándonos de la capacidad de conducirnos de una forma genuina (en el sentido de íntegra, completa) “Su verdadero yo no puede crecer rectamente y además su necesidad de crear medios artificiales y estratégicos para relacionarse con los demás le ha obligado a vencer sus sentimientos, deseos y pensamientos genuinos… añadiendo un elemento de confusión, ya no sabe donde está ni quién es” La cita es de Karen Horney, y la distinción entre yo y autoconcepto está incorporada en la Gestalt a través de la influencia que tuvo en Perls. Pero la integración en terapia gestalt va más allá de la comprensión de la neurosis como un proceso adaptativo, se da por una vía dialéctica, a través de un proceso de síntesis entre opuestos. Personalmente, creo que es uno de los conceptos más complicados de “pillar” verdaderamente, en el sentido en que se entienden realmente las cosas, como una verdad vivida. Hay una cita de Kierkegaard que se acerca bastante a lo que puedo entender ahora del trabajo con polaridades “deseo de lo que se teme, una antipatía simpática, una fuerza extraña que se apodera del individuo, sin que éste pueda ni quiera librarse, pues uno teme y sin embargo desea aquello que teme” La polaridad entre el deseo y el temor como los dos extremos de un eje que se alimentan mutuamente: Es la evitación del miedo lo que sostiene mi deseo, el miedo proviene de una carencia, una nada que me asusta. Esa nada es el vacío estéril, en el momento en que se transciende el vínculo fóbico con esa “nada” (la necesidad de “hacer algo” para evadir darnos cuenta) el vacío fértil explota como una potencialidad, un continuo. Un camino de en medio en el sentido budista, que sintetiza los opuestos y los contiene. Sin miedo, sin carencia, el deseo no existe. No existe la conciencia, ni una integración posible sin la existencia de polaridades. El trabajo en terapia gestalt afina esa polarización, siguiendo el ejemplo, agudiza la distinción entre el temor y el deseo para facilitar la integración. Un ejemplo de síntesis de los opuestos, entre femenino y masculino en este caso, podría ser la mención a Luce Irigaray que hacía unos párrafos más atrás.

Este concepto (vacío fértil, indiferencia creadora, tal como Perls lo tomó de Friedlander) sólo tiene sentido desde la perspectiva fenomenológica, en función de cual sea el campo (la situación), tendrá sentido que la polaridad se resuelva en uno u otro sentido (evitación / contacto) lo que nos devuelve a la idea de la autorregulación organísmica. La lógica formal (una cosa es A o no es A) se rompe en favor de una lógica dialéctica: A es +A y a la vez –A, pero sigue siendo A. Todas las cosas expresan una contradicción, pero la lógica formal dicotomiza, establece distinciones entre los conceptos que sólo son reales en el nivel simbólico del lenguaje, crea estructuras y no procesos, nos habla de qué son las cosas, pero no de cómo son las cosas ni de cómo algo es capaz de convertirse en algo distinto.

La siguiente cita también es de Gregory Bateson, y hace referencia a una determinada manera de usar el lenguaje para incitar en cierta manera ese vacío fértil a través de la paradoja y la contradicción “¿Qué pauta conecta al cangrejo con la langosta?, ¿y a la orquídea con el girasol?, ¿y qué es lo que une a todo aquello entre sí?, ¿y a todos ellos conmigo?, ¿y a Ud. conmigo?, ¿y a todos -nosotros y aquellos- con la ameba por un lado y con el esquizofrénico que encerramos, por el otro?” Formulaba preguntas que a través del desconcierto, invitaban a formular nuevas preguntas en un nivel representacional más elevado, preguntas acerca de las propias preguntas, capaces de ampliar el contexto de representación más allá de los límites que establece la lógica formal. Preguntas que no pretenden dar respuestas sino formular nuevas preguntas, y crear contextos para nuevos modos de reflexión. “El brujo genera contextos” es lo que el mismo Bateson diría, puede establecerse un paralelismo sencillo entre su forma de hacerlo, y los Koan de la tradición Zen, o incluso la hipnosis en la terapia de Milton Erickson.

Cualquier proceso terapéutico profundo busca crear ese mecanismo de vacío fértil, regresando a Julia Kristeva: “Tal vez (en referencia al psicoanálisis) opere esta metamorfosis lúdica que hace que al final de la cura consideremos la palabra como cuerpo, el cuerpo como palabra, donde plenitud demuestra estar inscrita de un “vacío” que es tan sólo el vaciamiento -por la palabra- de un exceso de sentido de violencia o de angustia. La inscripción del “salto del tigre sobre una loma”

“El verbo se hizo carne” (Juan, I, 14) Cierro el artículo con la continuación de la cita de Juan. Es el mismo logos del que habla la cita, el mismo sentido que empuja los caminos de la vida hacia la evolución, el mismo que ordena nuestra manera de pensar el mundo. Sólo podemos comprender el mundo y a nosotros mismos a través de la palabra, pero a través del lenguaje también podemos construir cárceles en la medida en que establecemos distinciones entre cuerpo y mente, entre quienes somos y quienes quisiéramos ser, en la medida en que dicotomizamos con las palabras quedamos atrapados en el sufrimiento que nos generan nuestras contradicciones. Pero el lenguaje es sólo un recipiente para los afectos, para todo aquello que nace del cuerpo, nuestras necesidades, nuestros deseos, que empuja nuestras palabras (aquello que dota de sentido al mero hecho de comprender y comunicar la realidad) y las dota de significado.

En la relación terapéutica, en cualquier relación de hecho, sólo a través del amor en tanto que comprensión y aceptación incondicional de todo aquello que es y no de lo que debería ser, es posible construir nuevos discursos. Es entonces cuando nuestras palabras adquieren la potencialidad creadora del verbo encarnado.

Retomando a Gregory Bateson en referencia a la importancia de entender al sujeto como  proceso y no como estructura, uno de los conceptos más provocativos de la epistemología que defiende Bateson es el postulado de que la estructura de la mente y de la naturaleza son reflejos la una de la otra. Esto es, aprender no es un fenómeno del todo diferente de la evolución. Bateson postula que la “evolución” no es sino el proceso por el cual la naturaleza  “aprende”. Nuestros procesos de endoculturización (aprendizaje de los modos de aprender), no son del todo diferentes a los procesos de la evolución de la vida. En resumen, mente y naturaleza constituyen necesariamente una unidad.

Esta idea me ha hecho recordar otro libro que leí hace años: En búsqueda de Spinoza de Antonio Damasio. “Desde el cuerpo activo a la mente, la maquinaria del sentimiento: El primer dispositivo, la emoción, permitió a los organismos responder de forma efectiva pero no creativamente a una serie de circunstancias favorables o amenazadoras para la vida. El segundo dispositivo, los sentimientos, introdujo una alerta mental para las circunstancias buenas o malas y prolongó el impacto de las emociones al afectar de manera permanente la atención y la memoria. Finalmente en una fructífera combinación con los recuerdos pasados, la imaginación y el razonamiento, los sentimientos condujeron a la aparición de la previsión y a la posibilidad de crear respuestas nuevas, no estereotipadas.” Como neurobiólogo, Damasio efectúa con su trabajo el paso lógico en el ámbito de la superación de la dicotomía mente – cuerpo dentro del ámbito científico. La hipótesis central del libro pone en relación el pensamiento moral con el sustrato neurobiológico de los sentimientos usando como guía la filosofía de Spinoza: “Dios es la Naturaleza, la Naturaleza es un Todo, una sola Substancia”. Las cosas no son sino partes “inmanentes” del Todo. Spinoza propone un universo panteísta donde mente y substancia son dos caras de la misma moneda, donde el orden y la conexión de las ideas es el mismo orden que el orden y conexión de las cosas.

Siguiendo este hilo argumental, llegamos fácilmente a la idea de la autopoiesis. Maturana y Varela defienden a los seres vivos como sistemas cerrados en desequilibrio, capaces de modificarse a sí mismos como respuesta a las perturbaciones del medio. Aunque los sistemas autopoiéticos son capaces de modificarse a sí mismos, mantienen la integridad de la estructura que los constituye como sistemas cerrados (las relaciones entre los componentes del sistema) gracias a la energía que extraen del medio. Y por tanto cuando un sistema autopoiético recibe el efecto de un agente externo, el resultado es producto de la estructura del sistema en ese momento determinado. La consciencia, es por un lado el eslabón perdido del pensamiento dualista, y por otro un buen ejemplo de sistema autopoiético.

Existe una resonancia clara entre las ideas de Bateson respecto a la unidad de mente y naturaleza y la filosofía de Spinoza por un lado, así como en la conexión que establece el mismo Damasio entre los procesos de aprendizaje y la evolución. Puede encontrarse una coherencia entre esta idea Spinozista de la naturaleza que Bateson comparte, el concepto de autopoiesis expuesto por Maturana y Varela (en muchos sentidos como una evolución de las ideas de Bateson) y la idea gestáltica de la autorregulación organísmica.

Todos los organismos vivos autorregulan sus procesos fisiológicos, el concepto de la autorregulación toma su significado psicológico cuando necesitamos tomar de nuestro entorno social aquello que nuestro organismo necesita, entonces la necesidad (deseo) organiza nuestra percepción del contexto, nuestro darnos cuenta. El concepto de autorregulación organísmica sólo se entiende desde una perspectiva fenomenológica e integrativa. Fenomenológica en referencia a la comprensión del sujeto como un proceso integrado en un contexto (campo), como un continuo de consciencia (en contraposición a la teoría estructurada de la personalidad que defiende el psicoanálisis) Integrativa, en primer lugar desde la perspectiva en que la neurosis es también producto de un proceso de autorregulación, una forma de manipular el ambiente en determinado contexto, un aprendizaje adaptativo.

Uno de los párrafos del texto de Julia Kristeva hace referencia a “…un nuevo tipo de discurso científico que no pone entre paréntesis al sujeto del saber, no lo neutraliza” Recuerdo que la primera vez que leí un párrafo parecido acerca de como entender al sujeto como una estructura (cosificarlo) y no como un proceso era en cierta manera aniquilarlo, fue en un libro de Luce Irigaray,  no obstante, la misma idea resuena en cualquier discurso humanista en psicología.Con una formación intelectual muy parecida a la de Julia Kristeva; Luce Irigaray (también psicoanalista lacaniana y teórica feminista) defendía en ese libro la importancia de la comprensión de la diferencia de géneros (más allá del reparto de roles sociales) como respeto a una identidad (la mía y la del otro, hombre o mujer) que no puede completarse por si misma «Yo no soy tú, hombre, yo no soy todo y, en este sentido, no represento una unidad del género humano. El género humano está compuesto de dos géneros y ninguno puede ser el modelo del otro» Hay algo en esa cita que me recuerda a la oración de la Gestalt, “Yo soy yo, tu eres tu, yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas, tu no estás en este mundo para cumplir las mías…” A pesar que a este respecto la autora habla de la “fusión entre los dos sexos” en el tercer texto, sus ideas respecto a teoría feminista hacen una referencia más implícita a la redefinición de las identidades sexuales de manera no necesariamente unívoca, y a una represión de la sexualidad y la intelectualidad femenina mediante una reducción de la femineidad a la función materna. Ambas ideas, son complementarias en cierta manera, resulta curioso el paralelismo con el último capítulo de La pasión de la mente occidental de Richard Tarnas donde elogia la importancia de las teorías surgidas a raíz del feminismo como camino hacia la re integración de la femineidad en el pensamiento occidental.